No lo digo yo. Hay estudios científicos al respecto. Los estudiantes de doctorado en el Primer Mundo se deprimen hoy por hoy al por mayor. En efecto, en un estudio realizado con 3,659 estudiantes belgas, tanto de ciencias como de humanidades, la conclusión fue brutal: poco más de la mitad de los encuestados sufre por lo menos dos síntomas de enfermedad mental, y casi un tercio padece al menos de cuatro síntomas juntos. ¡Toda una epidemia en cada uno de los individuos!

Comparados con los jóvenes que no estudian en la universidad, esto representa el doble de impacto. Es decir, intentar obtener un doctorado universitario te pone en riesgo primermundista de volverte un orate. Sea por stress, por insomnio, por exceso de internet y ansiedad de revisar el e-mail, por falta de memoria y concentración, por sensación de angustia o culpa o soledad, por pánico de ser cuestionado o rechazado por un criterio del otro (o una mirada invasiva), por sentimientos de fracaso o acoso o vulnerabilidad, y, por supuesto, por depresión: esa diosa diabólica de los inteligentes. De ahí, los estudiantes pasarían entonces a intentar el suicidio, no sin antes anunciarlo en las redes sociales acaso de la misma universidad.


Leo esta noticia con horror. Imagínense, ¡yo también estoy ahora estudiando un doctorado en el Primer Mundo! Y, lo que es mucho peor, en una de las mejores universidades del hemisferio, radicada en el medio-oeste norteamericano, justo en el corazón del corazón del país: en Saint Louis, Missouri.

Leo esta noticia espantado y caigo en la cuenta de que yo estoy ahora en muy alto riesgo de desarrollar una patología mental. Probablemente, cuatro insanias de un tiro. Es decir, patologías mentales sobre mi anteriores traumas, por haber nacido y crecido en el socialismo dictatorial de la Revolución Cubana, donde toda idea distinta es de por sí patológica y debe ser extirpada de raíz.


Espero nadie se ría de mí. Estoy en verdad más que preocupado. El artículo en cuestión no habla de “pacientes” sino de “sobrevivientes”, ese término tan de moda para describir la experiencia existencial como si fuera algo contrapuesto al capitalismo. Como si el mercado nos mantuviera vivos de puro milagro, hasta el antidemocrático día en que el comunismo por fin nos logre emancipar.

Es así. En el capitalismo contemporáneo ya no existe el concepto de “ciudadano”, pues ahora todos son apenas “sobrevivientes” de algo. Víctimas sin victimario, por un oportunista proceso de victimización espontánea. Hoy todos son sobrevivientes de una expresión racista o misógina. Sobrevivientes de un ataque sexual o de un toilet transgénero al que le faltaba una letra en la puerta. Sobrevivientes de la minoría nativa o étnica de turno. Sobrevivientes del neocolonialismo interno y la íntima inmigración. Sobrevivientes a las políticas de consumo o a las actualizaciones de la cuenta de Twitter presidencial. En general, como lo explica este artículo científico, todos son “sobremurientes” a su propio doctorado carísimo, en esta o aquella universidad (con la excepción de la Universidad de La Habana, supongo, que no presenta ninguna de estas taras tan trágicas, gracias a la sabiduría filantrópica del Compañero Fidel, EPD).

De hecho, sin necesidad de ningún estudio, yo mismo veo toda esa sintomatología socialistoide a mi alrededor, cada vez que entro y salgo de las aulas-jaulas de cualquier universidad norteamericana. Pues, tal como lo demuestra el artículo con un ejemplo de Europa, en Estados Unidos también la cultura policiaca de la denuncia ante un maestro ha sustituido todo simulacro de debate en los campus universitarios. Ahora se vive aquí un clima cómplice de híper-vigilancia paranoica de todos contra todos, donde a tu lado quien se sienta probablemente sea un supremacista disimulado del Ku Klux Klan.


Ahora el activismo esquizoide anti-Trump y anti-republicano provoca que todo estudiante quiera vengarse contra los pequeños Trump machista-conservadores que puedan detectar a su lado, por lo que cada frase que digas será grabada para delatarte enseguida, pero de manera anónima, orwelliana, con un toquecito de estalinismo multicultural. Ahora el llantén edípico de las llamadas “microagresiones” pulula impune de una costa a otra costa de la nación, con esa arrogancia grosera tan típica del infantilismo de la izquierda radical: es decir, irracional. Y ahora, también, impera aquí una corrección hipócrita asexuada, anorgásmica, con brotes de nativofilia y primitivofilia, que son las anteojeras liberales para amar como a un “buen salvaje” a cuanto dictador enemigo a muerte de los Estados Unidos exista, empezando precisamente por el Cadáver en Jefe del susodicho Fidel.

Reitero que no se rían de mí. No es ningún juego. Yo también soy un “sobreviviente” en medio de esta marea de sobremurientes mentales, locos y locas de remate a ras de un estudiantado ex-universitario de lo que ahora es una enana nación, pigmea, para no soltar aquí una barbaridad con p (más allá de petulancias y patriotismos). Goodbye, USA. No hay quien haga a América grande de nuevo. Donald Trump llegó demasiado tarde a este círculo infame infantil.

Según mis cálculos, en la próxima generación ya no habrá adultos en ninguno de los cincuenta estados de los Estados Unidos. País de muñequitos y miserables: el arte artero de perder todo un imperio, a cambio de una prescripción mental y una licencia para denunciar no histérica sino histriónicamente.


China gozando sus millones, Irán usufructuando su uranio, Rusia espiando en paz, Norcorea machacando sus misiles, Venezuela traficando ante la cara incapaz de Washington, y la Cuba de Castro con todos y cada uno de los cubanos encarcelados hasta en nuestro corazón de cobardes (dentro y fuera de la Isla), mientras los norteamericanitos del futuro se empastillan hoy energúmenamente con el seguro médico en una consulta de Sanidad Mental (Obscenidad Mental).

Por cierto, ya yo también pedí mi turno para la semana entrante. Es el debido primer paso: pedir ayuda a tiempo, y por los canales académicos correspondientes. Sin desesperación de derecha. Hay que convertirse con calma al canon siniestro del castrismo cultural.

De manera que, al que se ría de mí en un comentario ante mi confesión, lo puede alcanzar una demanda por “acoso al discapacitado”, no el ser humano sino el cero humano que desde este instante me declaro ahora yo en aras de sobrevivir dentro de un capitalismo socializado. The United Socialists of America.


Gracias y disculpen las molestias ocasionadas.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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