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En mi barrio Lawton de las afueras de La Habana había básicamente dos (la memoria es así de injusta): la barbería de Eliodoro (cuyo nombre nunca supe si se escribía con H helénica), un caballero republicano siempre fino y solitario y muy contrarrevolucionario sin declararlo; y la barbería de una especie clásica de El Gordo y El Flaco cubanos: Madera y Miguel Ángel (aunque en realidad debería decir: Madera versus Miguel Ángel, pues siempre se estaban fajando sólo para enseguida reconciliarse).

Estoy hablando de los años setenta y ochenta cubanos, esa edad de oro donde tuve padres obreros, y vecinos del alma para toda la vida, y fui un hijo único, arrogante y feliz, que me preciaba de haber leído más que cualquier adulto a mi alrededor, y de conocer la ortografía de la palabra “Reykjavík”: ciudad fuera del mapa donde el cowboy Bobby Fischer derrotó a los hermanos soviéticos en ajedrez (para alegría artera de mi padre, ese otro gran “gusano” adorable).


Era la Cuba del actual castrismo nostálgico, donde poco importaban las decenas de miles de presos políticos, los expatriados de por vida, la violencia de Estado como pedagogía patria. Porque era, también, una edad pre-escolar, pre-púber, pre-política, donde yo no podía ser ni siquiera insolidario, pues esa palabrota aún no existía en mi vocubalario.

Cuba era entonces el mundo. Y el mundo era un lugar nuevo y verdadero. Hasta las estaciones del año eran distintivas y amables. Nadie moría nunca, de no ser estrictamente inevitable, por haberse equivocado en algo o por haber envejecido innecesariamente antes de yo nacer.


Los rostros de Lawton eran una extensión de mi psique. Y las fachadas, una extensión de mi cuerpo, que se suponía que no iba a crecer antes de tiempo (pero creció). Las dos barberías del barrio, por ejemplo, eran como templos eternos donde habitaba el aura de mi modernidad infantil, para nada infantilizada. Sé que nací adulto. Mi niñez vino mucho después, con la sexualidad y el exilio: es decir, ahora.

Madera y Miguel Ángel era bastante crueles en su diario juego de rol (nunca cogían vacaciones). No pocas veces los descubrí haciendo chistes machorros a la espalda de mi papá, y entonces yo fingía no entender nada de lo comentado, tal como el buenazo de mi padre tampoco se daba cuenta de la humillación. Sus navajas mutuas, alzadas al aire, eran un recordatorio del poder afilado que ostentaba aquel par simpar de nuestro El Gordo y El Flaco. Y eran, también, un déjà-vu de todas las tragedias entretelones que rebotaban en mi imaginación, pero que yo me resistía a creer (ya sin imaginación, todavía hoy me resisto).

Eliodoro, sin embargo, era otra cosa. Sobrevivió al holocausto de cánceres que chapeó bajito al resto de las barberías de La Habana. Y sobrevivió incluso a la Unión Soviética y al campo comunista mundial, aquel héroe tan hidalgo y señorial del post-proletariado cubano. Con su sillón fundido en Chicago, Illinois, Eliodoro se hizo cuentapropista y se dispuso a llegar cómodamente de pie hasta el año cero.


Y así fue. Llegó pelando y haciendo cucarachas hasta el mismísimo siglo XXI. Las venas se le salían por la piel. Sepia sobre azul. Las palabras se le salían por los ojos, de tanto mundo que había vivido sin moverse de su salón (nunca viajó fuera de Cuba, supongo que tampoco salió fuera de La Habana).

Ya no entendíamos nada, ni Eliodoro ni yo. Su nombre y el mío recuperaron en los años dos mil sus respectivas haches ausentes: Heliodoro, Horlando… No sé si llegó a ser un nonagenario. Tampoco estoy seguro de que el pobre príncipe manos-tijeras reconociera en mí a aquel niño-estrella de mediados de los setenta. Pero yo sí siempre reconocí en él a un semi-dios, a un titán intocado por las taras del totalitarismo cubano, a una encarnación del Bien y el sentido común sobre lo que entraña ser un ciudadano sin ciudadanía, y encima comentar como un especialista profano los periódicos a diario.

Sabía que esto iba a pasar. Tan pronto como salí al exilio, Eliodoro murió. Fui y viré de Reykjavík. Bobby Fischer yacía allí, abandonado hasta por su rabia legítimamente antinorteamericana. Eliodoro cayó al suelo por pura ingravidez inercial. Y nos enterró a ambos de un tijeretazo mal dado, ojalá que junto a alguna de las incontables escalinatas de Lawton, con aquellos horrendos bustos ancestrales donde nadie en su sano juicio reconocería a José Martí.


Eliodoro debe de haberme tocado el cráneo más de lo que ningún ser humano podría tocármelo: es probable que lo haya hecho crecer entre sus manos de mujer percudida con colonia barata. Eliodoro respiró de mi respiración, seguramente (yo aguantaba la mía para no respirar su aliento). Eliodoro arrancó de mí metros y metros de pelo: al principio, rubios y lacios, como de niña mimada; después, pardos y secos, como de cadáver sin género. Eliodoro y yo nos hemos quedado ahora sin compartir mis primeras pero copiosas canas. Es desolador deambular por el planeta sin él custodiando en la retaguardia a mi biografía.

Una cosa no pudo destruir el comunismo cubano: el cariño memorioso de sus deshabitantes.


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