Museo del café en Santiago de Cuba Foto © CiberCuba/José Roberto Loo Vázquez

Cuba tendrá un "museo vivo" del café

Esta noticia es de hace 2 años

La sui géneris instalación abrirá al público una vez concluya la intervención constructiva en la antigua hacienda cafetalera francesa Fraternidad, una de las 171 que existen en el oriente de la isla y que ostentan el mérito de ser patrimonio de la humanidad.

Aunque oficialmente en esta zona de la isla existe el paisaje arqueológico de las primeras plantaciones de café del sudeste de Cuba, en la práctica solo La Isabelica, en las inmediaciones de la Gran Piedra, es la única ruina que realmente es conocida por nacionales y foráneos.

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Las demás, por décadas, han permanecido ocultas bajo el velo de la inaccesibilidad y el desconocimiento, misterio que ha sido quebrado solo por la comunidad de especialistas de la conservación y protección del patrimonio y de la historia, y por uno u otro curioso o aventurero que renta un auto, lo hace añicos por los intrincados recovecos de la geografía rural de Cuba, y llega hasta esos inhóspitos parajes en un ejercicio de fuerza de voluntad y hasta de reafirmación personal.

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«Los Caminos del Café», un proyecto financiado por la Unión Europea, la fundación Malongo y la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba, pretende ser un paliativo y cambiar esa realidad mediante una intervención constructiva y puesta en valor de uno de los inmuebles que en mejor estado de conservación llegan hasta la actualidad, aún cuando sus décadas de existencia, los avatares de la naturaleza y la incontrolable mano del hombre han dejado dolorosas cicatrices, que casi volvieron insalvables el lugar. Se incluyen, además, labores de conservación en otros cuatro lugares cercanos que son huellas de la influencia y del paso de los franceses por el país caribeño.

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La antigua hacienda Fraternidad es una edificación que los lugareños de la zona de Ramón de las Yaguas, en el santiaguero municipio de Songo La Maya, insisten en llamar «la casona», quizás por sus extraordinarias dimensiones, incluso, si se compara con modernas construcciones. Pero lo cierto es que resguarda en su interior una parte importante de la historia nacional al estar vinculada al pasado esclavo, francés y caficultor de la isla y que marcan la nacionalidad, en especial en la parte más alejada de la capital de todos los cubanos.

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Aquí, luego que los especialistas de la conservación llegaran y presentaran el proyecto, poco a poco los lugareños pasaron de la mirada sospechosa y desconfiada, de escribir pequeños e infantiles carteles de rechazo, a abrazar la idea, pues saben lo que significa contar en el sitio con un atractivo que les haga llegar diariamente vehículos cargados de foráneos, aunque desde quienes lo han pensado lo han hecho sobre los preceptos del turismo sostenible y responsable. En una zona donde a duras penas se conoce el helado y la corriente eléctrica, y el claxon de un carro atrae a los niños curiosos, significa un gran avance.

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Ahora, cuando uno entra a esa localidad, en el cartel que anuncia los límites del lugar, está el calificativo de «Patrimonio de la Humanidad» y una pintura de «Fraternidad», símbolos de orgullo y también de conocimiento y reconocimiento a los valores locales, aunque también es agradecimiento de las personas a este proyecto de colaboración internacional llamado «Los Caminos del Café», que de una forma u otra los coloca en el mapa.

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El circuito número dos Fraternidad toma su denominación de la hacienda de igual nombre y junto a otras cuatro –Santa Paulina, San Felipe, San Luis de Jacas y San Juan de Escocia– pretende convertirse en el llamado «Parque Eco Arqueológico Fraternidad», una suerte de «museo vivo» –como insisten los expertos en denominar– donde observar el proceso de recolección, beneficio y demás etapas del procesamiento del aromático grano no será un argumento de un material de ficción, sino una realidad palpable y atractivamente curiosa.

Aunque convertir el grano en un fino polvo y de ahí obtener el sabroso brebaje –para algunos la más indiscreta de las bebidas por su singular olor y con gran arraigo en la nación y en Santiago–, puede ser algo habitual y muy conocido entre quienes habitan las montañosas del oriente de Cuba, más allá de las zonas rurales es un enigma y casi una cultura de otro mundo. Es así, increíble pero muy cierto, y es ese detalle uno de los pilares sobre los que descansan este proyecto visto como producto turístico.

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Justamente mostrar ese proceso, lo habitual que puede llegar a ser extraordinario, es lo que convertirá a «Fraternidad» en un «museo vivo» con el atractivo adicional de que se exhibirá dichas labores a las usanzas del siglo XIX, cuando los colonos franceses se enseñoreaban en las zonas montañosas de Santiago de Cuba, y paralelamente se expondrán las mismas faenas, pero con equipamiento moderno.

Además, las propias bellezas de la localidad, la naturaleza increíblemente abrupta y singular traducida en impresionantes elevaciones y deliciosos ríos, los caminos sinuosos y serpenteantes, las pendientes que hacen arquear las cejas, también las personas, esas enternecedoras imágenes de la cotidianidad, forman parte del producto turístico que tendrá a Fraternidad como atractivo principal.

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La idea de un «museo vivo» también se sustenta aquí en la intención de recrear las plantaciones de café con especies del aromático grano similares o iguales a las que empleaban siglos atrás los franceses en Cuba, y también los árboles frutales y maderables comunes en aquel entonces.

El proyecto incluye, también, la reproducción de la rueda del molino impulsada por el agua, similar a la que existió en el cafetal Fraternidad, debido a la importancia que tuvo esta tecnología en el procesamiento del grano y porque constituirá, además, otro atractivo del sitio.

El Parque Eco Arqueológico Fraternidad, que insisten los especialistas en ver como un «museo vivo», no es solo una forma bastante novedosa de aprovechar las potencialidades del patrimonio y de la historia, será también un referente en Cuba en el turismo de naturaleza y cultural.

Esta noticia es de hace 2 años

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José Roberto Loo Vázquez

Periodista de graduación, y fotógrafo de pasión, dos historias que se entremezclan y atrevidamente me hacen llamarme fotoreportero. Si sumamos mi amor, por la ciudad de Santiago de Cuba, no es difícil entender mi preferencia: fotoreportero que gusta resaltar su urbe natal, la “tierra caliente”.

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