Raúl Castro, rodeado de militares. Foto © Granma

Una estrategia verde oliva

Este artículo es de hace 2 años

Las medidas de Donald Trump contra la aristocracia militar cubana vienen como anillo al dedo al tardocastrismo, que sigue sin producir un vaso de leche, y perjudicará a los pequeños empresarios cubanos para los que el turismo norteamericano es vital en su cuenta de resultados, pero también a una futura transición democrática porque los militares y los curas son los únicos que tienen una implantación territorial en la Isla.

La Casa Blanca no tuvo siquiera el cuidado de esperar a que Trump finalizara su visita a China, una democracia pluripartidista donde el partido comunista está prohibido, para lanzar su anuncio contra los cubanos de a pie de ambas orillas, pues los exiliados cubanos que habían enviado parte de sus ahorros a su familia para que fueran montando un negocito en la Isla, también salen malheridos.

Rusia, los políticos cubanoamericanos que apuestan por una noche de San Bartolomé en Cuba, y el núcleo rancio del tardocastrismo deben estar batiendo palmas por la torpeza de Trump en un problema menor como es Cuba, dinamitando los puentes con los militares cubanos, claves a la hora de los mameyes.

Un vistazo a la estructura no reglada del régimen, revela cómo Raúl Castro ha superpuesto a los primeros secretarios del partido comunista y presidentes del Poder Popular provinciales a un general, que aparece en la prensa cubana como jefe de una región estratégica, para no hablar del Consejo de Ministros donde las estrellas apabullan a las guayaberas.

Y esos generales y otros muchos altos oficiales viven estos tiempos con una mezcla de curiosidad y miedo por el futuro inmediato, por tanto, las medidas anticubanas de Trump provocarán en todos ellos un atrincheramiento, incluidos los que apuestan por una transición ordenada y los que mensualmente –y desde 1994- conversan con sus homólogos norteamericanos de la Base Naval de Guantánamo y otras estructuras castrenses.

Donald Trump y sus asesores para la ocasión se comportan de manera injusta con la cúpula militar cubana, pues fueron precisamente ellos, los que –tras una bronca de tanques contra frijoles entre Fidel y Raúl Castro- apostaron por desarrollar un grupo económico para producir sus alimentos y sus armas ligeras, liberando al Estado monopolista de las erogaciones que implicaban mantener un ejército sobredimensionado.

Raúl Castro, Julio Casas Regueiro (fallecido), Moisés Sio Wong (fallecido), Luis Pérez Róspide,  y otros oficiales cubanos son los que más han trabajado por la economía cubana y por dotarla de un realismo estratégico frente a los delirios megalómanos de Fidel Castro, obsesionado con la propaganda y no con resultados tangibles que mejoraran la vida de los cubanos.

Ese grupo y el general Ulises Rosales del Toro, un estratega brillante y modesto que ha sido apartado a un rincón de la vida civil, hicieron posibles misiones militares en Etiopía y Angola y la que actualmente hay desplegada en Venezuela. Ninguno es demócrata por vocación, pero su realismo económico, que data del II Frente, los convierte en interlocutores ideales en una transición ordenada y pacífica hacia la democracia.

Trump ha torpedeado un canal de comunicación imprescindible al agredir a los militares cubanos que –junto con la Iglesia Católica- son las únicas instituciones que están repartidas por toda la Isla, y son los únicos que pueden garantizar a la Casa Blanca que no haya crisis migratorias como Mariel  (1980) y los Balseros (1994).

En el ámbito económico aún es pronto para evaluar el impacto real de la marcha atrás de Trump en el deshielo; pero ocurre en un momento en que Cuba está devastada por el huracán Irma, los destrozos del voluntarismo de Fidel Castro y la enquistada burocracia cubana, atrincherada en la acumulación de dólares y euros, y enemiga furibunda de cualquier reforma sensata y necesaria.

Emprendedores y pequeños empresarios, agentes naturales del cambio político que necesita Cuba en su condición de incipiente clase media, estarán atónitos por la conducta de un supuesto aliado, del que esperan apoyo y resulta que se comporta igual o peor que el tardocastrismo, que los acribilla con controles y trabas.

Cuba, antes del trauma saturniano de 1989, tenía una estructura económica paralela con unas 280 empresas alrededor del mundo, incluido un banco en Londres, todos subordinados a Fidel Castro, a través del Ministerio del Interior, y esta estructura, salvo que haya desaparecido, no aparece en los papeles norteamericanos.

Trump, los duros de La Habana y Miami y la burocracia que se ha hecho rica a costa de la pobreza de sus hermanos son los principales enemigos de la democracia en Cuba y de los cubanos de a pie, hartos de penurias y represión y ahora desesperanzados ante la nueva postura de la Casa Blanca, que los obliga a ir a Colombia a pedir visa para un sueño y restringe las visitas de norteamericanos con dólares vitales.

La Habana ha reaccionado con perfil bajo, dejando en manos de Josefina Vidal –que sigue sin tomar posesión como embajadora en Canadá- una respuesta light y sensata a la enésima pretensión de la Casa Blanca de intentar rendir a un pueblo por hambre.

Los políticos de origen cubano Ileana Ros-Lehtinen, Marco Rubio, Bob Menéndez y Mario Díaz-Balart mostraron cierta decepción con las medidas finalmente anunciadas por el Departamento de Estado, pues ellos deseaban que fueran más duras aún.

Paradójicamente, estas posturas los alejan del pueblo cubano al que dicen defender frente a la dictadura, y refuerzan al núcleo duro de La Habana, reacio a cualquier reforma o apertura por mínima que sea y que siguen conservando cuotas de poder importante, pues han impedido que ni un solo opositor fuera propuesto como concejal de barrio, ha detenido y liberado bajo fianza al artista Luis Manuel Otero Alcántara, que intentó celebrar una Bienal de La Habana independiente, y ha sido acusado de “receptación” porque la policía halló en su casa dos sacos de cemento; y sigue hostigando a las Damas de Blanco.

El tardocastrismo conserva el control de la sociedad, como corresponde a un sistema totalitario y aunque los cubanos están ahora mejor informados que hace cinco años, aún persiste en el imaginario colectivo la sensación de USA como enemigo y esperanza. Cualquier acción norteamericana tiene gran trascendencia entre los cubanos porque el régimen fue hábil culpando al enemigo de sus desastres y ahora que parecía agotado el pretexto, vuelven las golondrinas verde olivas a anidar en la Casa Blanca.

Este artículo es de hace 2 años

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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