¡Votó!

Cuando cada vecino depositaba en la urna su voto secreto y anónimo ―en un pobre pedacito de papel doblado―, los niños uniformados teníamos la sagrada misión de decirle, de manera oficial, con la vista clavada en el futuro y la barbilla empinada al cielo: “¡Votó!”

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Este artículo es de hace 3 años

De niño me encantaban las elecciones en Cuba. Eran el momento del año para ejercer mi pequeño poder de déspota, mi vocación de soldado en defensa del socialismo, mi tentación totalitaria del Ismaelillo imbécil que ―como tantos, acaso también como tú―, por entonces seguramente yo era.

Y no sólo yo, te repito, sino también todos los niños de la cuadra. Y del barrio. Y de la ciudad. Y de la patria. Porque a todos nos movilizaban de completo uniforme para cuidar las urnas electorales, cada vez que había un domingo de votación. Y todos teníamos que saludar a la manera militar a cada votante de la cuadra. Y del barrio. Y de la ciudad. Y de la patria.

Entonces, cuando cada vecino depositaba en la urna su voto secreto y anónimo ―en un pobre pedacito de papel doblado―, los niños uniformados teníamos la sagrada misión de decirle, de manera oficial, con la vista clavada en el futuro y la barbilla empinada al cielo: “¡Votó!”

Este ritual se mantiene hasta el día de hoy. Los pioneros en Cuba son los custodios de nuestra democracia de partido único, al estilo de los comunistas y el Poder Popular.

Por desgracia, desde la independencia de España los cubanos siempre vivimos en un clima de farsa electoral. La República instaurada en 1902 tuvo tristemente una tradición electorera muy enclenque y enferma. Saturada de violencias, corruptelas, compra y venta de votos, chantajes, demagogias, ignorantes con cargos, y un etcétera sin ética llamado, con razón, “politiquería”. Así y todo, la República era una sociedad abierta donde el Estado no invadía la vida privada y pública de los ciudadanos. Y mucho menos pretendía ser el custodio de una verdad universal, para construir el paraíso a perpetuidad en la Tierra. Ni siquiera en la Isla.

La Revolución triunfante de 1959 impuso otro contrato social, mediante las armas como fuente de poder absoluto: olvídate de la política y de los políticos, obedece y prosperarás, simplemente deja que los poderosos se ocupen de proteger al pueblo cubano, pues no hay progreso social sin estabilidad eterna y, durante medio siglo XX, el cambia-cambia en la élite jamás ayudó de verdad a los cubanos de abajo ―incluidos tú y yo. Todo esto resumido en el más sincero eslogan de Fidel Castro tan pronto llegó al poder: “Elecciones, ¿para qué?”

Lo demás ha sido inercia y cuestión de mera formalidad. Desde la institucionalización de la Constitución socialista en 1976, por ejemplo, Cuba se dedica a votar por sus administrativos municipales y provinciales, mientras que la Asamblea Nacional del Poder Popular se dedica a votarse a sí misma a nivel de país, mientras que reelige a los cuadros de la alta dirigencia de los consejos de ministros y Estado.

Como dato significativo ―acaso como record Guinnes― hay que recordar que esa misma Asamblea, durante décadas, como órgano legislativo siempre ha votado a favor de las leyes por unanimidad. Ni un solo voto en contra. Es decir, funciona como un parlamento sin parlamentarios o un congreso sin congresistas.

Así, en la Cuba de la Revolución, otra de las grandes sinceridades de Fidel Castro ha sido reconocer que no es indispensable la independencia de los poderes del Estado. Al contrario, para la existencia misma de la nación, con sus millones de rehenes cuya soberanía ha sido secuestrada tanto dentro como fuera de la Isla, se requiere de una monolítica unidad.

El asesinado opositor Oswaldo Payá y el Proyecto Varela de su Movimiento Cristiano Liberación, así como ahora su hija Rosa María Payá con la iniciativa ciudadana Cuba Decide, han intentado interactuar desde adentro del laberinto electoral cubano para impulsar su democratización y, en última instancia, su desmontaje. Pero el régimen castrista sabe muy bien que su poder depende exclusivamente de anular la voluntad cívica de todos y cada uno de los cubanos. Por eso la respuesta pública al Proyecto Varela y a Cuba Decide ha sido fingir ignorarlos, mientras que la respuesta privada era la más brutal: la cárcel, el destierro, y el asesinato extrajudicial.

Las perspectivas para el 2018 no prometen nada diferente en términos de votaciones y representatividad. Con Raúl Castro ya moribundo, los militares cubanos necesitan hoy más que nunca de una continuidad fiel y monolítica para controlar el país. Saben muy bien que no pueden confiar en la voluntad popular del pueblo cubano. Y en esto es posible que tengan toda la razón: Cuba es hoy por hoy un pueblo civilmente infantilizado e ignorante, una carnavalada de irresponsables e hipócritas, sin ningún tipo de empoderamiento económico ni mucho menos ético. La Revolución nos fue formando formidablemente así. Por lo que éste y no otro es el legado actual de los dos únicos centros de poder en la Isla: el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior.

Las reuniones ejecutivas en el MinFar y el MinInt son el verdadero plebiscito cubano. A estas juntas paragubernamentales es a donde deben ir hoy los pioneritos de completo uniforme, a custodiar la salud incivil de nuestra democracia. Es en estos cónclaves a puertas cerradas donde sí se vota de manera efectiva casi a diario en Cuba, con boletas secretas y anónimas de verdad, y con decisiones para nada demagógicas sino muy concretas, que van desde la cultura hasta el crimen. Es a esta secta de Estado a donde los paraciudadanos del futuro, con la vista perdida en el aire y sus pañoletas de zombis, debieran dar ahora sus griticos groseros de “¡Votó!”

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Orlando Luis Pardo Lazo

Escritor y bloguero de La Habana. Actualmente realiza un doctorado en Literatura en Saint Louis, Missouri, EUA.

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