La actriz cubana Alicia Bustamante. Foto © Juan Carlos Cremata.

Memoria del Exilio: "La Alicia que recuerdo"

Este artículo es de hace 2 años

Muy rápido.

Como se va lo bueno.

Igual que el burujón de carcajadas que desataba, con sus cosas, a su paso.

Para empezar, a cambio, a crecer en la memoria y a esparcirse en nuestro recuerdo.

Junto al eterno agradecimiento por su bendita existencia.

Llevar ese nombre en Cuba se las trae.

Por eso, encasquetarle el Bustamante era de obligado rigor, para entrar en el potaje y entender que se estaba hablando de actuación al natural, al pelo, sin recovecos, fiorituras o ambages.

Con ella se va una manera de decir y de actuar como si consigo no fuera la cosa.

Su aparente desparpajo no tenía rival.

Quizás depositario de esas cómicas legendarias que le antecedieron como: Blanquita Becerra, la también Alicia, pero Rico, Candita Quintana, Manuela, igual de Bustamante, Rosario Carmona, Lina Ramírez, Leonor Borrero y la inolvidable Eloísa Álvarez Guedes.

Aunque sabía ser seria, dedicada, analítica, profunda y muy meticulosa.

Creo que asimismo debe haber tenido fama de ser muy mala enemiga.

Para ella escribimos, especialmente, un personaje de uno de los Crematorios

Pero por razones de tiempo, lamentablemente, no pudo asumirlo.

Y terminó defendido por otra gran intérprete que se lució y lo hizo, finalmente, suyo.

Por eso cuando apareció, de nuevo, la posibilidad de trabajar a su lado, en la versión cinematográfica de Contigo pan y cebolla, basada en la pieza original de Héctor Quintero, no dudamos ni un segundo en proponérselo.

Y por suerte, esa segunda vez, aceptó.

Era su regreso al cine luego de mucho tiempo.

Y de alguna manera al teatro que siempre interpretó y en el que se sentía como en casa.

Por otro lado, tampoco podía negarse a ser parte de un homenaje, al autor que le había dedicado uno de sus mayores éxitos teatrales y que la había rebautizado, para muchos, por mucho tiempo, como Esperanza Mayor.

Sólo nos pidió a cambio, convencernos de que podía asumir ese personaje, luego de tenerlo completamente concebido, diseñado, vestido, peinado y maquillado.

Hacía muchos años que nosotros no nos veíamos.

Habíamos tenido un encuentro cercano maravilloso en París, donde pasamos una muy linda tarde conversando. Nos enseñó los rinconcitos de aquel sitio adorable, que compartía con Hanna Schygulla– especie de cava y cueva, decorado con el gusto más exquisito - enclavado en el mismo corazón de la capital francesa. Con vino, queso, fotos, recuerdos y proyectos. Pero nada en concreto. Sólo el deseo de compartir, algún día, algún desvarío.

Por supuesto, todo ello, antecedido por el derrame del inmenso respeto que le profesamos, durante años, luego de haberla visto brillar en los escenarios - o en las pantallas del cine y la televisión, por corto que fuera el papel– muchas y repetidas veces, con la misma gracia necesaria, natural, desenvuelta y simpar.

Y la coincidencia de que mi madre, de niña, había sido estrellita naciente, en un programa, creo que de radio o de televisión, en el que ella, además, participaba y hasta un premio se le había otorgado.

Luego mantuvimos correspondencia por correo electrónico, sin fotos, durante un largo tiempo.

Por eso me indagaba constantemente en sus mensajes sobre el personaje. Si debía asumirlo como una mártir, o como una hija de puta, a la que lo que le gustaba era joder la pita.

Sabía mucho del oficio del actor. La avalaban su participación en decenas de montajes y filmes como Cecilia, un día en el solar, Adorables mentiras, La muerte de un burócrata, Tulipa... Su santera en Plaff, defendiendo la burocracia en los santos es imperecedera.

Y no hacía falta, específicamente, ser su alumno, para recibir sus clases, con tan sólo escucharle.

Cuando llegamos a la prueba final de maquillaje y vestuario, se nos apareció enfrente una viejita tan frágil y endeble, que inmediatamente notificamos a la producción la necesidad de extremar los cuidados, so riesgo de perderla, o de que se nos partiera en dos, en medio del rodaje.

Todo el mundo la ayudaba, como si hubiera sido de cristal.

Y tuvo hasta un carro, especialmente destinado para, solamente, llevarla a orinar. Hablamos en serio. Todos los que participaron en el rodaje pueden corroborarlo.

Su Fefa venía precedida de mucho riesgo, al haber sido interpretada por la actriz para la cual se había creado el personaje: Silvia Planas, la simpática madre de los Revuelta. Pero durante la temporada, que dirigiera el propio Quintero, en Teatro Estudio, hubo una semana que Silvia estuvo enferma y sólo pudo ser sustituida por Alicia. Es decir, ella había hecho ese personaje únicamente durante una semana, hasta que volvió la actriz original. Pero, da la casualidad que a nosotros nos había tocado en suerte, presenciar una de esas gloriosas e insólitas funciones de antaño.

Con su participación en la película le llegaba la ocasión de inmortalizar un rol que había sido suyo durante muy corto tiempo.

Así de débil, quebradiza, delicada y tierna, se mantuvo en su personaje, desde el primero hasta el último día.

Filmar su muerte - que ocurre en medio de la trama - fue una de las últimas escenas.

Antes, nos había regalado una toma extra, del mismo personaje, bailando una jota, que más tarde decidimos suprimir en la edición, para ser meticulosamente fieles a la obra original.

Terminado todo - y como de costumbre – se organizó una comelata con fiesta de despedida.

Y allí estaba ella, totalmente cambiada, melena alborotada, en tremenda recholata, meneando la cintura, dándole a la cadera, bailando coyulde, comiendo como una bestia y gozando, al por mayor, la papeleta.

- ¿Pero y esto qué es? – nos preguntábamos atónitos - Esta mujer nos ha engañado todo el tiempo, haciéndonos creer que estaba a punto de morirse, con casi 150 años y ahora se tira por el piso, pachangueando y guarachando hasta con la Orquesta Sinfónica Nacional.

Su risotada fue tremenda - ¡Hay que gozar, lo siento! – nos respondió con sólo una mirada. De paso, aprovechó el pasaje, comprado por nuestra producción, para participar en otra más. Y luego, se metió en una telenovela.

Unos meses después se nos fue Alina.

Y hace poco, otra de las Fefas inolvidables: la entrañable Elsa Camps, con quién tuvimos el placer inmenso de trabajar, en nuestro más reciente cortometraje Crematorio 4 Mar(L) de Fondo.

Ojalá y se junten todas allá, donde quiera que estén.

¡Qué éxito inmenso tendrán!

Mi reino, por una entrada para verlas.

Este artículo es de hace 2 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.