Niños cubanos haciendo un papalote Foto © CiberCuba/José Roberto Loo Vázquez

Los hijos del viento: niños papaloteros en Santiago de Cuba

Este artículo es de hace 2 años

Son una pandilla con media docena de miembros. Viven todos cerca. Afilan sus armas cada vez que hay «tope». Ellos son una hermandad: se apoyan, se ayudan, preparan sus herramientas «mortales», y si se meten con uno, se meten con todos… cada uno tiene su arsenal, aunque a veces salen con una «picúa», otras con un «embudo», y pocas veces con un «coronel».

Todo depende de la estrategia y de la cantidad de víctimas que quieran ultimar ese día, o de si van a «batirse» con otra banda.

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Los hijos del viento son un grupo de niños, de la zona cercana al parque de Madre Vieja, en Santiago de Cuba, que aunque no esconden el placer que sienten por jugar con teléfonos móviles, tablets y computadoras, han decidido cultivar el arte de hacer y empinar papalotes o cometas. Son, sin dudas, casi una rareza en los tiempos actuales.

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Juegan pelota, a las bolas o canicas, montan carriolas o chivichanas, hacen bailar a los trompos… verlos es remontarse a décadas atrás cuando los malditos dispositivos móviles no habían lacerado lo que significaba ser un niño en Cuba. En ese entonces, lo más «subversivo» era coleccionar envoltorios de productos cosméticos o de confituras extranjeras.

William «El Magnífico» y su aprendiz Amed

William, con 11 años, es el de más experiencia en la pandilla. Desde los ocho aprende de otros la increíblemente difícil técnica de hacer un papalote. Es, también, el mejor «matador» del grupo porque tiene una técnica infalible para traer a tierra los cometas de sus rivales: “cuando se acerca una cometa paso la mía por encima, la «enredo», espero que el otro recoja, mientras le voy «echando» hilo.

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Cuando el otro recoge, y le quede una brazada, en ese momento su hilo está gastado, está al partirse. En ese momento yo recojo, ahí se le termina de «quemar» el hilo, recojo hasta partirle el hilo y me quedo con su cometa. Si llegan al piso y no se parten los hilos rápido hay que partirlos con algo, con un vidrio o lo que sea”.

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“Yo prefiero ponerles cuchillos en el rabo”, asegura Amed, quien con ocho años lleva pocos meses aprendiendo el arte de fabricar y volar papalotes, “paso por arriba pero haciendo el movimiento del «cambio» (una especie de semicírculo que se describe con una mano y sujetando el hilo que deriva en un movimiento zigzagueante de la cometa. Se realiza de arriba abajo y viceversa) pero no enredándolo, sino pasando el rabo de la cometa por el hilo del otro para cortarlo con las cuchillas. Lo malo es que así la cometa «picada» se va a bolina, y a esa hora, a correr…!!!! Detrás de ella, jejeje”.

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“Aunque cuando se pica, si sueltas el hilo rápido puedes llegar a enredarla antes de que se vaya”. Asegura William, y sin dudas en sus palabras de advierte un volador de cometas experto, y añade “entre amigos uno se devuelve la cometa, pero con otra gente bueno… solo si uno quiere, y depende si estamos jugando o «batíos», jugando si me «arrastran» la cometa me la devuelven, pero si nos «batimos», el que gana se queda con la cometa del otro”.

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“Si es «batío» hay que decir si es a la verdad o a la mentira”, asegura rápidamente Amed y acota “si es a la mentira se devuelve, si es a la verdad, no se devuelve”.

Cuando el viento se enseñorea

Dice este par de pequeños expertos que desde el mes de diciembre hasta marzo es cuando hay bastante viento para empinar los papalotes. Aunque aseguran que en otros momentos del año también se puede hacer, y que hay lugares de la ciudad, como la Plaza de la Revolución Mayor General Antonio Maceo, donde se puede ir en varios momentos.

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Por esas fechas es cuando más se vuelve un reguero el frente de la casa de Amed. Hilos, güines, pedazos de gasa o de tela, tijeras, agujas… todo desperdigado entre dos, tres, cuatro… muchachos fabricando sus «picúa», «embudo», nunca el «coronel».

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“El «coronel» no lo hacemos porque no nos atrevemos…, siempre hacemos «picúas», que lleva tres güines, y «embudos», que llevan cuatro güines. Las «picúas» vuelan más alto y sirven para enredarse”, asegura William, aunque acota Amed “yo prefiero los «embudos», le entran mejor los «cambios»”. En cada uno se advierte su preferencia a la hora de un «duelo»: el primero prefiere enredar las cometas del rival, mientras que el segundo gusta más ir directo al uso de las cuchillas.

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Con una facilidad tremenda hacen el esqueleto del cometa. Con sus manos mide las partes, a veces una cuarta, otra una cuarta y tres o cuatro dedos, otras tres cuartas de sus pequeñas manos, depende del cometa que se fabrique. Fijan los güines con el mismo hilo sin parar. A William se le parte, lo lamenta pero dice “eso pasa, se hace un nudo y dale…”. Termina de hacer la estructura, y es entonces el momento de la «murumaca», esa red de hilos que sirve para fijar la cubierta.

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Antiguamente se hacía de papel, hoy se prefiere cubrir la estructura de güines y la «murumaca» con nylon “es lo que hay, y además el cometa vuela bien”, asegura William y con algo de vergüenza me pide ir a su casa un momento porque olvidó cómo es que se fija a los bordes, “en casa tengo una, deja ver, vengo rápido”.

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Dos minutos después está dispuesto a seguir. “Hay que hacerle unos tacos a los bordes, con el mismo nylon, porque sino el güin puede romperlo”, asegura, y la seguridad volvió a su rostro. Para él, que el papalote quede bien hecho, recta su estructura, es cosa seria. Lleva tres años aprendiendo de otros.

Amed, por su parte, es menor. A él no le importa empezarla y que su compinche lo termine. Él llega hasta donde puede y me asegura que no veré la suya terminada, “es que aún no sé hacer muy bien la «murumaca», y menos cubrirla”.

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Wiliam termina la estructura de la cometa de Amed. Es su colega y quien siempre le ayuda a que la cometa coja aire, “él se la lleva lejos, y entonces yo empiezo a recoger el hilo, así es que empieza a subir”.

Amed es pequeño, depende de que sus padres lo lleven a empinar sus cometas, aunque ellos le apoyan porque consideran que primero ganan la confianza de su hijo, y segundo, prefieren que haga esto, mientras comparte con amigos, y no estar 'todo el santo día delante de un teléfono móvil o computadora'.

Igual que con Amed, los padres de William le apoyan, le compran los güines (dos o tres pesos cada uno), el hilo para empinar, el caprón, (que se vende por metro y puede costar un cono hasta 15 pesos), el que se emplea para coser la cubierta puede costar hasta ocho pesos, y el nylon se lo regalan amistades, y las cuchillas se comercializan a cinco pesos.

El domingo, o algunos sábados, es el día de ir a la Plaza. Es allí donde los hijos del viento hacen de las suyas y libran las batallas de su edad.

Este artículo es de hace 2 años

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José Roberto Loo Vázquez

Periodista de graduación, y fotógrafo de pasión, dos historias que se entremezclan y atrevidamente me hacen llamarme fotoreportero. Si sumamos mi amor, por la ciudad de Santiago de Cuba, no es difícil entender mi preferencia: fotoreportero que gusta resaltar su urbe natal, la “tierra caliente”.

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