Vistas desde el Pico Turquino Foto © CiberCuba/José Roberto Loo Vázquez

Subir al Pico Turquino: ¿esfuerzo con recompensa?

Este artículo es de hace 2 años

Existe un lugar en Cuba que por décadas ha desafiado y quebrado la voluntad de muchos cubanos.

Se dice que es el único sitio del país caribeño que ha presenciado una nevada (febrero de 1900), también que en sus predios llueve casi todo el año, que se muestra la naturaleza en todo su esplendor más seductor y que ha cosechado, por igual, lágrimas de alegría como de tristeza.

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El Pico Turquino, en la Sierra Maestra, es el lugar que todo cubano ha deseado, en algún momento de su vida –fundamentalmente en la juventud–, visitar, también recorrer los angostos senderos y convertir, cada pisada, en un logro personal.

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Aunque el ascenso se puede realizar desde Granma y Santiago de Cuba, es este último el más difícil, y por ende también el más desafiante.

¿Cómo subir al Pico Turquino?

Por increíble que resulte, aunque Río La Mula, en Santiago de Cuba, se promocione como el campismo base para escalar al Pico Turquino, realmente la gestión para llegar hasta ese sitio es personal, o sea, ellos no tiene oficialmente esa oferta, aunque sí conocen los mecanismos y personas que cumplen ese sueño de cientos de personas cada año.

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Los trabajadores de la instalación tienen unos convenios con lugareños camioneros, y estos te transportan desde el campismo hasta la base de la montaña, por 15 pesos por persona, en un trayecto que dura una media hora y que inicia a las 5:00 am, para iniciar la escalada a las 5:30 am.

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¿Por qué es esta la mejor hora para iniciar? Es justo cuando comienza a ser visible el trayecto, porque si algo nunca se recomienda, es desandar por los caminos que conducen al Pico Turquino con ausencia de luz, ni en la subida ni en la bajada. Hacerlo, es casi un pecado que puede ser mortal.

“Donde te coja las 12 del mediodía, ahí mismo debes virar para atrás y comenzar el descenso, hayas llegado o no al Pico Turquino, a las 12 del mediodía tienes k empezar a bajar”, asegura el guía como si se tratara de una ley de supervivencia, y en cierta forma lo es. Pero nada evita que cierto temor recorra el cuerpo de quien no ha desandado ni 500 metros y le sueltan semejante sentencia.

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Él sube y baja con una facilidad espantosa. Las botas no son un impedimento para asir sus pies al camino escabroso, al fango, los escalones, las piedras… él transmite confianza, pero no es suficiente, “ya ni sé cuántas he subido y bajado, perdí la cuenta hace rato”, sonríe. Él cobra 5 pesos por persona, pero su ayuda tiene en realidad un valor inestimable.

Lo cierto es que a las 5:30 am se comienza el ascenso y a las 12:00 pm el descenso, donde te sorprenda esa hora, también por otra razón: evitar las lluvias de la tarde, tan habituales que parecen imprescindibles que se precipiten diariamente, casi siempre alrededor de las 2:00 o 3:00 de la tarde.

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El guía sube, pero no con todo el mundo a la vez pues es imposible. Él va dejando personas, las que por su experiencia, sabe que no llegarán. Auxilia a quienes hacen el trayecto, ofrece explicaciones, y también motiva a los más rezagados. Su trabajo es duro, aunque la ligereza de su andar no lo haga saber.

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El camino a la cima del Pico Turquino

Alicia sabía que no llegaría, su exceso de peso corporal era una limitante, también su vida ociosa, pero nadie pensó que solo avanzaría 50 metros. Desde la comodidad de un asiento improvisado le gritaba a su amiga “Yaniiiiiiii…. tira batante fotoooos”.

Desde que uno comienza a subir, las cuestas no dejan de ser empinadas y disuaden a muchos a continuar. Se dice que son 11 kilómetros desde la base hasta la cima del Pico Turquino, pero no es un trayecto directo, sino que es como bordeando. Un 97 por ciento es inclinado, aunque hay unos pocos llanos y descensos, durante la subida.

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Uno debe hacer algunas paradas. En el kilómetro tres se realiza la primera. La siguiente es en el kilómetro siete y por último en el famoso Pico Cuba. Son las llamadas “paradas oficiales”.

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En el kilómetro tres te sorprende la mañana y es el momento en que muchos aprovechan para desayunar y “coger fuerza”. A muchos sorprende ver los vestigios de una antigua estación ecológico hoy completamente abandonada.

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Hay un punto de agua, en una tubería, muy usada para abastecer a los escaladores en el descenso, cuando llegan hasta ahí sin gota del preciado líquido.

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En el kilómetro siete unas mesas y sillas rústicas invitan a descansar.

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También tiene otro simbolismo el sitio, y es que comienza el llamado Pico Cuba. La tercera parada es justo en el Pico Cuba, donde existió otra estación científica, hoy, igual que la anterior, completamente abandonada.

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Aquí se localiza el Monumento a Frank País. El sitio está rodeado de olorosos cipreses que le regalarán un recuerdo inolvidable.

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Es justo en ese instante que comienza el último tramo, ese que conduce a uno directamente al Pico Turquino, la mayor elevación de Cuba con más de mil 900 metros de altura, y coronado por un busto de José Martí que colocó, en el año del centenario de su nacimiento (1953), Celia Sánchez Manduley acompañada de su padre, mediante la ayuda de mulas y por el camino de Granma, no por Santiago de Cuba.

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La pieza es obra de la escultora Jilma Madera y se acompaña de la frase: "Escasos como los montes son los hombres que saben mirar desde ellos y sienten con entrañas de nación o de humanidad".

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Entre el kilómetro tres y el siete se considera está el trayecto más peligroso: con senderos angostos, muy cerrados, empinados, que obligan a uno a subir escalando. Es tan tupido, en ocasiones, que aunque es plena 11 del día y a duras penas el sol cuela unos pocos rayos entre la tupida vegetación. También está el legendario Paso del Cadete.

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Antes de ser la escalada al Pico Turquino un atractivo nacional y hasta internacional, los futuros militares de Cuba hacían entrenamientos y maniobras en la zona. El llamado Paso del Cadete no era como está concebido en la actualidad, era muchísimo más estrecho.

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Se cuenta que un muchacho, precisamente un cadete, se cayó en uno de esos ejercicios, pero nadie se dio cuenta. Notaron su desaparición cuando los demás llegaron a la cima. El accidentado, se dice, apareció varios días después, vivo pero en muy malas condiciones de salud. Posteriormente cuando se hizo la ruta para que personas de todas latitudes recorrieran este trayecto, el camino se amplió.

Aquí el dolor de espalda cede protagónico al de las piernas, pero no hay lugar llano para descansar. Las fuerzas menguan. Es el momento de sacar el extra porque dar un paso en falso puede conducir a uno a una caída de varios metros entre árboles, rocas y quien sabe cuántas cosas más.

Aunque casi el camino entero se acompaña de los temidos farallones, es después del Paso del Cadete donde hay una curva que pone a prueba la entereza: tiene un claro de aproximadamente dos metros de diámetro donde las personas que tienen vértigo sufren mucho pasar por ahí.

Si de atractivos, curiosidades, consejos y sorpresas se trata…

Uno de los detalles que más atrae la mirada del cubano que jamás ha pisado tierra extranjera es las fresas que silvestremente se encuentran en el camino de ascenso al Pico Turquino. Frutos pequeños, no tan dulce, y comienzan a parecer en el camino después del legendario Paso del Cadete, y que sin dificultad están al alance de las personas.

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Increíblemente el tocororo, ave nacional de Cuba, es desconocida por la inmensa mayoría de quienes han nacido en la nación caribeña, y solo le reconocen en libros de texto y uno que otro spot de la televisión nacional. Sin embargo, aquí parecen enseñorearse, y hacen sus apariciones en no pocas ocasiones.

La vegetación tupida lo domina todo, y como suele suceder en paisajes similares donde uno comienza a escalar pocos metros a nivel del mar y llega a más de mil, las plantas protagonizan un espectáculo maravilloso, hasta ser dominado por aquellos enormes helechos arborescentes y musgos.

Quien nunca ha subido al Pico Turquino imagina que en la cima verá un excepcional paisaje dominado por el azul del mar, y realmente algunos se decepcionan cuando se percatan que a duras penas es un claro, de ocho metros de diámetro, de tupida vegetación que impide hasta que entran los rayos solares. La única huella humana sería el busto de José Martí, que curiosamente está de espalda a quien llegue por el camino de Santiago de Cuba.

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Algo curioso también en el trayecto de ascenso al Pico Turquino es la cantidad de animales salvajes que hay, mamíferos en un primer momento y luego solo aves, también polímitas más de las que puede uno imaginar. Pero también llamativo es que a partir del kilómetro cinco, aproximadamente, los celulares tienen cobertura, incluyendo en la misma cima.

Uno no debe subir en pantalón de mezclilla, pues esta tela tan dura dificulta los momentos en los que hay que escalar, tampoco debe hacer en “short”, lo ideal son las lycras o pantalones de nylon, o sea, ropa deportiva, también para evitar un poco la fricción de los muslos. Se dice que se debe usar botas, pero la concreta es que solo las llevan quienes tiene preparación física o los que están habituados a cubrir el trayecto. Se recomienda zapatos fuertes pero cómodos, y que posiblemente arroje a la basura cuando llegue a casa.

Quienes son inexpertos o primerizos no conocen que uno debe hacer la escalada con la ayuda de un palo o bastón, este ayuda a hacer menos esfuerzo con las piernas. También no se debe subir con mucha comida, solo la necesaria: mucha agua, al menos tres litros, aunque es recomendable no tomar líquido durante el ascenso, es preferible solo en las paradas o descansos, y se debe llevar frutas ricas en potasio, caramelo, leche condensada, chocolate, refrescos naturales, galletas y pan, jamás almuerzo.

Justo en la cima del Pico turquino es el momento de tomarse fotos, de celebrar, de llorar de alegría y hasta de dolor y cansancio. Pero siempre con la satisfacción de haber logrado lo que muchos no han podido.

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José Roberto Loo Vázquez

Periodista de graduación, y fotógrafo de pasión, dos historias que se entremezclan y atrevidamente me hacen llamarme fotoreportero. Si sumamos mi amor, por la ciudad de Santiago de Cuba, no es difícil entender mi preferencia: fotoreportero que gusta resaltar su urbe natal, la “tierra caliente”.

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Periodista de graduación, y fotógrafo de pasión, dos historias que se entremezclan y atrevidamente me hacen llamarme fotoreportero. Si sumamos mi amor, por la ciudad de Santiago de Cuba, no es difícil entender mi preferencia: fotoreportero que gusta resaltar su urbe natal, la “tierra caliente”.