Pablo Iglesias, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel Foto © Collage CiberCuba

Cuba guarda distancias con Podemos

Este artículo es de hace 2 años

La compra de un chalet en Galapagar (noroeste de Madrid), valorado en 600 mil euros, por Irene Montero y Pablo Iglesias, es el tiro de gracia a Podemos, un aluvión que debutó con cuatro millones de votos para convertirse en un partido leninista de poses, algarabías y luchas intestinas, comandado por una quincena de opinionados serviles al Secretario General y dos manijeros.

Cuba fue de las poquísimas excepciones que evitó contagiarse del entusiasmo podemita en su supuesto asalto del cielo proletario. La mayoría del exilio vio de inmediato que Pablo Iglesias era un farsante y el gobierno guardó una prudencial distancia de “esos galleguitos agitadores”, como los llamó un avezado diplomático de la isla, en una cena a su paso por Madrid.

Una mayoría de la emigración cubana apreció en las soflamas incendiarias de Iglesias y los suyos una música y letra que recordaba demasiado a la retórica castrista, la única diferencia es que los barbudos iban en serio y “el coleta” jugaba al posibilismo estratégico de cuanto peor fuera España, mejor para él; siempre que consiguiera subirse al carro de los que llegan sobrados a fin de mes.

El gobierno cubano tenía una ecuación complicada con Podemos. Su éxito en las elecciones europeas era un factor a tener en cuenta, pero había que esperar a ver si ese resultado se trasladaba a las elecciones españolas, circunstancia que no ha ocurrido.

El campanazo de Podemos llegaba en momentos en que Cuba necesitaba reordenar sus relaciones con la Unión Europea y no quería correr riesgos en esa singladura, además de que tampoco debía ofender a los sectores de Izquierda Unida y del PSOE, que mantienen una postura de “solidaridad crítica” con la revolución cubana.

Un diplomático cubano, que pasó por Madrid en tránsito hacia su posible último destino antes de jubilarse, comentó en una cena informal que el Partido Popular quizá se equivocaba alentando el fenómeno de Podemos, creyendo que así quitaría votos al PSOE e IU, “cuando la crisis ha hecho trasversal el populismo, como ocurrió en Francia”.

Grecia y la rapidez con que Tsipras se deshizo de Varoufakis, víspera de su pacto con Alemania, convenció a La Habana que Podemos era una opción a observar, como parte del tablero político español, perturbado por la crisis financiera, pero que no merecía la pena enrarecer el clima bilateral con apuestas incógnitas.

Cuba, además, atesoraba la amarga experiencia con la Revolución de los Claveles. En una visita a La Habana, Otelo Saraiva do Carvalho había prometido apoyo logístico a la “Operación Carlota”, pero a la hora que aparecieron los aviones cubanos cargados de tropas y armas, los revolucionarios portugueses se desentendieron.

El tardocastrismo impuso un low profile en sus relaciones con Podemos hasta el punto de que ningún alto cargo del gobierno cubano recibió a Juan Carlos Monedero en una visita intempestiva a La Habana, adonde se desplazó desde Caracas, aprovechando que allí asesoraba al gobierno chavista.

Podemos ha sido quizá la coincidencia más firme entre el régimen cubano y la mayoría de sus exiliados en España, aunque cubanos establecidos en la madrastra patria se sientan más cómodos con opciones políticas de izquierda, incluso votan y militan en Podemos y sus amplios círculos, ahora ninguneados en la compra del chalet, que ha puesto patas arriba al partido más joven de la democracia española.

Algunos analistas vinculan el fin de Podemos a la compra de un chalet de esas dimensiones y precio, una operación normal dentro del capitalismo español, pero la realidad es que la operación inmobiliaria es la gota que colma el vaso de cara a la opinión pública, pero hace muchos meses que buena parte de militantes, votantes y dirigentes se sentían hartos del cesarismo pablista.

A estas horas debe haber millones de votantes frustrados y militantes amargados por la deriva personalista con que un teórico de la revolución degeneró un proyecto que habría sido diferente si estuviera presidido por la democracia y transparencia que el líder reclamaba a otros; pero Jorge Vestrynge y Juan Carlos Monedero, han ejercido un control vertical, como manijeros del cortijo en que ha degenerado Podemos.

Iglesias venía con amigos dudosos como los ayatolás iraníes y el chavismo, pero los persas solo pusieron dinero a cambio de mejorar su imagen internacional y el tardochavismo ha acabado harto de los “traidores de Podemos”, como contó un fuente venezolana, a cambio de mantener el anonimato.

Habría que ver los análisis del Centro de la Dirección de Inteligencia cubana en Caracas sobre los podemitas que allí pululaban asesorando a cambio de petrodólares para sus causas.

Pablo Iglesias tiene, además, el inconveniente de proceder de una de las más antiguas castas españolas: la cátedra universitaria. Un submundo que combina la fraternidad masónica con la ternura de los Corleone.

Nadie exigió a Pablo que quemara iglesias ni bancos, fue él quien inflamó sus discursos y agitó conciencias con su polvorín de soldadito de plomo de la revolución mundial, pese a que nunca vivió como obrero y daba muestras evidentes de paternalismo, vocación totalitaria y de poca experiencia vital.

Los supuestos puros suelen cometer lo peores pecados.

Habrá que estar atentos a la reacción de la mayoría de las corrientes, agrupaciones locales y de las bases de Podemos que llevan meses clamando por un cambio de rumbo en el partido y porque haya democracia interna real y no ordeno y mando leninista. Incluso en esta hora puede surgir un líder desconocido o apenas conocido que decida arrebatar a Iglesias el santo y la limosna.

Hace un año, sectores opuestos a Pablo Iglesias y su estilo, tantearon a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, representante de la corriente “Federalista” y alineada con el griego Varufakis en Europa; pero “no hay quien la convenza que ponga un pie fuera de Cataluña”, cuenta un cargo de Podemos que participó en el tanteo.

La compra del chalet de 600 mil euros es un paso definitivo en el camino a la perdición emprendido por Pablo Iglesias y su grupito atrincherados en la dirección de Podemos, que también son responsables de cierto desquiciamiento de parte de sus dirigentes deseosos de acertar siempre con el pensamiento íntimo del líder, en esa competencia feroz que promovieron para garantizarse lealtades.

Tampoco se trata de que un dirigente comunista o de izquierda tenga que vivir en una choza, pero de ahí al chalet de Galapagar va un trecho y será su tumba política, pues aunque resista y sea el próximo candidato, los electores, empezando por los desilusionados de sus propias filas, votarán otras opciones o no votarán.

No hay mejor capataz que un pobre harto de pan deseoso de congraciarse con la oligarquía, que lo ha recibido con los brazos abiertos y dando palmas con la hipoteca de la casa de Galapagar; que también ha dejado al desnudo a Irene Montero, la hija del mozo de mudanza, que supera a Iglesias en desparpajo y ferocidad, y que no tuvo reparos en ponerse de número dos del partido al estilo rumano de Ceaucescu y Elena.

Una militante de base de Podemos, admiradora de la revolución cubana y que me busca para polemizar me ofreció hace un tiempo –quizá sin proponérselo- el mejor epitafio del pablismo cuesta abajo, cuando contó que ella y varios amigos habían entrado en Podemos con la ilusión del Movimiento 15-M, pero que ahora “tomamos pastillas para poder dormir por las noches”.

Este artículo es de hace 2 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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