Maikel Arista-Salado, conocido como Miguel Hernández-Campos. Foto © Mikel Arista-Salado.

Maikel Arista-Salado: “La bandera cubana es una obra maestra del diseño”

Este artículo es de hace 2 años

Maikel Arista-Salado, La Habana (1986). Más conocido en su casa como Miguel Hernández-Campos, apellidos de su madre y abuela, cursó Derecho en la más importante universidad cubana hasta 4to año, pero sus pasión por la Historia y los paseos y charlas con un tío y su padre lo llevaron a un mundo que lo cautivó: la Heráldica y el Protocolo, donde ha buceado con el ímpetu de su juventud y la paciencia de un sabio. Éste es el resultado de conversaciones cruzadas por encima del Atlántico y con el inconveniente de la diferencia horaria, pues en Miami, adonde llegó en 2006, se gana los frijoles como asistente legal en un despacho de abogados.

¿Cuándo nacen la Heráldica y el Protocolo cubanos?¿Cómo llega a interesarse por ambas materias?

Determinar el origen de la Heráldica y Protocolo cubanos es extremadamente difícil, entre muchas razones, porque es un tema prácticamente inhóspito en la producción académica cubana, y por otra parte, implica definir lo cubano. Si entendemos que la heráldica, en tanto sistema emblemático personal tiene su origen en algún punto indeterminado entre los siglos XI y XII d.C. en la región europea de Normandía, ya para fines del siglo XV estaba definitivamente asentado el derecho a la sucesión de las armas, es decir, el escudo de armas pasa de ser una representación gráfica del individuo a ser la representación gráfica de la familia o linaje. Dicho de otro modo: el escudo de armas se vincula a la sangre, con lo cual, muchos de los primeros europeos que se asentaron en Cuba probablemente ya tenían sus escudos de armas o tenían derecho a ellos, incluyo aquí a los obispos nombrados a la mitra cubana en época tan temprana como 1518. Pero hay otro elemento que pesa sobre el origen y desarrollo de la Heráldica en Cuba: los escudos pueden ser adoptados libremente o pueden ser concedidos por autoridad real.

La Heráldica entró también en ciudades y gremios. En 1516 la Corona concedió escudo de armas a la entonces Ysla Fernandina, a petición de Pánfilo de Narváez, mediante real cédula dada en Simancas. Luego otra en enero de 1517 volvería a conceder armas a Cuba. Es un escudo muy hermoso: trae a la Virgen de la Asunción en su partición alta, y en la baja a Santiago Apóstol, jinete sobre un caballo. Félix de Arrate dice que se conocía a la isla como la de “Santiago y el Ave María”, patronos además de las villas de Baracoa y Cuba. El diseño se puede ver todavía en algunos billetes emitidos por el Banco Español de Cuba, en la medalla de los Voluntarios de Cuba de Amadeo I y en la medalla conmemorativa por la visita de la infanta Eulalia a Cuba. En teoría estuvo vigente desde su concesión en 1516 hasta el cese de la soberanía española en Cuba el 1º de enero de 1899.

Maikel Arista-Salado es un experto cubano en Heráldica y Protocolo. Foto: Maikel Arista-Salado.

El Protocolo, en cambio, es la expresión de relaciones jerárquicas. De manera que donde haya una sociedad organizada políticamente, habrá protocolo. Existe en nuestras relaciones familiares e interpersonales cuando nos sentamos a la mesa y la cabeza queda reservada para el genearca, que en mi familia materna era mi abuela, y en mi familia paterna, el hijo mayor de mi abuelo era quien asumía esa posición, elementos muy interesantes de estudiar. El ceremonial es algo totalmente distinto. Habría que buscar sus más remotas manifestaciones en los precolombinos con su propia estructura jerárquica: caciques, behiques, ancianos, etc., así como sus ceremoniales, como el areíto, etc. El dominio español se establece con una ceremonia, algunos dicen que las primeras misas y otros hablan del Requerimiento, surgido en 1512 como ceremonia de toma de posesión de territorio, distintivo de las formas británica, francesa o portuguesa. Es interesante, por ejemplo, el estudio de los ceremoniales, las exequias que se hacían en los pueblos cuando se anunciaba la muerte de un rey, o la ceremonia que se hacía cuando a un villano de Indias se le reconocía su derecho al voto.

¿Cómo me intereso por ambas materias? Una me llevó a la otra. Siempre he sentido fascinación por la historia. De niño mi padre me llevaba a los museos, y un día, ya un adolescente, mi tío me enseñó unos escudos y me dijo que eran los de mis apellidos. Naturalmente quedé fascinado, porque en un país en el que la individualidad es reducida a la nada misma, en el que además es difícil hilar historias familiares más de allá de una o dos generaciones, tener un escudo que fuera exclusivamente de mi apellido fue para mi hallar un tesoro.

Libro de Maikel Arista-Salado: "Condecoraciones cubanas. Teoría e Historia". Foto: Maikel Arista-Salado.

Me fui unos días después a la Biblioteca Nacional a buscar mas información, y para mi sorpresa, abundaban viejos armoriales de heráldica francesa, española, incluso brasileña, pero no había un solo libro sobre heráldica cubana. Me propuse hacerlo y me tomó dos años reunir toda esa información que finalmente presenté al Premio Anual de Investigación Cultural del Instituto Juan Marinello y obtuvo mención en 2006. De esa formación heráldica pasé a las condecoraciones. Comencé a estudiar Derecho en la Universidad de la Habana y me interesaba determinar hasta qué punto se podía desarrollar una teoría de las condecoraciones desde el Derecho, de ahí al Protocolo no va nada. De repente me vi amasando una cantidad vastísima de información que no parecía haber sido de la atención de historiadores y juristas.

No sirve de nada tener estos tesoros en una bóveda del banco. Tienen que estar en un museo y espero que algún día se exhiban en el Museo de la Diáspora o la Torre de la Libertad.

Y no solamente legislación. Llegó un momento en que el Museo Numismático no me daba respuestas a mis interrogantes y comencé a estudiar las piezas por mi cuenta. Me convertí, sin quererlo y hasta a regañadientes, en un coleccionista de medallas y condecoraciones, y hoy tengo más de 300 piezas numismáticas, algunas tan curiosas como una medalla de bautizo de 1878 o una medalla de una panadería en Pinar del Río, o la medalla que entregó una compañía norteamericana, la Juraguá Iron Company, a la ciudad de Santiago de Cuba después de la sublevación de los Independientes de Color en 1912. Pero no sirve de nada tener estos tesoros en una bóveda del banco. Tienen que estar en un museo y espero que algún día se exhiban en el Museo de la Diáspora o la Torre de la Libertad.

¿Qué obstáculos encuentra un investigador a la hora de estudiar ambas especialidades?

Los obstáculos suelen ser los mismos para cualquier tipo de investigación: ¿Cómo acceder a las fuentes primarias de la historia? Resulta una contradicción que teniendo una Universidad de las Ciencias Informáticas inaugurada a bombo y platillo hace más de una década, no sea posible acceder digitalmente a los acuerdos de las asambleas provinciales ni municipales del Poder Popular, no haya sitios web de la mayoría de los museos cubanos, ni exista un catálogo actualizado de los fondos del Archivo Nacional de la República, ni de los archivos provinciales y municipales. Hace pocos años fui a la sede del gobierno municipal de la Habana Vieja con el propósito de obtener una copia de su “Sistema de Reconocimientos”, y tuve la oportunidad de hablar con el presidente local, un coronel o teniente-coronel, quien se negó rotundamente a entregarme el acuerdo de la asamblea, porque “quién sabe lo que tú puedas hacer con esa información. Por ahí andan los contrarrevolucionarios usando nuestra información para cualquier cosa”.

Escudo primado de Cuba, concedido por real cédula en 1516.  Foto: Maikel Arista-Salado.

Si las autoridades cubanas al nivel municipal tienen miedo a que se divulgue algo aparentemente sin importancia como lo es el sistema de reconocimientos local, y un acuerdo del gobierno local que debe ser público, porque la publicidad normativa es un principio intrínseco del Derecho, eso nos dice cuán dispuestos están a ofrecer acceso a la información que genera el país. Y una sociedad que no está informada es incapaz de tomar decisiones, en buena medida porque es incapaz de reflexionar sobre su pasado.

¿Qué diferencias hay entre el ceremonial castrista y el republicano? 

1910 es un año importante para el Protocolo cubano porque por primera vez se codifica el ceremonial diplomático y adquiere la forma de decreto presidencial. Parece algo insignificante, pero la trascendencia es fundamental para la tradición codificadora del país. Lo que hasta ese momento había sido una legislación dispersa, casuística y muy puntual, adquiere de repente el rango de decreto del gobierno: en términos del Derecho Administrativo es un reglamento independiente. A partir de aquí, los sucesivos ceremoniales pueden leerse en Gaceta, lo cual es un paso positivo en la publicidad normativa y en el entendimiento que el ceremonial y el Protocolo no son intrigas palaciegas ni escenarios efímeros. El Protocolo, como bien dijo un doctrino español, es la plástica del poder, es la manifestación concreta de las relaciones jerárquicas.

Medalla conmemorativa del V centenario de la Heráldica cubana. Foto: Maikel Arista-Salado.

Ocurre también algo interesante, lo que inicialmente nació para regular el ceremonial diplomático, se fue ampliando y entró a regular el protocolo y el ceremonial interno del Estado. En 1911 el gobierno cubano estrena el Ceremonial Marítimo, y luego en 1925 se reforma el ceremonial para incluir otras ceremonias que atañen al funcionamiento interno del Estado, como la toma de posesión de un secretario de Estado, o las equivalencias entre los cargos civiles y militares, los duelos, etc.

Todo este proceso fue abruptamente desmantelado a partir de 1959. Después del ultimo ceremonial diplomático firmado por Dorticós y Roa, el texto cayó en obsolescencia porque el Estado cambiaba constantemente durante la Provisionalidad. Jamás fue derogado, pero decir que se mantiene vigente como se puede leer en un disparatado artículo que aún circula en internet, equivale a decir que la Ley de Propiedad Horizontal sigue vigente para los pocos apartamentos de 5ta Avenida que son los únicos que se pueden vender a extranjeros, aún cuando el estatuto constitucional vigente y la ley de vivienda lo prohíben.

Si un joven cubano quisiera estudiar Protocolo y Ceremonial, ¿dónde podría hacerlo?

Vayamos de la lengua española, a la región, y finalmente a Cuba. En España ya existe una maestría de la Universidad Nacional de Educación a Distancia bajo la dirección de la Dra. Dolores del Mar Sánchez González, con un altísimo nivel teórico, el que a mí más me interesa. Otras escuelas y universidades también han organizado sus maestrías, algunas con miras en la organización de eventos y otras con proyecciones más técnicas, pero todas enriquecen el panorama académico español y compiten por las matrículas de los estudiantes.

Medallas por el Centenario de la Bandera de Cuba en tres versiones: de escritorio, de gala y miniatura. Foto: Maikel A.S.

En la América hispana existe la Asociación Interamericana de Ceremonial y Protocolo en la que los argentinos llevan holgadamente la delantera, y en general el asociacionismo entre los profesionales del Ceremonial y el Protocolo es muy elevado. En noviembre pasado se celebró en Lima el XIV Foro Interamericano de Ceremonial y Protocolo, cuyo anfitrión fue la Asociación Peruana de Ceremonialistas. El problema en la América hispana, sin embargo, es que no hay desarrollo académico ni parece haber interés en desarrollarlo. Argentina tiene un programa interesante y está estableciendo su propia escuela, de lo cual me alegro mucho.

En Cuba, la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales ha organizado al menos dos coloquios sobre Ceremonial y Protocolo, pero su contenido es paupérrimo y carecen totalmente de una mínima base teórica.

¿Cómo explicar que el primer secretario del Comité Central del Partido tiene precedencia sobre el jefe de Estado?

Es un reto estudiar Ceremonial y Protocolo en Cuba de manera académica porque sencillamente no existe una cátedra que produzca literatura importante al respecto. Es tan imposible estudiarlo como codificarlo porque, ¿cómo explicar que el primer secretario del Comité Central del Partido tiene precedencia sobre el jefe de Estado? Esta dicotomía no era aparente mientras cualquiera de los Castro asumían los dos cargos a la vez, pero era demasiado evidente en las provincias y municipios: primero el partido, luego el gobierno. ¿Cómo se explica que un cargo de designación tenga precedencia sobre uno de elección, aunque esa elección sea una farsa? El libro fundamental de Ceremonial y Protocolo en Cuba data de 1991 y es básicamente un esquema de reglas mnemotécnicas estáticas que no entran a analizar el Protocolo y el Ceremonial como expresiones vivas de la sociedad en su devenir epistemológico propio, y fue eso justamente lo que intenté hacer con mi libro: extraer toda la herencia legislativa cubana desde el dominio español a nuestros días.

¿Cuánto ha afectado a ambas especialidades el pretendido igualitarismo?

Dice un querido amigo que “imagen hace identidad”, y es cierto. En el imaginario pensamos que los escudos de armas son cosas de monarquías, del pasado, de la nobleza, y por lo tanto, son elementos anacrónicos en una sociedad que tiene su base teórica en la igualdad de todas las personas ante la ley, y ese tipo de comentario se puede leer incluso en las actas de la Constituyente de Guáimaro, pero todo eso tiene poco arraigo científico. La Heráldica nació como un sistema emblemático para representar al individuo en una sociedad en la que muchos no sabían leer ni escribir. Tanto es así que cuando aparece la firma autógrafa a mediados del siglo XIV, la Heráldica ya está en retroceso. En el escudo se comenzaron a poner las victorias del caballero, y todavía hoy el escudo de Trinidad lleva a sus lados banderas inglesas, arrebatadas al enemigo y puestas en el escudo local como trofeo de guerra. El colectivismo, desde luego, lastra toda expresión individual y la Heráldica es parte de esa expresión.

Sus libros son el resultado de un trabajo ciclópeo; ¿dónde están y cómo se conservan la bibliografía, condecoraciones, medallas y demás atributos del Protocolo y la Heráldica cubanos?

Gracias, aunque de nada sirve si nadie los critica, los comenta, los estudia. Los libros se pueden adquirir por internet y ahora preparo una segunda edición del trabajo sobre condecoraciones cubanas. Hace un par de años entré al país con 75 volúmenes del primer tomo del libro “Condecoraciones cubanas: teoría e historia”, entregados a la Biblioteca Nacional para que los repartiera por el sistema nacional de bibliotecas. Espero se haya hecho. Las medallas y condecoraciones cubanas se pueden localizar en varios museos numismáticos a lo largo de todo el país. El más importante, por supuesto, es el Museo Numismático de la Oficina del Historiador; sin embargo, sus funcionarios se han negado rotundamente a darme el permiso para fotografiar sus piezas, porque me gustaría publicar un catálogo en algún momento. Mucho de nuestro patrimonio está en colecciones privadas, y sería muy bueno que los coleccionistas publicasen sus colecciones privadas con más frecuencia.

Medalla "Héroes de la Libertad", creada en 2006 por el Cuban Liberty Council. Foto: Maikel Arista-Salado.

Una manera de conservar todo ese patrimonio es exhibiéndolo al público. De aquí parta mi propuesta al Museo de la Diáspora o la Torre de la Libertad para que se organice la exhibición, que incluye además, probablemente la única colección de medallas del exilio cubano, es decir, medallas creadas por la comunidad cubana en el exilio, como la Medalla “Tony de Varona” (creada por la Junta Patriótica Cubana en 1994), la Distinción de la Rosa Blanca (creada por el Patronato José Martí en 1963), las medallas de la Brigada 2506, del Comité para la Liberación de los Presos Políticos y las que se batieron por Estrada Palma en 1897 y 1898 para recaudar fondos para la independencia. Un museo nutrido de piezas debería ser la única respuesta para preservar el patrimonio y transmitirlo a las nuevas generaciones. Yo no tengo ningún deseo de que mi colección se mantenga privada y exhorto a las instituciones a que colaboren para que se admitan otras muchas colecciones.

Recientemente, una noble cubana, que vive en Miami, ganó en los tribunales españoles su derecho a llevar el marquesado de Campo Florido; de lo que surgen dos preguntas:
a) ¿Cuánto ignora Cuba (gobierno y ciudadanos) sus antiguos linajes?
b) ¿Qué papel desempeñaron los nobles en las diferentes etapas de la historia cubana? Teniendo en cuenta que la independencia de España y la revolución castrista se gestaron en casas ricas.

En una república organizada en principios democráticos, no debería haber miramientos especiales a un linaje por su antigüedad. Valen por igual todas las personas, hayan estado en el territorio sus familias por dos siglos o por dos años. Los títulos de nobleza conservan aún ese halo de especialidad, pero en los momentos actuales se consideran verdaderas reliquias históricas, es más, los juristas contemporáneos han resuelto la disyuntiva que presupone la existencia de los títulos de nobleza mediante la figura de la posesión en precario, es decir, el poseedor de un título no es más que eso: un poseedor, quien ostenta el título en representación de su ancestro, y nada más. Y si entramos a valorar cuánto aprecian su historia el gobierno o ciudadanos cubanos, eso sería harina de otro costal, y tema para todo un libro, con lo cual me remito a decir simplemente que los títulos de nobleza cubanos forman parte del patrimonio histórico español y del nuestro también: los marquesados de la Habana, Marianao, San Felipe y Santiago, Guisa, Prado Ameno, la Gratitud, Aguas Claras, Arcos; los condados de San Rafael de Luyanó, Macurijes, Jaruco, Pozos Dulces, Casa-Bayona, Lagunillas y un largo etcétera, están estrechamente ligados a nuestra historia.

Es cierto, sin embargo, que las familias, en su decurso, van acumulando artículos de valor patrimonial para la localidad o incluso para el país, y ese traspaso y conservación de bienes depende de muchos factores, entre los cuales la protección a la propiedad privada es un pilar indiscutible. En un país cuyo gobierno le ha hecho la guerra a toda forma de posesión de bienes, la cultura material se ve naturalmente amenazada. Esta pérdida se puede extrapolar de una vajilla familiar a documentos valiosísimos en nuestros archivos locales, que se van del país, vendidos al mejor postor, y nuestras colecciones siguen perdiendo piezas de valor, y lo que es más terrible: perdemos ese conocimiento.

Me contó el último secretario de Chacón y Calvo, conde de Casa-Bayona, que tanto él como Lagunillas le pagaban a Fidel Castro un impuesto para poder firmar con sus títulos en lugar de sus nombres. Mientras me lo decía, me enseñaba uno de esos documentos. Con el tiempo, Casa-Bayona y Lagunillas fueron los últimos que quedaron y los últimos que murieron en Cuba. Los títulos fueron rehabilitados por parientes que vivían en España y que acaso no tenían esa conexión tan directa y latente con Cuba. La Isla ha perdido también parte su patrimonio nobiliario.

¿Qué diferencia hay entre ricos y nobles?

La misma que hay entre una hormiga y un elefante: ambos son animales. Si entendemos por rico una persona que tiene un importante patrimonio pecuniario, y por noble, un estamento social que quedó definitivamente disuelto en el siglo XIX con el tiro de gracia en la Ley Desvinculadora de 1820, que abolió los señoríos, nada tienen que ver una cosa y la otra. La nobleza, a la luz de la democracia, no existe, es una reliquia histórica. Los “nobles” que hoy ostentan títulos no son realmente nobles, son personas que usan los títulos en representación de su ancestro, y las personas agraciadas con títulos son condecoradas por el Estado.

El castrismo unificador abolió en la práctica la singularidad de los pueblos cubanos, que tenían sus propios sistemas festivos, con celebraciones religiosas y condecoraciones incluidas; ¿qué ha pasado con todo ese patrimonio? ¿Qué peso tuvo la Iglesia Católica en los ceremoniales cubanos y cómo ha afrontado, si es que lo hecho, la conservación de esa parte del patrimonio cultural de la nación?

La iglesia católica ha preservado la heráldica de muchas maneras. Un caso muy evidente es el escudo que el cardenal Ortega le encargó a Eusebio Leal y que reposa junto al de Juan Pablo II en la S.M.I. Catedral de La Habana. Asimismo, cada obispo suele tener un escudo de armas. Se puede ver el de Holguín en el granito lateral de la catedral. Los pueblos y comunidades conservan aún la vivísima tradición de crear escudos de armas, por ejemplo, el de Plaza de la Revolución de fines del siglo XX, y el de Colón, de 2001. Es curioso que en pleno Periodo Especial, con tantas preocupaciones y tensiones sociales, el gobierno municipal se haya tomado la molestia de montar una competencia, nombrar un jurado y adoptar escudo de armas local.

Es una de esas maravillas de la historia. El problema está en que, si bien la tradición se mantiene, se ha perdido el conocimiento de las reglas básicas para confeccionar un escudo de armas, que son básicamente tres, la primera es: nunca poner color sobre color ni metal sobre metal. Los colores son rojo (gules), azul (azur), verde (sinople), violeta (púrpura) y negro (sable), y los metales son blanco (plata) y amarillo (oro). La regla obedece a recomendaciones básicas del diseño: nunca poner oscuro sobre oscuro ni claro sobre claro. No se admiten tonos ni perspectiva. La segunda regla es que todas las piezas o cargas deben estar orientadas a la derecha, izquierda del observador, y la última es que las piezas deben ocupar la mayor parte del campo, no dejar espacios vacíos. Algunos autores consideran necesario abundar en otras, pero las básicas son esas.

En relación con la singularidad de los pueblos y comarcas en general, no pocos estudiosos han protestado por la arbitraria división político-administrativa de 1976, que creó artificialmente municipios y abolió otros de sólida tradición: Puentes Grandes ahora está partido entre cuatro municipios. La creación en 1992 de los “Consejos Populares” fue otro desastre: barrios como el Carmelo o el Vedado han perdido sus fronteras históricas y quedan distorsionadas. Todas las identidades se resienten cuando el Estado impone su criterio de espaldas a las comunidades. La iglesia católica ha intentado ajustarse a las nuevas divisiones, pero todavía Artemisa pertenece a la diócesis de Pinar del Río.

Recientemente, el presidente Díaz-Canel ha asumido la función de recibir directamente las Cartas Credenciales de nuevos embajadores acreditados ante La Habana y Raúl Castro ordenó una restauración capital del Capitolio Nacional, que se dice acogerá a la Asamblea Nacional. ¿Estaríamos ante meros gestos o ante el comienzo de una práctica normalizada de tradiciones cubanas?

Mientras exista una contradicción insalvable entre los artículos 3 y 5 del actual estatuto constitucional y ésta se resuelva en detrimento de la ciudadanía, no será posible normalizar el protocolo. El Protocolo es la expresión de las relaciones jerárquicas, y por lo tanto, cuando vemos en una tribuna o una presidencia que el Partido Comunista tiene preeminencia sobre los cargos del Estado, el protocolo nos dice quién realmente es el soberano, y por lo tanto, cómo se resuelve esa contradicción.

Una futura Cuba democrática estaría obligada a una relectura de la nación; ¿qué claves tendría que asumir en materia de Protocolo y Heráldica para homologarse con la práctica mundial contemporánea y alejarse de esos viejos tratados españolizados que usted desmenuza en sus estudios?

Debo decir ante todo que Cuba tiene muchos problemas que resolver, más acuciantes que su heráldica, y en una relectura de la nación. Necesitaremos ciudadanos que se ocupen de muchos de sus problemas; pero ya que estamos, Cuba debería hacer lo que han hecho España, Italia, Brasil o Puerto Rico: normalizarla y ajustarla a las antiguas leyes del Blasón, es decir, adecuarla a su esencia original.

Eso significa alejarse de paisajes, de monumentos, de efigies, etc., y asumir una heráldica más acorde con su propia naturaleza y sus reglas. ¿Cómo se resuelve esto? El primer paso es formar a un heraldista, con uno basta. Luego disponer, como ha hecho España, que la competencia heráldica deba pasar por las recomendaciones de un cuerpo versado en la materia. A diferencia de España, que ha retenido la competencia heráldica en las comunidades autónomas, creo que cada ciudad, municipio, pueblo, en tanto tenga capacidad jurídica, debe tener asimismo la posibilidad de adoptar un escudo de armas, porque así ha sido la tradición, siempre que ese escudo cumpla con las antiguas leyes del Blasón, que tienen casi un milenio de antigüedad.

Valderrama, por ejemplo, fue un excelente pintor, pero terrible heraldista. Nos dejó un escudo provincial de Matanzas muy pintoresco y poco heráldico, y un escudo de Mantua que es una fotografía de un paisaje. ¿Cómo convencer a los mantuanos de que el escudo que les hizo Valderrama no es heráldico y hay que cambiarlo? Es una tarea difícil porque toca la fibra más esencial de las identidades locales. El escudo nacional, por ejemplo, nunca tuvo montañas ni celajes. Esas son adiciones posteriores al paisajismo del escudo, en detrimento de su apego heráldico.

En materia de Protocolo, debería existir una norma codificada que sea coherente con el ordenamiento jurídico y con los principios democráticos que el país, en consenso, decida darse.

Cuentan que un jefe de Protocolo revolucionario, en medio de una colosal borrachera, se habría robado el teléfono de la casa que usaba García Márquez en La Habana. ¿Ha tenido el castrismo buenos jefes de Protocolo o ha sacrificado la profesionalidad en aras de la confianza política?

Es difícil determinar qué entender por bueno o malo cuando no existe ni una norma jurídica que sepamos con certeza que es la que debe aplicarse, ni los principios sobre los que opera el Protocolo. Cuba ni siquiera ha desarrollado una definición de Protocolo. El protocolo cubano tiene fama de ser preciso al nivel del Estado, pero oscuro. Existen al menos dos tesis de grado en España que tocan el protocolo cubano: una sobre las exequias de Fidel Castro y otro, un estudio comparativo de la ceremonia de entrega de cartas credenciales. En ambas se pondera el escaso material legislativo disponible. ¿Cuánto se hace y se escribe en Cuba sobre el tema?

Hay que entender que el ceremonial de Estado es una gran escena en la que éste despliega todo su andamiaje publicitario, y en esto, el Estado cubano siempre ha sido un excelente actor. Un protocolo vivo, en tanto norma jurídica, debe ser susceptible de controversia judicial. La ley procesal cubana, sin embargo, prohíbe que sea objeto de controversia cualquier acuerdo del gobierno, con lo cual, los tribunales no tienen competencia para entrar a cuestionar las leyes, entendidas en su sentido más amplio.  Es un buen ejemplo de cómo se cercena el debate social, nada menos que en un aspecto tan sensible como las leyes que determinan nuestras relaciones sociales, nuestras conductas.

Ojalá que nunca ocurra, pero imaginemos que la Isla sufre un fuego arrasador o que se desprende de su plataforma insular y queda al pairo, como pronosticó Arenas, ¿qué salvaría de Ceremonial y Heráldica cubanos?

La bandera de Narciso López. La bandera no pertenece propiamente a la heráldica ni al ceremonial, sino a la Vexilología, la disciplina que las estudia. Es una obra maestra del diseño. En ella se combinan la mística de los números pitagóricos 3, 4 y 5.

Por favor, despeje esa ecuación, que muchos cubanos no conocemos esos detalles.

3, 4 y 5 son números místicos, de una genialidad aritmética que se ha vinculado históricamente con la masonería, lo esotérico, etc. El 3 se considera un número mágico, perfecto, es el número mínimo de vértices necesarios para formar una figura geométrica: el triángulo, y de las relaciones entre triángulos se desprende toda una disciplina matemática: la trigonometría. Es además, el tríptico, la tríada, el triuno, los panteones egipcio, griego y romano se dividen en tríadas y enéadas, es decir, en grupos de 3 y 9 dioses (9 es 3 al cuadrado). El 4 es la base de toda construcción, un ladrillo o un rectángulo, se forma con la unión de dos triángulos iguales. 3, 4 y 5 son números pitagóricos porque la suma de los cuadrados de los primeros es igual al cuadrado del tercero. El cinco es la estrella, la pentalfa, el pentágono, ahí radica realmente la magia de la bandera cubana: el triángulo, la forma rectangular y su estrella al centro: 3, 4 y 5. El teorema de Pitágoras dice que en un triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de las longitudes de los catetos es igual al cuadrado de la longitud de la hipotenusa.

La crisis económica de los 90 y el negocio promovido por el Estado cubano, a través de CIMEX, de cambiar a los ciudadanos oro y joyas por ventiladores, lavadoras y hasta automóviles, provocó que las personas se desprendieran de objetos valiosos, además de un mercado negro con ramificaciones internacionales. ¿Afectaron estas prácticas a la Heráldica cubana?

No sé cómo afectó la práctica a la Heráldica, pero la época sí afectó al Protocolo y al Ceremonial. Los dos más importantes libros sobre Protocolo y Ceremonial cubanos se han publicado en 1959 y 1991, años coyunturales en los que el Estado necesitaba abrirse al mundo para ser reconocido y no quedar ahogado en su propia sangre.

En 1991 sale el libro de Emma Cárdenas y Acuña, y en 1993 Roberto Robaina es nombrado ministro de Relaciones Exteriores, y es a él a quien se le encarga reconectar Cuba con el resto del mundo, y en consecuencia, Cuba establece relaciones diplomáticas con muchísimas naciones. Hacía falta entrenar a los futuros embajadores en el Ceremonial y el Protocolo.

Si bien los embajadores cubanos estudian Protocolo y Ceremonial, ninguno conoce la historia del cubano ni se estudia desde un punto de vista académico.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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