Venezolanos protestan frente al restaurante que el chef Salt Bae tiene en Miami. Foto © CiberCuba.

Miami, cordero mudo

Este artículo es de hace 2 años

Y un buen día en Miami los cubanos dejaron de protestar. Fue una reacción indetectable. ¿En qué momento pasó? ¿Cómo pasó? Todo es confuso, los márgenes se pierden, se diluyen en olvido y en desidia.

Pero dejaron de protestar y comenzaron a mirar las protestas con desconfianza, primero. Ariscos, distantes: las protestas del Versailles fueron mutilando sus calles, aceras, manzanas, hasta dejar de necesitar intervención policial. El puñadito de enérgicos no requería cierres ni logísticas. Que lo hicieran. Que se desahogaran, los pobres.

Y comenzaron a ser hostiles con las protestas, después. El Miami de las marchas ciclópeas se conformó con indigestarse de autos. De tráfico. De indolencia general. Se murieron las banderas y las consignas de libertad.

Por eso ver a algunos cientos de venezolanos blandiendo sus banderas como espadas frente a un restaurante turco en el 999 de Brickell resultó tierno y anacrónico a la vez. Parecían extras de una película vintage.

Los que huyeron de Chávez y Maduro y llegaron a Doral, a Weston, a poblar de arepas y chamos y dolor recién sentido al sur de Florida tan habituado a la tesitura cubana, se asomaron esta semana a Nusr-et, el fastuoso local en Miami de Salt Bae, el chef famoso por echar sal en sus platos y en las heridas ajenas. Carne a la boca de carniceros matagentes, matapueblos, con bailecito de fama y video de Instagram para adobar. Como debe ser en tiempos de estupidez mediatizada.

Y los venezolanos gritaron la furia en Brickell, hace dos mediodías, con la indignación de las víctimas. Pero Miami, la guarida de los escapistas, el refugio seguro, la casa de los niños de Pedro Pan y Camarioca, el campamento de balseros que llegaban con las olas o en aletas de Hermanos al Rescate, ese mismo Miami erigido sobre sangre y lágrimas y añoranza y dolor, se burló de los venezolanos o, en el mejor de los casos, hizo un mutis por la causa y se fue a beber café.

Lo vi. Lo sentí en la carne y en los ojos: las calles no arroparon a los venezolanos. Las redes no los secundaron. Estuvieron solos. Al menos solos en Miami. Yo vi solidaridad en Brasilia y en Praga, donde emigrantes anticomunistas cubanos, médicos y deportistas, teclearon sus mensajes de apoyo a los chamos indignados. Pero en Miami los cubanos desataron el descrédito y la chanza, dieron rienda suelta a esa comuna folclórica donde vale la música de dos acordes y un corillo, pero donde consignar que es vomitivo alimentar a dictadores, bah, es patético y burlable.

Que se vayan a sus casas, tecleaban. Que no paren el tráfico de Brickell, publicaban. Que se vuelvan a gritarle a Maduro, que no hagan esos papelazos, vociferaban con altoparlantes de internet. Al fondo, la Torre de la Libertad donde se alimentaron, despiojaron, curaron los fundadores de Miami recién llegados de Cuba sesenta años atrás. La metáfora, un infinito de vergüenza.

¿En qué momento se había jodido la candidez, el nervio majestuoso de un Miami que arropó y acarició la nostalgia de Delfín González cuando el niño Elián no jugó más en su patio? ¿En qué momento el Miami de “Las palmas son novias que esperan” -como cita al Apóstol un adorable monumento en West Flagler- olvidó su identidad y su endiablada fiereza por la justicia?

Yo no lo sé. Postmodernidad, quizás. Hartazgo. Los malos ganaron. Perdimos de vista al enemigo, lo confundimos entre tanto vulgo y anorexia política. El trap es el rey y es la ley. Nadie escucha, Néstor Armenteros. O a nadie le importa. Los conductores de Uber se indignaban en Brickell, aporreaban el claxon: malditas pancartas, maldita multitud.

De repente la ciudad había dejado de protestar. Y no lo hizo cuando un presidente hundió todos los pies en agua mojada y dejó de salvar a los que llegaban secos, ni lo hizo cuando otro, el siguiente, mandó a los cubanos a prisión. Indocumentados sin pueblo detrás: sin políticos ni protestas.

Miami se quedó en silencio. Apacible. Se nos hizo un cordero mudo que dona sus chuletas al paladar grasiento de Nicolás Maduro. Los únicos ruidos salían de las mandíbulas del dictador moliendo carne, y de las pisadas de los comensales cubanos volviendo a abarrotar las mesas de Nusr-et, el número 999 de la avenida Brickell.

Este artículo es de hace 2 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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