Iraida Malberti Cabrera | Foto © Cortesía de Juan Carlos Cremata
Iraida Malberti Cabrera | Foto © Cortesía de Juan Carlos Cremata

Memoria del exilio: "La felicidad, ah, ah, ah, ah..."


Publicado el Sábado, 31 Agosto, 2019 - 12:12 (GMT-5)


Cada vez que me suceden cosas buenas - desde hace ya un tiempo, en que me dio por hurgar, por entre una serie de fotos, que me trajo mi hermano más pequeño en su última visita a verme - siempre me viene a la cabeza la misma instantánea, la exacta amplia sonrisa, la efímera, aunque sinuosa, prosperidad, más, por suerte y para engrose de nuestra positividad - el recuerdo edificante. *

* De niño disfruté, con orgullo, llevarle las buenas notas a mi mamá, fui muy bien estudiante, aunque odiara los exámenes. Y detesto, aún con fervor, el que me sometan a prueba u obliguen a calificarme.

Evoco el momento preciso, conciso y fugaz. *

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* Como este hubo muchos, muchos más. Y en disímiles horarios, calendarios, o puestos del mundo.

New York era.

A finales de los noventa.

Despedida del año - que, escasamente rememoro - y del lugar donde viví - sin pagar renta con muy buena suerte mediante - durante casi once benditos sabáticos meses.

Disfrutando de los beneficios y las albricias de la Beca John Simon Giggenheim. *

* Guardo con celo el honor histórico de haber obtenido esa - que es una de las más importantes subvenciones de arte en Estados Unidos - en segundo lugar, en calidad de cineasta, luego de Tomás Gutiérrez Alea (Titón)

La locación: el National Arts Club.

Uno de los centros más exclusivos del corazón de Manhattan.

La que fuera la casa del primer gobernador de la ciudad.

Donde se han filmado algunas películas, como la espléndida LA EDAD DE LA INOCENCIA, dirigida por Martin Scorsese.

Yo habitaba el pequeño cuarto de desahogo de un sexto, o séptimo piso, en la parte trasera de un apartamento, en el que agonizaba, extinguiéndose tras una dolencia antigua, una vieja señora, a la que nunca vi; durante el casi año de mi estancia, pero, había finalmente fallecido por esos días.

Compartía por el día - como hasta las cinco de la tarde y nunca sábados, ni domingos - con una enfermera afroamericana que usaba una pequeña cocina aledaña, al baño al yo que tenía acceso y derecho. Creo recordar haberla visto sólo un par de veces.

Aun así, mi diminuto refugio conservaba independencia.

Además de calefacción, tenía aire acondicionado, agua fría, una mínima nevera, una minúscula cocinita y yo hasta me instalé una barra para hacer ejercicios.

Todo lo que necesitaba para guarecerme tras mi primera laptop, mis ansias y mis delirios.

Un par de ventanas daban hacia un ángulo abarrotado de paredes de distintos edificios, con la vista final hacia el balcón de una casa, en la calle, de la acera de enfrente. *

* Que como me habían dicho que, en uno de esos apartamentos, vivía Julia Roberts, se me antojó que era ese. Aunque jamás la vi.

Allí fue a parar mi mamá también - luego de mis primeros siete meses viviendo sólo en ese lugar - los últimos días de ese año. *

* Donde nos disfrutamos la mayoría de todos los espectáculos de Broadway de esa temporada.

Fue también una fiesta de disfraces, donde estuvo invitado lo más rancio aristocrático de la población zonal. *

* Nos agenciamos una máscara con unas plumas para ella y el único traje de tweed que he usado, por esa única vez, en mi vida. Gris claro, con lacito rojo con bolitas blancas, zapatos de puntera, marca, huequitos en la punta con suma elegancia y una gorra oscura, como de marinero austral.

Para que se tenga, más o menos, una idea, Gramercy Park - ubicado frente a la entrada del lugar - es el único parque privado de la ciudad. Para entrar ahí, hay que tener llave. Y a mí me la facilitaba el presidente del club. *

* Así que, muchas veces, allí hice de las mías y allí me inspiré. Con honda profundidad y amplio vuelo. Al propio tiempo.

Una orquesta de jazz, contratada especialmente para la ocasión, amenizaba armonizando un contagioso charlestón.

Y una señora - al parecer, tremendamente rica - de casi noventa años, encopetada tras un vestido con el exceso del brillo más refulgente que se ha visto, bailaba mareada, dando tumbos a un lado y a otro, con una copa de champán en la mano, total y perdidamente borracha.

Era como un banco antiguo celebrándose a pecho un terremoto, o tirando la casa por la ventana, a todo ritmo, ripio, trapo y despelote.

Aquella decrépita ricachona, con su gracia pedorra, nos sumió en un piélago de carcajadas con desconciertos.

En otras palabras, nos desternillamos de la risa.

Mi mamá repitió una de sus frases de siempre: ¡Qué nos quiten lo bailado! ¡Puedo morir satisfecha!

Imitó, en un gesto, la escena que recién habíamos visto.

Y yo estaba detrás de la cámara.

Aún, así, la concibo.

Incluso, en las horas más grises, lluviosas, o tristes. *

* Y después, algunos se cuestionan el porqué de mi boca abierta a la carcajada en cada foto. Me viene en vena el perseverar pro dicha.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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