Francisco Rubiales Moreno Foto © Francisco Rubiales Moreno/ Facebook

Para Fidel Castro los periodistas oficialistas eran simples “agitadores de masas”

Francisco Rubiales Moreno no ha vuelto más a Cuba; entre 1975 y 1977 estuvo en La Habana, adonde llegó como corresponsal de la agencia española EFE y simpatizando con la revolución, como casi todo joven europeo, estaba fascinado con el fenómeno cubano.

“Pero allí me curé para siempre jamás”, recuerda desde su hogar en Sevilla, donde Rubiales comparte con CiberCuba algunas anécdotas de su presencia en la Isla, en un tiempo en que la España franquista daba sus últimos coletazos y Cuba consolidaba su posición de referente comunista a 90 millas de Estados Unidos, y como líder de los No Alineados.

Dice usted que se curó de su fascinación inicial…

Me curaron tantas cosas que no te puedes imaginar. Por ejemplo, nada más llegar, mi mujer y yo pedimos hacer trabajo voluntario porque queríamos colaborar con la revolución. Y nunca nos dejaron, pues querían que los corresponsales extranjeros estuviéramos apartados de la realidad cubana. Pero para mí fue muy fácil, pues al hablar español, ser andaluz y tener bastante cara dura, osadía o capacidad para relacionarme, iba por todas partes y hablaba con la gente. Yo conocía al presidente del CDR de mi barrio. A veces me confundían con un periodista cubano, y eso me permitía acceder a algunas informaciones a las que un periodista de habla inglesa, por ejemplo, no podía. Yo estaba bien informado.

¿Y relaciones con gente de arriba?

Yo tenía buenas relaciones con el Comité Central, con muchos pinchos. Con Fidel hablé varias veces, muchas, porque él estaba muy interesado en los problemas de España. ¡Era un gallego! Eso imprime carácter y no se pierde nunca. Y amaba a España.

A veces me llamaba y hablábamos, y me decía cosas que yo no podía creerme. Por ejemplo, que cuando muriera Franco, España pasaría a ser un país comunista. Comandante, no me lo puedo creer, le dije. Y me respondió: ¿Por qué? Lo tenemos todo preparado, y me habló de relaciones con generales y oficiales del ejército español. Comandante, lo siento mucho, pero yo creo que España está deseando ser democrática e incorporarse a Europa, a la prosperidad y las libertades europeas, fue mi réplica.

Creo que Fidel no era demasiado inteligente a la hora de hacer vaticinios. Le podía más el deseo y el voluntarismo.

Rubiales con Fidel en 1975. Foto: Francisco Rubiales Moreno/ Facebook 

La muerte de Franco lo sorprende a usted en Cuba, y se da una situación muy curiosa…

Sí. El día que murió Franco yo estaba en la sede de la agencia en el Vedado, en 19, cerca del Capri. Estaba leyendo teletipos de todo el mundo para enterarme de la situación. Y entonces recibo una llamada del embajador de España, Enrique Suárez de Puga, que me dice: Paco, tengo una noticia. Cuba ha declarado tres día de duelo oficial por la muerte de Franco. Le dije: No me lo puedo creer, Cuba es un país comunista. Sería un escándalo mundial. Tengo el decreto delante de mí, me contestó, y yo: Pues no daré la noticia hasta que lo vea, y me fui a la embajada.

Tardé cuatro minutos. Y ahí estaba el documento, firmado por Osvaldo Dorticós, presidente de la República. Me dije, esto hay que darlo, y di la noticia: “Cuba proclama tres días de duelo oficial por la muerte de Franco”.

Eso tuvo consecuencias…

Media hora después me vuelven a llamar, esta vez del MINREX: Prepara las maletas, que te expulsamos de Cuba. Te vas en el próximo vuelo a España, mañana. Te damos un día nada más. Pregunté por qué y me dijeron: Has dado una noticia que es una gran mentira; eso no es verdad. Hemos investigado, hemos preguntado al canciller, y no es cierto. Les dije que había visto el decreto, y me contestaron: Mentira, gallego; tienes que desmentirlo.

Entonces empecé a llamar a varios amigos cubanos bien posicionados, y todos me decían que era mentira, que estaba embarca’o. Hasta que hablé con Gustavo Robreño, director de Prensa Latina, y quien era muy cercano a Raúl Castro. Era capitán del ejército. Un buen intelectual, respetable, serio, honrado. Déjame que investigue –me dijo-, porque lo que estás contando…. Y llamó a Raúl, y este le dijo que en efecto, era verdad, pero que no tenía que haberse publicado. Que “quién había sido el cabrón”. Y Robreño me llamó y me dijo que sí, que se había decretado el duelo, pues era el deber de Fidel porque "España se había portado muy bien con Cuba cuando se había implantado el bloqueo [de EE.UU.]”.

¿Fue este el único choque con el aparato?

No. Otra vez, cuando estaban preparando el primer congreso del partido comunista, en el Carlos Marx, salí muy temprano de mi casa hacia el diplomercado. Cuando voy pasando por el malecón, veo montones de baterías antiaéreas emplazadas, mirando al mar. Detuve el coche, pedí hablar con uno de los oficiales, me identifiqué como periodista, y el hombre me explicó que todo eso era para darle caña al enemigo por si venían  a atacar durante el congreso. Me volví a la casa, y escribí: “El malecón de La Habana amaneció hoy erizado de cohetes y baterías antiaéreas para defender el Congreso del Partido que se inaugura el lunes”.

Otra vez la llamada: Que te vas, que te vamos a expulsar. Que ahí no hay nada. Les dije que fuéramos al sitio, y vino un coche del MINREX a recogerme. Fuimos, y vimos que todo estaba detrás de unas lonas. Pedí que nos acercáramos más para ver, y me dijeron que no se podía. Les dije: ¿Ven? Ahí están, y tengo razón. De nuevo la amenaza de la expulsión, y de nuevo la llamada a Robreño, quien me dijo que eso no había que divulgarlo. Pero me libré de que me echaran.

Pero ya iban dos...

Sí, y el responsable de los periodistas en el MINREX, un señor de apellido Tabares, me puso entre ceja y ceja. Me odiaba. Una noche, después llegar nosotros de una recepción, casi a las 12, me llamó y me preguntó que si lo invitaba a una copa. Yo me extrañé, pero subió a casa. Y ahí me dijo: “Te vamos a joder, gallego, porque eres un enemigo de la revolución. La revolución tiene ojos y oídos en todas partes. Sabemos todo lo que hablas y lo que estás haciendo”.

A mí aquello me pareció hostil, y le dije: ¡A mi casa no vengas a amenazarme! Todo fue muy tenso. Al día siguiente me fui a ver a Robreño, al subdirector de Prensa Latina –Carlos Mora–, y les conté la historia. “Este Tabares es muy peligroso”, les dije. Bueno, pues como una semana después lo destituyeron, y pusieron al frente a un tipo que era mil veces más inteligente y educado: Lisandro Otero, escritor. El otro era un estalinista puro.

¿Y llegó a hablar alguna vez con Fidel Castro?

Sí; de hecho, es a mí y al corresponsal de Reuters a quienes él personalmente nos confirma que había tropas cubanas en Angola, luchando duramente contra Jonas Savimbi, contra Holden Roberto, y contra las tropas de Sudáfrica. Fue noticia porque, aunque todos lo sabían, aquella fue la confirmación por boca de Fidel Castro.

Esto fue en 1976. Ese día invitaron a 40 periodistas al Cuartel Moncada, y estábamos todos esperando a Fidel a las puertas. Pero él estaba sentado sobre un pozo en el patio del cuartel, y sale un oficial de las FAR, y dice: “Que pasen los periodistas de EFE, Reuters y France Presse”, pero el de la agencia francesa no estaba.

Entramos los dos, saludamos a Fidel, y yo le digo: Comandante, hay 40 periodistas esperando. Y me responde: “¿Periodistas? Periodistas solo eran dos y han entrado; los demás no son periodistas: son agitadores de masas al servicio del partido”.

Me quedé blanco. Ahí estaban el corresponsal de la TASS soviética, el de Nóvosti, el de Pravda, los polacos, los búlgaros, los de la RDA… Toda la flor y nata del periodismo comunista, y me dice: “Esos no son periodistas, son agitadores de masas al servicio del partido”.

Yo cada vez que podía hablar con Fidel era la bomba. Los corresponsales extranjeros estábamos allí aislados, con acceso únicamente a la TV, que era el parte oficial y censurado; la radio, que era lo mismo, el Granma y Juventud Rebelde, que eran parecidos, aunque Juventud Rebelde un centímetro más libre; por lo cual, cuando hablábamos con Fidel sabíamos que lo hacíamos con el núcleo del poder.

Rubiales hablando con Fidel y Osvaldo Dorticós (izquierda del comandante), presidente de la República. Foto: Francisco Rubiales Moreno/ Facebook

¿Cómo termina su trabajo en Cuba?

Yo ya estaba muy quemado. Me sentía vigilado, presionado, después de dos años. Vine a España, me hice un chequeo y me salió un desastre. Un médico me dijo que todo era consecuencia de la presión y la angustia. De hecho, cuando terminé las vacaciones y pasé por mi tierra, por Andalucía, a estar con mis padres, mis amigos y a hartarme de vino y tapas, me hice otro chequeo y ya todo estaba casi bien. Era un tema psicosomático.

Cuando me di cuenta de me estaba muriendo de angustia en Cuba, llamé al presidente de la agencia, Luis María Anson, y le pedí que me sacara. Tardó muy poco en hacerlo y, antes de enviarme a la corresponsalía de Roma, primero me mandó a Panamá. Hice muy buenas relaciones con Omar Torrijos, que era el hombre fuerte del país, y quien me preguntaba sobre Cuba. Personalmente me contó que el gobierno de Castro adquiría allí champán, televisores y equipos de música. “Fidel los compra para su gente”, me dijo.

Una noche, cenando en casa del comandante Papito Serguera, que había llegado a ser fiscal general y que estaba casado con una extranjera, llegó un soldado con una bandeja de langostas y otras cosas deliciosas. “Esto nos lo manda Fidel casi todos los días”, me dijo Papito. Y yo, para mí: ¡Pues vaya tela la de la igualdad en la Revolución cubana!  

Como te digo: me fui, y luego volví para una Cumbre de los No Alineados en 1979. Me encontré con muchos amigos, pero ya no era lo mismo. Ahora bien; yo sigo amando a Cuba, por encima de Italia y de todo. Aquello fue desagradable, pero también una experiencia altamente emocionante.

 

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