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Euroasia complica la estrategia norteamericana, pero la suerte no está echada

Las nuevas rutas de la seda. Presente y futuro del mundo

Peter Frankopan

Crítica, 2019

356 páginas

La irrupción de Euroasia en el escenario internacional, con poderío económico y la ambición de sus líderes, ha desplazado el centro del mundo al Oriente y complicado los intereses de Estados Unidos en el ámbito global, según la tesis de Peter Frankopan, que no se limita a hacer de Marco Polo contemporáneo contando las novedades chinas, sino que describe también las cuitas del gigante asiático por sus problemas demográficos y la burbuja inmobiliaria, y sus relaciones con el entorno y el resto del planeta.

Después de la caída del Muro de Berlín, el mundo fue incapaz de rehacer las esferas de influencia post Segunda Guerra Mundial y, si la caída del comunismo fue celebrada con alegría por Estados Unidos y Europa, nadie había hecho caso a sendas advertencias de Zbigniew  Brzezinski, Consejero de Seguridad Nacional del presidente James Carter, contenidas en dos Memorándums: Los próximos retos serán China y el Integrismo radical islámico.

Y no fue hasta los atentados contra el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, que Washington asumió los retos provenientes del Medio Oriente; China era un gigante que recién despertaba y la CIA entendió que aún necesitaba algunos años para posicionarse en el tablero mundial como potencia emergente. Los estrategas de Washington volvían a errar en sus cálculos porque no contaban con la ambición de sus líderes y las ansias de progreso de una nación milenaria y superpoblada empobrecida por el maoísmo.

Frankopan (Gran Bretaña, 1971) acaba de publicar en Crítica su libro Las nuevas rutas de la seda. Presente y futuro del mundo, en el que ofrece al lector la descripción más detallada y amena de la actualidad euroasiática, privilegiada por ser la productora de más del 50% del trigo y del 85% del arroz que alimenta al mundo, pero ya no se trata de economías rurales meras productoras de materias primas; sino que también producen el 75% del Silicio, y el 80% del Itrio, el Disprosio y el Terbio, esenciales para la producción de Superimanes y ordenadores portátiles, por ejemplo. 

Pero la mirada de Peter Frankopan no es una lectura complaciente, pues pone el ojo en los retos de China: 50 millones de viviendas nuevas permanecen vacías; sufre un brusco envejecimiento poblacional y una bajísima tasa de nacimientos, de hecho ya ha sido superada por India como primera potencia demográfica; grandes migraciones del campo a las ciudades con notables diferencias educativas y profesionales, que repercuten sobre los roles de hombres y mujeres en toda la nación.

Afganistán, aparencialmente lejos de China, no escapa al análisis del autor, que recuerda el poder que representa para los talibanes controlar la mayor producción de Heroína en el mundo, y reseña el temor de Pekin al contagio islamista radical en la región de Xinjiang, donde viven 9 millones de musulmanes chinos, uigures y kazajos; contrarios al hegemonismo del Partido Comunista, que ha ordenado destruir unas veinte mezquitas y creado campos de concentración para intentar contenerlos.

De hecho, esa ha sido una de las causas de la pragmática alianza de Moscú y Pekín en los últimos años; que implica una ruptura de la mala relación bilateral durante todo el siglo XX, cuando ambos gigantes estaban dominados por el comunismo y el maoísmo, respectivamente, y consagraron sus esfuerzos a dirimir su rencor en tierras africanas y latinoamericanas, con el apoyo a los partidos comunistas que se sumaran a la coexistencia pacífica y a la lucha armada, respectivamente.

Ahora, las tornas han cambiado  y China y Rusia buscan puntos de encuentro en ambas regiones, unidas por sus afanes expansionistas y su gozo en tocarle las narices a Estados Unidos, especialmente en Iberoamérica, que Washington ha postergado por sus urgencias con el integrismo radical musulmán.

Otro elemento que ha propiciado el eje chino-ruso, ha sido India, que ve con recelo las nuevas rutas de la seda, que influrían negativamente en su soberanía y seguridad nacional con el proyecto de modernización del transporte en Cachemira. Nueva Delhi no busca la confrontación con Pekín y conserva su buena sintonía con el Kremlin; pero no deja de posicionarse cuando las circunstancias lo requieren.

Pero no todo es buen rollo entre Rusia y China, como podrían hacer creer los grandes titulares; la expansión pequinesa en Siberia ha hecho sonar las alarmas en la región, que ve en la compra de tierras por empresarios chinos, como una maniobra para posicionarse en torno al lago Baikal.

Con este panorama, más la abundancia de chinos viajeros por el mapamundi, aunque solo el 5% de los chinos posee pasaporte; la conclusión fácil sería que China podría desbancar a Estados Unidos como primera potencia mundial; pero no ocurre así, al menos de momento, porque aún siendo una amenaza, el Partido Comunista chino sigue atrapado en la contradicción cada vez más evidente de un país, dos sistemas, que fue viable hasta hace poco tiempo, pero ahora afloran contradicciones insalvables.

China acaba de descubrir un importante yacimiento de petróleo y gas en el mar de Bohai, hallazgo que la libera de su dependencia energética cuando esté produciendo; pero sigue teniendo una acusada dependencia de Estados Unidos en tecnología punta, especialmente en el ámbito de fabricación de semiconductores; handicap que también tiene Rusia, que también marcha retrasada en materia aeronáutica con respecto a Washington, que restringió en 2018 el visado a chinos que pretendían trabajar en empresas tecnológicas estadounidenses, previniendo el consabido espionaje industrial.

En 2027, asegura Frankopan, que el PIB sumado de las ciudades asiáticas será mayor que el de las ciudades europeas y norteamericanas en su conjunto; cifra razonable si sabemos que en 2050, la población asiática será más del 56% mundial y la europea, menos del 5%; pero China e India, incluso parte de Rusia, están aún en su siglo XIX en cuanto a industrialización y tecnología; y siguen remisos a sumarse a acuerdos medioambientales como los de Copenhague y París.

Una parte de la izquierda transversal, surgida después de la caída del Muro de Berlín, agita constantemente los fantasmas chino y ruso como ingredientes de su discurso antiimperialista, que luego es replicado por los medios de comunicación afines, especialmente los de Cuba, que no ha dudado en sumarse alegremente al coro de las nuevas rutas de la sede, como lo confirman declaraciones del vicepresidente Ricardo Cabrisas y el eco de una cumbre entre chinos, iberoamericanos y caribeños celebrada hace unos días en Panamá, en medios de comunicación de la isla.

Vano empeño, el libro de Peter Frankopan es un antídoto contra el ilusionismo infantil que pasa siempre por intentar desprestigiar a la democracia más antigua del planeta: Estados Unidos de América, que tiene clasificada a China como su principal reto en los próximos 50 años.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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