Eduardo del Llano (izq) y Luis Alberto García como Nicanor (der.) Foto © Facebook de Eduardo del Llano

El derrumbe de Eduardo del Llano (que mató a Nicanor)

Eduardo del Llano tuvo su primer celular hace cinco meses. Ojalá no lo hubiera tenido nunca. Envejecer estrenando celular es peligroso. Como heredar auto a los ochenta y sacar licencia de conducir. 

Cuando te llega un celular en tiempos de tu propia cólera, corres el riesgo de diez minutos como los que se grabó Eduardo este lunes y que, por si no se ha enterado aún, conviene avisarle: le van a perseguir. No lo digo o lo deseo yo. Solo sé que esos diez minutos le van a perseguir.

Cuando empiezas a hablar de tres niñas aplastadas por un balcón que tuvo la idea de sumarse a la tradición local, y caer, y dices que es una tragedia y que tú mismo no sabes qué harías si le ocurriera a una de tus hijas, pero acto seguido echas mano de un “Ahora bien, dicho esto…” de ahí en adelante lo que digas, te va a perseguir.

Nadie se libra tan fácil de eso.

Que Eduardo del Llano no iba sobrado de ciertas cosas lo sospechaba. Decencia, por ejemplo. Nobleza. Boberías así.

En 2017 comió conmigo en un restaurante colombiano de Miami. Acabábamos de terminar una entrevista en vivo en el noticiero de Mega TV del cual fui presentador y me ofrecí a llevarlo hasta donde estaba parando. Asistí a su fiesta de despedida, días después, invitado por una legión de amigos que habían arropado a Eduardo durante su estancia en Estados Unidos, un colectivo humano donde costaba trabajo encontrar una sola baja pasión o tendencia a la estupidez. Me consta que arroparon a este hombre con una amistad envidiable.

De regreso en Cuba, Eduardo del Llano contó su paso por Miami en un texto titulado “Miaming II”, publicado en la revista OnCuba, que resumía casi todos los prejuicios y estereotipos impulsados por la narrativa oficial de La Habana contra los cubanos que vivimos de este lado del mar. Solo teníamos dudas, deudas, stress, fanatismos, televisión chatarra y comida chatarra. ¡Diablos!

A mí me resbaló. Me sentí incómodo por sus anfitriones. Debieron sentirse de alguna forma maltratados en una esencia humana que quizás ahora se entiende más.

Tomar la muerte de tres niñas de las que antes no habló, por las que no escribió ni exhibió pesar alguno, como leit motiv para contarnos que es una tragedia sin culpables, y que Cuba es un país normal, no solo es miserable: es incongruente. 

El tipo que ha hecho carrera con el surrealismo y el absurdo cubano no puede salirme ahora con la muela bizca de la normalidad nacional. Por más que lo diga acabado de levantar.

El derrumbe de Eduardo del Llano es una especie de réplica del derrumbe de Jesús María. Y me dejó ciertas sorpresas.

La primera de todas: la exhibición de la ignorancia. Una ignorancia impúdica, de esas que dan vergüenza ajena. Una ignorancia que uno evita sacar a pasear. De esas que, si se tienen, se tratan como a los mocos de la nariz: en el baño. No en Facebook. No en tu página oficial de figura pública.

Todavía estoy buscando el edificio que Eduardo dice que se cayó en New York. “Hace dos días”, precisa en su grabación del pasado lunes.

El sábado no hubo reporte de derrumbe estructural en la Gran Manzana. La última desgracia conocida ocurrió tres meses atrás en New Orleans, cuando una falla de una viga causó la muerte a tres obreros que trabajaban en la construcción de un hotel Hard Rock. En New York murió una mujer en un derrumbe, sí. En agosto de 2019.

Eduardo me confunde en su resumen reporteril. O se confunde él de New, dando por bueno que Orleans es también York. No lo sé. Pero comparar un accidente de construcción con una política estatal no es confusión menor. Por ahí se escurre la mierda que llevamos todos dentro, y que algunos, como el realizador de marras, a veces deciden ventilar al sol.

Porque los derrumbes de La Habana han terminado siendo patrimonio nacional y política estatal. Quizás sea esa la normalidad de clase media sobre la que este hombre nos alecciona con modo selfie, iluminación precaria y rostro de acabado de levantar.

Si la intención era recordarnos que la normalidad habanera era ver a sus niños bajo los escombros quizás se trastocó en el decir. Ahí llevaría toda la razón. Como la normalidad del Congo son tres generaciones familiares muriendo todos de SIDA, o como la normalidad de Trípoli son adolescentes que apartan restos de un proyectil de mortero para jugar al fútbol.

Son normalidades muy jodidas, pero normalidades al fin. Para sus contextos anormales, desde luego.

Mi segunda sorpresa: Eduardo del Llano no tiene sentido del ridículo. Y eso, cuando lo conocí, tampoco lo noté.

Su narración de la noticia que un amigo recién le acababa de contar es una joyita. Que un depósito de gasolina explotó en México mientras cientos de personas llenaban baldes de forma clandestina, desatando un infierno donde murieron casi cien almas de forma horrenda. Y nadie acusa al gobierno mexicano por esto.

Bien. El incidente que un amigo del camarada del Llano tuvo a bien contarle recientemente, ocurrió en Tlahuelilpan, norte de México, hace nueves meses. Junio de 2019. De inmediatez, Eduardo solo lo justo. O de información. Pero de soltura toda la que quieras. Él se acaba de enterar de algo que nos enteramos hace nueve meses, pero está seguro de saber qué se dijo y qué no en su momento.

Quizás la falta de celular impidió que Eduardo leyera la montaña de críticas, artículos de opinión e investigaciones que denunciaban las negligencias estatales en este oleoducto. Hay una diferencia entre que tú no conozcas algo, y que ese algo no exista. La ignorancia soberbia es algo muy jodido. Te pone en ridículo.

Como te deja en ridículo que afirmes que nadie culpa a los gobiernos democráticos del mundo por las muertes que le corresponden. Se hace. Se hace todos los días. La prensa libre y punzante de este mundo es un látigo, y sin cascabeles en la punta. Que tú no la leas, es diferente.

Como te deja en ridículo insinuar que Donald Trump sería también culpable por la muerte de un obrero de construcción en New Orleans (capta la palabrita, anótala, se diferencia de York). Como si Trump tuviera en su gabinete de presidencia a un directivo de Planificación Física, o un ministro del MICONS, que autorizan las bolsas de cemento o los implementos de trabajo que pueden comprar los estadounidenses, y en qué tiendas, y con qué moneda en particular.

En el totalitarismo, donde el Estado es dueño lo mismo de las emisoras que de los cuños de pasaporte y de las fábricas de bloques, el destino de la masa colectiva llamada pueblo es responsabilidad de quien no permite la libertad individual. Solo que en Cuba los que ostentan el poder de todo nunca son culpables de nada.

Yo me apunto a un trabajo así, Eduardo, como el del gobierno cubano. Autoridad sin responsabilidad.

Porque el gobierno es dueño de los hospitales pero no de la obligación de surtirlos. Cuando falta el diazepam, es culpa de acaparadores. Y del bloqueo. Es dueño de los alimentos pero no del hambre. El hambre y el desabastecimiento son culpa de los revendedores. Y del bloqueo. Es dueño del destino de once millones de almas, pero cuando estas huyen es culpa de la Ley de Ajuste Cubano. Y del bloqueo.

Tú me dirás si no es una ricura una pincha así.

Mi última sorpresa, quizás, ha sido la muerte de Nicanor, que no por anunciada ha sido menos traumática.

Porque lo mataste, Eduardo. Eso lo sabes, ¿verdad? Olvídate del anuncio de episodio final. Olvídate, incluso, del nivel embarazosamente bajo que comenzaron a tener los mismos cortos alguna vez fueron agua fresca para un pueblo necesitado de representación, necesitado de hacerse oír. 

Eduardo del Llano, con un celular de cinco meses y carga para diez minutos de infortunio, vació dieciséis años y una saga entera que hasta este lunes tuvo simbolismo y sentido.

Solo desde la honestidad y la complicidad tuvieron sentido los cortos de Nicanor. Solo desde un prisma de reflejo social crítico merecieron comer aparte. ¿O hablábamos de arte conceptual y figurativo? 

Cuando Eduardo del Llano aún no tenía celular y presentó sus cortos en Miami, y fue a entrevistas como las de Radio y Televisión Martí, o fue al noticiero de Mega TV conmigo, ¿asumía que era por el valor estético de sus ficciones, por trascendencia artística pura y dura? ¿Eduardo del Llano? ¿Él, que tiene tantos lectores fieles de su narrativa como Abel Prieto?

Cuando los cubanos copiaban sus cortos de contrabando, de memoria en memoria, con una sonrisa de conspiración, asumían que el cerebro detrás de todo eso les echaba una mano. Les decía: “Mira este absurdo. Mira este abuso. Mira esta infelicidad. Ahí están, aunque el Granma no se entere".

No sabíamos que detrás de la filmación de dos segurosos en pleno ejercicio de instalación de técnica a un infeliz Nicanor, solo asistíamos a una representación de normalidad nacional tan normal, que no debía ser ni politizada ni denunciada.

El derrumbe de Eduardo del Llano mató un símbolo y el derrumbe de Jesús María dejó otro en pie. Uno se llevó a Nicanor, lo aplastó con mucha mala leche. De alguna manera lo vamos a extrañar. El otro derrumbe nos dejó a tres niñas que tomaban helado cuando la normalidad nacional se les vino encima y no las dejó ensayar más.

Dice Eduardo del Llano, desde su clase media muy normal, que si fueran sus hijas él no sabría qué hacer. ¿Otro video objetivo con su teléfono de cinco meses y su cara de acabado de levantar, quizás?

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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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