Víctimas del castrismo no son culpables de la desgracia cubana

La consecuencia del triunfo revolucionario fue, en esencia, un enfrentamiento entre el totalitarismo y la libertad, realidad que conserva absoluta vigencia y sólo puede resolverse, para el bien de los cubanos, si se resuelve a favor de la libertad.

Torre y estatua de la iglesia de la virgen del Carmen, en La Habana Foto © CiberCuba

Los cubanos perdimos la libertad mientras presenciábamos el derrumbe de nuestros derechos, desde el advenimiento del poder y el terror revolucionarios, las políticas para quebrantar el derecho a la libertad religiosa fueron tarea prioritaria durante largos y fatigosos años en que los católicos cubanos han resistido, con estoicismo, los embates de un proyecto totalitario que nunca escatimó recursos para erradicar al cristianismo en cualquiera de sus variantes, considerando a la Iglesia Católica como el más articulado de sus enemigos doctrinales.

En una colección de ensayos titulada Iglesia, Ecumenismo y Política, el cardenal Joseph Ratzinger afirmó que la “libertad de conciencia es el núcleo de toda libertad” y que “el derecho a creer es el verdadero núcleo de la libertad" advirtiendo que "donde se derrumba este derecho, se sigue, por lógica interna, la pérdida de los demás derechos de la libertad”; circunstancias de la que los cubanos podemos dar un buen testimonio.

La idea de que el conflicto Iglesia-Estado podía haberse evitado si los obispos de aquel momento hubiesen sido mejores diplomáticos y más comprensivos con el joven e impetuoso gobierno revolucionario es simplemente falsa, porque lo sucedido no puede reducirse a un malentendido gravoso que ponía en cuestión los intereses de dos instituciones. Lo que ocurrió fue un cataclismo social que trascendió el ámbito de las confesiones religiosas, abarcando la totalidad de la nación. Un conflicto que fue “resuelto” mediante la violencia y la aniquilación de cualquier disenso, dejándonos una tierra arrasada donde los vencedores siempre han despreciado la posibilidad del cambio, la negociación y el acuerdo.

La consecuencia del triunfo revolucionario fue, en esencia, un enfrentamiento entre el totalitarismo y la libertad, realidad que conserva absoluta vigencia y sólo puede resolverse, para el bien de los cubanos, si se resuelve a favor de la libertad.

Al margen de cualquier error táctico de los obispos de entonces, de la sociedad civil, de los políticos, de los militares y de los intelectuales, la realidad es que había una estrategia para la toma del poder y que el núcleo duro del grupo que tomó ese poder en los primeros meses de 1959 se ha mantenido fiel a los postulados del marxismo-leninismo, eliminando y marginando desde un inicio a los discrepantes -incluso a los de su mismo signo ideológico- y edificando un capitalismo de estado que privilegia a las familias Castro-Ruz-Espín-Soto del Valle y a sus más cercanos colaboradores, mientras la inmensa mayoría de los cubanos es excluida sistemáticamente de cualquier posibilidad de bienestar y legítima prosperidad económica.

Los obispos de entonces reaccionaron de la forma en que deben reaccionar los pastores de la Iglesia cuando ven que la libertad y la integridad de su pueblo es amenazada. La historia de la Iglesia en Cuba, durante esta etapa, es la historia de hombres y mujeres, en su mayoría anónimos, que hicieron grandes esfuerzos por salvaguardar la fe de sus padres y la conciencia de una patria libre y soberana, donde brille la verdad y prime la justicia. Hombres y mujeres que, en aras de un bien mayor, siguen buscando, a veces hasta la extenuación, una salida ordenada y pacífica a esta desgracia moral que padecemos.

Si algo define a los católicos, en este amargo accidente de la historia cubana es su condición de víctimas. Es de muy mal gusto sugerir que las víctimas tienen parte de culpa, aceptando en este y en otros asuntos la lógica perversa de siempre culpar al otro y, al mismo tiempo, desconocer la naturaleza totalitaria y criminal del régimen.

Reciclar la idea de la culpabilidad de la Iglesia a estas alturas del partido solo conduce a un ingenuo colaboracionismo con la tiranía. Esto es bueno saberlo, porque “guerra avisada no mata soldado” y la vida es corta y no alcanza para leer a Maritain, Guardini, Merton, Urs Von Balthasar, GuittonCongar, Carretto, Ratzinger...

Perder el tiempo es delito de lesa majestad en Cuba, reivindicando autores que nos vendieron esa malvada idea. Las víctimas no tienen culpa alguna, los que organizaron el crimen bien lo saben.

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Eduardo Mesa Valdés

La Habana 1969. Narrador y poeta. Miembro de la directiva de Cuba Humanista. Fundador de la revista Espacios. Coordinó la revista Justicia y Paz, y el boletín Aquí la Iglesia.

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