Huérfanos de Papa Hemingway

Papa vivió sus últimos años atormentado por la perfección literaria y la diabetes, con anotaciones diarias sobre su peso en la pared del baño principal y escribiendo desde temprano hasta el mediodía en una Remington encaramada en dos tomos de la Enciclopedia Británica para cuidar una rodilla maltrecha, que nunca le sirvió para torear, una de sus obsesiones más recurrentes durante sus años en España, de la que conservó entradas y carteles taurinos, amigos como Luis Miguel Dominguín y -en paralelo con Lino Novás Calvo- escribió las mejores crónicas de la traumática Guerra Civil.

Ernest Hemingway en su casa habanera de la finca Vigía Foto © JFK Presidential Library

Cuando Ernest Hemingway cazó su propia cabeza en Idaho dejó huérfanos a millones de lectores, pescadores de Cojímar y a su finca La Vigía, donde olvidó sus gafas graduadas, sus zapatones de reportero vagamundo; enterró a sus perros y se enteró que había ganado el premio Nobel de Literatura (1954), conmoviendo a su amiga Ingrid Bergman: "Después de todo, los suecos no son tan tontos".

Una vez que su viuda Mary, previa autorización de Kennedy para viajar a La Habana y negociar con Castro, sacó los trastos más valiosos de Vigía, a cambio de ceder mansión y el yate Pilar al gobierno revolucionario, que se ahorró una expropiación forzosa sin indemnización y cerró la casona a cal y canto para alegría de comejenes y tristeza de los empleados y vecinos, acostumbrados a las deslumbrantes y prolongadas fiestas Ernest y señora.

Paradójicamente, la desidia castrista ante la casa donde más años vivió Hemingway facilitó la conservación de la inesperada escena final de Papa en La Habana, donde los bármanes del Floridita lloraron su ausencia en proporción al agujero que hizo a su caja, por su asombrosa capacidad de beber Daiquirís sin azúcar, mientras amontonaba cabezas de trofeos Kilimanjaro, casi diez mil libros y papeles diversos.

Papa vivió sus últimos años atormentado por la perfección literaria y la diabetes, con anotaciones diarias sobre su peso en la pared del baño principal y escribiendo desde temprano hasta el mediodía en una Remington encaramada en dos tomos de la Enciclopedia Británica para cuidar una rodilla maltrecha, que nunca le sirvió para torear, una de sus obsesiones más recurrentes durante sus años en España, de la que conservó entradas y carteles taurinos, amigos como Luis Miguel Dominguín y -en paralelo con Lino Novás Calvo- escribió las mejores crónicas de la traumática Guerra Civil.

Gregorio Fuentes, su alter ego marinero en busca de submarinos nazis y pejes descomunales, soportó que el yate Pilar quedara varado en el jardín de La Vigía y -como Buena Vista Social Club- renació cuando el gobierno cubano apostó por el turismo y descubrió, en el autor de El viejo y el mar, un imán para yumas sensibles y adinerados, como Jenny Phillips, nieta del editor de Ernest  que, en 2001, visitó la la mansión y creó una fundación que puso en orden la abundante papelería.

Los más viejos del lugar recuerdan a Hemingway furioso porque niños vecinos de Vigía robaban mangos, en vez de pedirlos y disparando con una escopeta contra las auras tiñosas, incluso más allá de los límites de su finca del sureste de La Habana, donde descubrió las juergas madrileñas sin bufanda.

La relación entre Castro y el mitico escritor fue corta, con dos encuentros personales breves, sin que haya trascendido el contenido de sus conversaciones; el Comandante en Jefe conservaba en su despacho del Palacio de la Revolución una foto del autor de Por quién doblas las campanas junto a un gran castero, con la dedicatoria: “Al Dr. Fidel Castro, que clave uno como este en el pozo de Cojímar. Con la amistad de Ernest Hemingway”; el resto son especulaciones, porque el literato era un hombre de izquierda norteamericano, antimacartista, pero reacio a pagar impuestos.

Islas en el golfo, su novela póstuma, quizá sea su obra más cubana por el retrato de La Habana tensa pre revolución, la descripción cuidadosa de escenarios malditos con el agua por todas partes y su prosa salpicada de fábulas Caribe; que inundó su ser hasta el extremo de depositar la medalla del Nobel en el altar de la Caridad del Cobre; pero también es su libro más coherente con la bronca terrible de años entre la vaciedad existencial y la resuelta voluntad de buscar la plenitud de sensaciones, en ese duelo perpetuo y tomentoso entre Dionisio y Tánatos.

Ernest Hemingway, como muchos genios, descubrió la magia de escribir, siendo un niño que rompía juguetes para ver qué tenían dentro; quizá ahí nació la curiosidad por explorar su cabeza, abriéndola de un escopetazo hace 60 años.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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