Díaz-Canel se rectifica: "La universidad no es exclusiva para revolucionarios"

Lo ha dicho el presidente en una conversación formalmente informal con un grupo de jóvenes tras un trabajo voluntario en un organopónico de Fontanar.

Díaz-Canel conversa con jóvenes en trabajo voluntario Foto © Facebook / Leticia Martínez

"Yo sé que en estos días ustedes han estado reunidos, hablando con jóvenes, han hecho una reflexión sobre lo que les toca, y están saliendo muy buenas ideas, muy buenos proyectos, y yo creo que eso es lo que tenemos que hacer: que los jóvenes planteen cómo podemos construir un país mejor en estos momentos, trabajar con todos. Alguien el otro día estaba preocupado en las redes sociales: que si había una campaña para separar de las universidades o de las escuelas a los muchachos que habían estado en estos hechos. No hay nada de eso, al contrario: todos esos muchachos se van a incorporar a sus escuelas, a sus universidades, se está hablando con todos. Aquí la universidad nunca ha sido exclusiva para revolucionarios o no revolucionarios, lo que sí aspiramos a que la formación que demos sea una formación revolucionaria".

Eso lo ha dicho el presidente Miguel Díaz-Canel en una conversación formalmente informal con un grupo de jóvenes tras un trabajo voluntario en un organopónico de Fontanar, en saludo al aniversario del asalto al Cuartel Moncada. Lo ha reproducido el Noticiero del Mediodía. Se ha editado el material en el de por la noche y… ¡puaf!: ya no está.

Después de semejante declaración, no asombra que Díaz-Canel no aceptara que su orden de combate del 11 de julio fue el acto más irresponsable que podía esperarse de un estadista en momentos como esos. Lo improcedente de decir lo que dijo quedó demostrado con posterioridad: ante la repulsa que tuvo su llamado ―en el que apuntó que «La calle es de los revolucionarios»―, patinó en sus declaraciones y no volvió a repetir la discriminatoria frase. Tampoco pidió disculpas.

Quince días después de los sucesos, el exministro de Educación Superior asegura que la universidad nunca ha sido exclusiva, como si ―bajo el lema «La universidad es de los revolucionarios»― decenas de estudiantes y profesores no fueran expulsados de ella o se les anulara su entrada en las aulas de las altas casas de estudio, o como si a tantos ciudadanos no se les arrojó de sus centros de trabajo por motivos políticos, en Asambleas por la Educación Comunista y otras purgas con títulos parecidos.

¿Negará el primer secretario del Partido que en la Universidad Central de las Villas, la misma donde se graduó de ingeniero, se expulsó en el año 2017 a la joven estudiante de Periodismo Karla Pérez González, a quien recientemente el país dirigido por él le impidió la entrada? ¿Son reflejo esos dos destierros del amor y la paz que propugna ahora para diluir sus declaraciones televisivas?

No fueron las malmiradas redes sociales las que se hicieron eco de las palabras de una viceministra de Educación Superior. Cubadebate, sitio oficial si los hay, replicó el 20 de agosto de 2019 lo siguiente: "¿Qué es ser profesor universitario? ¿Se podría ser un profesor en Cuba lejano a las políticas del país? ¿Se podría ser un profesor que no defienda a ultranza cada paso que se da en la Revolución? ¿Será que la crítica ácida que se realiza a cada instante es considerada autonomía universitaria? ¿Será que la manera de abordar la crítica haciendo llamado a los derechos humanos es el camino desde nuestra academia? (...) El que no se sienta activista de la política revolucionaria de nuestro Partido, un defensor de nuestra ideología, de nuestra moral, de nuestras convicciones políticas, debe renunciar a ser profesor universitario".

Semanas después, el propio ministro del ramo, en comparecencia ante la Mesa Redonda, daba visto bueno a las palabras de su subordinada y ponía cuño a la separación de la Universidad de Oriente del profesor René Fidel González, quien «no contaba con condiciones» para ser profesor universitario.

Estuve a punto de ser expulsado de la Universidad de La Habana en el año 1987. Cursaba el segundo año de la carrera de Periodismo. Por diferentes caminos se viabilizó un encuentro de los estudiantes de la Facultad con el entonces jefe del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) y miembro del Buró Político Carlos Aldana. En el Salón Plenario del Comité Central nos vimos las caras. Asistió un invitado de lujo: Fidel. Me dije: esta es la mía. Ciertos conocimientos sobre Arquitectura obtenidos en mi intento inconcluso en la Cujae me habían llevado a hacer por mi cuenta una investigación sobre la campaña emprendida para construir en pocos meses los círculos infantiles no edificados en decenas de años.

Lancé la bomba y produjo sus estragos: hablé de chapucerías a tenor de metas y contrametas, del derroche de recursos que presuponían los trabajos (im)productivos, del incumplimiento de normas constructivas elementales, todo a partir de unos apuntes hechos en mi recorrido por varias obras de la capital. Fueron catorce horas de diálogo. Se discutieron temas tan espinosos como el culto a la personalidad del Comandante, la Guerra de Angola y la perestroika, así que mis preocupaciones nada tenían de extraordinarias si se toma en cuenta la agenda de la reunión.

El futuro de «Los Guantecitos Mágicos» y compañía me dio la razón, pero lo que me vino encima no fue mortadella: se me acusó, por señalar que lo de los círculos infantiles era una soberana locura, de decirle loco a Fidel; me obligaron mediante chantaje ―el cargo o la carrera― a renunciar a la vicepresidencia de la FEU de la Facultad; me invitaron «revolucionariamente» a un recorrido con tufo «repumitin» por los círculos infantiles de la capital, del que me libré cuando mandé al carajo ―tengo testigos― a los tres primeros secretarios del Partido de municipios de la capital que fueron a buscarme en un Volga; y si pude graduarme fue porque la decana, que me tenía mucho aprecio, me rogó aceptara el traslado para el curso nocturno a terminar en paz mi carrera, y porque expulsar ―esta conjetura es mía― a tantos rebeldes que estuvimos implicados en aquellos días hermosos y duros hubiera significado un escándalo mayúsculo.

En 2008 ―frótense las manos, embuchadores de expedientes― trabajaba yo en el Centro de Estudios Martianos ―perteneciente al Consejo de Estado― como director del Portal José Martí, sitio web oficial sobre la obra y la vida del héroe nacional cubano. Un día amanecí con la noticia ―interrogatorio de la Seguridad del Estado mediante― de que en mi ordenador se había detectado un documental contrarrevolucionario.

El audiovisual no lo puse yo, aquello fue la clásica cama. De todas formas, defendí mi derecho a verlo. Alegaron los acusadores que las normas de seguridad informática lo impedían, y ahí entró a jugar el absurdo: mi contenido de trabajo exigía estar al tanto, y descargar en mi máquina, todo lo que se movía en Miami sobre Martí y la Revolución Cubana. Apelé al Órgano de Justicia Laboral de Base. Tras un juicio público en el CEM ante mis compañeros de trabajo, donde tuve que defenderme solo ―hasta el Sindicato fue presentado como testigo en mi contra―, fui expulsado deshonrosamente de una institución donde había tenido una impoluta trayectoria.

Una única verdad ―«univerdad» que nada tiene de universitaria― se impone en el monopolio imperturbable de los medios de difusión masiva y deja al presidente desvalido ante la verdad de los acontecimientos. ¿No le informaron, no leyó Miguel Díaz-Canel que el 30 de abril un estudiante universitario, Leonardo Romero Negrín, fue detenido y mantenido entre rejas por sacar pacíficamente en una manifestación un cartel con el texto «Socialismo sí, represión no»? ¿Nadie respeta su condición de presidente de la República y le rinde cuentas de que la causa de Leo no está engavetada y hoy se le acosa por revelar los abusos infligidos a él y a otros jóvenes el domingo 11? ¿Será que lo revolucionario es «Represión sí, socialismo no»?

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Jorge Fernández Era

Periodista, escritor, editor y corrector. Perteneció al grupo humorístico Nos y Otros

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