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La Reina Isabel II nunca bailó danzón con Fidel Castro

Nacieron el mismo año y compartieron pasión por el poder absoluto; aunque ella nunca padeció arrebatos sartreanos.


Este artículo es de hace 1 año

Elizabeth Alexandra Mary y Fidel Castro Ruz nacieron en 1926, ella en Londres y él en Cuba, donde encabezó la revolución más carismática del mundo, aunque nunca logró traspasar los muros de Buckingham Palace porque la Reina Isabel II jamás padeció arrebatos sartreanos y evitó, con flema inglesa, el entusiasmo y propaganda a favor del barbudo dictador, a quien puso en su sitio, cuando ordenó matar al oficial de la Inteligencia cubana, Florentino Aspillaga, en Londres.

Isabel II tuvo que acceder al trono sin estar totalmente preparada, a siete años del fin de la Segunda Guerra Mundial, derrota del fascismo y nacimiento del bloque comunista en Europa oriental, que también vio caer, con su admirado Mijaíl Gorbachov, que se fue al más allá, unos días antes que ella.

La reina más longeva del mundo, se ciñó la "pesada" corona cuando el Imperio Británico comenzaba a ser gloria y a las puertas de la descolonización de los años 50-60, que dibujó traumáticas fronteras en África, Asia y Medio Oriente,origen de innumerables conflictos contemporáneos; quizá de ahí nació su vocación por los territorios británicos de ultramar y la Commowealth, que ha propiciado maravillas como Barbados, isla caribeña que la propaganda castrista jamás cita en sus mentirosas crónicas sobre el capitalismo.

Francia, la España de Franco y hasta la Alemania de Konrad Adenauer se relacionaron con la revolución cubana, en diferentes intensidades; pero la joven monarca vio algo en aquella tropa verde oliva, ataviada con rifles y estampitas, que evitó la vil seducción, pese a los esfuerzos del escritor y exespía Graham Greene, con su fabulosa novela "Nuestro hombre en La Habana", que no pudo montarse en las populares guaguas Leyland, sustitutas de las estadounidenses General Motors.

En septiembre de 1988 Castro ordenó ejecutar al desertor Florentino Aspillaga Lombard, oficial de la Dirección General de Inteligencia destinado en Europa; pero esa vez no designó a un killer para el asesinato, sino a un oscuro Tercer secretario de la misión cubana en Londres, Carlos Medina Pérez, también oficial DGI y sobrino del histórico comandante Faustino Pérez Hernández.

El diplomático homicida usó una pistola soviética Makarov y dijo que disparó cinco veces contra un grupo de perseguidores, temiendo por su vida. El incidente se produjo junto a la vivienda del diploespía, en la zona de Bayswater, a escasa distancia del céntrico y concurrido Hyde Park, y provocó escenas de pánico entre los transeúntes.

El fracaso de la misión en Londres provocó un debate sotto voce en la comunidad de Inteligencia cubana, conocedora que pese al castrismo no haber tenido nunca una unidad formal de killers, sino que los escogía y entrenaba, pero sin desplazarlos de sus puestos originales como Tropas Especiales, Correos diplomáticos, Seguridad Personal, Comando anti CIA y Antiterrorista; entre otros destinos; no entendía cómo habían designado a un joven oficial en vez de a un asesino operativo curtido.

El uso de la Makarov también generó controversia interna en la DGI y en la Dirección de Armamentos del Ministerio del Interior; los primeros sabían que el MI5 gardeaba a todos los diplomáticos de países socialistas y que usar una pistola de 9 milímetros Made in URSS facilitaba el trabajo a la Contrainteligencia británica; la gente de armas y municiones creyó más adecuado usar una forty-five para disparar contra su ex compañero de armas.

La versión oficial cubana fue que Medina fue abordado, en tono amenazador, por un antiguo funcionario cubano pasado a la CIA (¿adónde si no?), acompañado de tres hombres y una mujer. Azpillaga le pidió que desertara y Medina replicó abriendo fuego e hiriéndole. La crisis provocada por la torpeza de La Habana y su matón pilló a Castro de visita en la Etiopía de Mengistu Haile Mariam, el Stalin africano.

El Foreign Office ni siquiera respondió a la declaración cubana, pero puso de paticas en el avión al embajador Oscar Fernández Mell y al disparador Medina; dando por zanjado el asunto, pero rebajando aun más los vínculos políticos bilaterales, y preservando las relaciones comerciales.

La chapucería de Fidel Castro en Londres no solo enfadó sobremanera a su majestad Isabel II, sino que echó por tierra el cuidadoso trabajo de reconstrucción bilateral que -entre 1977 y 1981- había acometido el embajador Jorge Bolaños Suárez, histórico Lord de la cancillería cubana; actualmente jubilado.

Cuando cayó el Muro de Berlín, Europa asumió la ecuación que, desaparecido el comunismo, la siguiente ficha era Cuba; pero Isabel II tampoco compró la bulla maniquea que recorrió el Viejo continente y defendió discretamente la normalidad británica frente a La Habana, que no tuvo más remedio que abrirse parcialmente y acometer arqueología interesada en los ámbitos político, migratorio y cultural.

Castro visitó España, Dinamarca, Francia, El Vaticano, Portugal, Italia y Suiza - las dos últimas, como sede de organismos de Naciones Unidas- pero no consiguió poner un pie en Londres; una cosa es que la Reina Isabel no se sumara a la política ficción y otra muy diferente que bailara el danzón con el dictador más longevo de América Latina.

El ya Rey de Gran Bretaña, Carlos III, visitó oficialmente La Habana en 2019, tres años después de la muerte de Fidel Castro y al influjo del embullo Obama, que hizo al mundo mirar a Cuba, que ha decretado duelo oficial por la muerte de su madre, Isabel II; teniendo en cuenta el relieve histórico de la monarca fallecida y porque el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez tuvo mejor suerte que el comandante en jefe, pudiendo hacer una escala en Londres, a fines de 2018.

En el verano de 1992, el príncipe Carlos hizo una visita discreta a La Habana, acompañado por Camila Parker Bowles a bordo del yate real, que atracó en la marina Hemingway, y la pareja disfrutó entonces de uno de los restaurantes capitalinos de moda, El Tocororo, dejando constancia en su libro de visitas

Isabel II y Castro I y II nunca se vieron, siquiera para comentar aquellos once meses de 1762-1763, cuando La Habana fue inglesa; quizá la Reina siempre vio a Fidel y Raúl como españoles levantiscos y ellos a la monarca como una mujer enigmática y comedida, a veces fría como témpano, y siempre prudente frente a la suicida contentura europea ante los piratas del Caribe.

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Carlos Cabrera Pérez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.


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