
El exmédico cubano Yodermis Díaz Hernández ha encontrado en la cría de larvas de mosca soldado negra un negocio más rentable que décadas de ejercicio en la medicina.
En un taller improvisado en las afueras de La Habana, este profesional de la salud devenido criador de insectos produce cientos de kilogramos de larvas destinadas a la alimentación animal, especialmente de peces, usando herramientas fabricadas con materiales reciclados.
Díaz, quien ejerció la medicina interna por más de 20 años, decidió en 2019 cambiar el estetoscopio por las bandejas de incubación tras una sugerencia de un amigo. Desde entonces, ha visto cómo esta actividad, prácticamente desconocida en la isla hasta hace poco, se convierte en una fuente alternativa de ingresos.
En el último año vendió 300 kilogramos de larvas a criaderos de peces de agua dulce, a 450 pesos por kilo, y espera triplicar esa cifra este año.
La producción tiene un costo muy bajo y representa una solución ecológica. “Convertimos la basura en proteína, en oro para los animales, y el desecho en fertilizante. También ayudamos al medio ambiente”, afirma Díaz. Más allá del dinero, dice estar motivado por la sostenibilidad.
Sin embargo, el auge de este tipo de iniciativas no puede entenderse sin el contexto de colapso económico que sufre Cuba. La caída del turismo, el modelo económico centralizado y la ineficiencia del gobierno han dejado a la isla sin liquidez para importar insumos esenciales, incluida la comida para animales.
Ante la escasez, el régimen ha comenzado a explorar soluciones desesperadas. En 2023, medios oficialistas como Juventud Rebelde promovieron la mosca soldado negra como una "fuente prometedora de proteína", en una pieza de propaganda que recuerda los tiempos en que se intentó convencer a los cubanos del valor nutritivo de la “leche de cucaracha”.
Mientras millones de cubanos apenas logran alimentar a sus familias, el gobierno celebra las bondades de un insecto, evitando mencionar la falta de políticas efectivas, insumos agrícolas y alimentos básicos. No es la primera vez que se ensalzan estas prácticas como salvación nacional, en un país sin infraestructura ni recursos para sostenerlas.
La exaltación oficialista de este tipo de iniciativas no hace más que confirmar el fracaso estructural de un sistema que no ha sabido garantizar lo más básico: comida en la mesa para su pueblo.
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