
Más de 100 horas continuas sin electricidad dejaron a Patricia, una médica geriatra de La Habana, viendo cómo se pudrían los pocos alimentos que conservaba, mientras su edificio se quedaba también sin posibilidad de bombear agua y el agotamiento comenzaba a pesar sobre su propia salud.
El testimonio, publicado por el Food Monitor Program bajo el título «El diario de Patricia: más de 100 horas sin corriente», sigue la experiencia de esta doctora residente en Playa, cuyo circuito eléctrico permaneció desconectado durante más de cuatro días y llegó a acercarse a las 120 horas sin servicio.
La comida fue una de las primeras pérdidas. Un batido de mamey y calabaza hervida terminaron echándose a perder; después comenzaron a descongelarse las salchichas y la carne almacenada en el freezer, parte de ella enviada por amigas que viven fuera de Cuba y que habían reunido dinero para ayudarla a alimentarse mejor.
El apagón también paralizó el bombeo de agua en su edificio. Tras cuatro días sin poder encender el motor, Patricia calculaba que pronto no tendría suficiente ni para cocinar ni para beber, justo mientras los alimentos que intentaba conservar continuaban deteriorándose.
Su formación médica hacía todavía más angustiosa la situación. Patricia sabía los riesgos de ingerir alimentos que han perdido la cadena de frío y pensaba en las posibles consecuencias de enfermar en un país donde conseguir medicamentos e insumos médicos se ha convertido en otro problema cotidiano.
A la precariedad doméstica se suma la económica. Según su testimonio, su salario como médica no supera los 7,000 pesos mensuales, dinero con el que debe comprar alimentos y productos de aseo, pagar facturas y cubrir muchas veces el transporte hasta el hospital donde trabaja.
Como geriatra, Patricia asegura que durante los últimos cinco años ha observado también un progresivo deterioro entre sus pacientes, especialmente entre adultos mayores con dificultades para mantener una alimentación adecuada.
La doctora describe la contradicción de explicar a las familias qué necesitan esos pacientes mientras comprende que muchas simplemente no pueden costearlo.
El desgaste llegó a tal punto que, después de varios días sin electricidad, pensó en salir con sus calderos a protestar.
Sin embargo, recordó a los presos de las manifestaciones del 11J y terminó frenándose ante el temor de acabar encarcelada y dejar a sus pacientes con un médico menos para atenderlos.
Para Patricia la realidad del día es simplemente aplastante: regresar del hospital y encontrar todavía la casa a oscuras, sin agua y con la comida que sus amigas consiguieron con esfuerzo llegando al punto de no poder salvarse.
Al final de su relato, compara ese deterioro con el que siente acumularse en su propio cuerpo después de meses y años de crisis.
Los médicos en Cuba atraviesan una de las situaciones más difíciles del país: por un lado, reciben salarios miserables que, como ocurre con buena parte de los profesionales, apenas alcanzan para cubrir las necesidades más básicas; por otro, cargan con el peso de saber lo imprescindible que resulta su trabajo para una población cada vez más golpeada por la crisis.
Entre la necesidad de sobrevivir y la responsabilidad de no abandonar a sus pacientes se debaten hoy muchos galenos cubanos. Sin embargo, la historia de Patricia no es única y coincide con otros testimonios recientes de profesionales sanitarios cubanos.
En mayo, Liliana Isabel Salazar Villariño, especialista en Medicina General Integral, explicó que había dejado de ejercer porque su salario no alcanzaba para alimentar a su hijo, pese a realizar más de cinco guardias mensuales.
Ese mismo mes, otra realidad quedó expuesta cuando una médica cubana comenzó a vender flanes para completar sus ingresos, después de que su salario hospitalario resultara insuficiente para cubrir las necesidades básicas de su familia.
A finales de junio, el doctor Daniel Del Toro González, del Hospital Pediátrico de Las Tunas, describió otra cara del mismo problema: seguir ejerciendo pese a trabajar «con lo que hay y no con lo que se necesita», en un país que, según expresó, parece empujar a sus médicos a abandonar la profesión por empleos mejor remunerados.
El desgaste se refleja también en las cifras. Datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información indican que Cuba pasó de 106,131 médicos registrados en 2021 a 75,364 en 2024, una caída de 30,767 profesionales en apenas tres años, en medio del éxodo y el abandono de puestos dentro del propio sector.
Preguntas frecuentes sobre la crisis eléctrica en Cuba
CiberCuba te lo explica:
¿Cuánto tiempo puede durar un apagón en Cuba?
Los apagones en Cuba pueden durar desde unas pocas horas hasta varios días consecutivos. En La Habana, por ejemplo, los cortes de electricidad han llegado a extenderse entre 15 y 24 horas diarias durante julio de 2026. En otras regiones, como Matanzas, se han reportado cortes de hasta 87 horas consecutivas. Esta situación es parte de la crisis eléctrica más severa de la historia reciente del país.
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¿Cómo afecta la falta de electricidad a la conservación de alimentos en Cuba?
La falta de electricidad provoca que los alimentos refrigerados se echen a perder rápidamente. Sin refrigeración, los alimentos perecederos se vuelven inseguros en apenas dos horas, especialmente con las altas temperaturas de hasta 38°C en Cuba. Muchos cubanos han perdido alimentos debido a los apagones prolongados, obligándolos a buscar soluciones desesperadas como compartir o cocinar inmediatamente lo que puede dañarse.
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¿Cuál es el impacto de los apagones en la salud mental de los cubanos?
Los apagones prolongados han generado niveles extremadamente graves de depresión, ansiedad y estrés entre los cubanos. Según un estudio publicado en Social Science & Medicine, el 55,4% de los adultos cubanos padece depresión extremadamente grave, el 66% ansiedad severa y el 65,8% estrés extremo. La incertidumbre y las condiciones de vida adversas, como la falta de electricidad, son factores determinantes en este deterioro de la salud mental.
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¿Qué acciones han tomado los cubanos frente a los apagones prolongados?
Los cubanos han recurrido a protestas y cacerolazos para manifestar su descontento con los apagones. En mayo de 2026, se registraron 1,311 manifestaciones, el mayor número desde las protestas del 11J de 2021. En La Habana, se han llevado a cabo cacerolazos y protestas en varios barrios, reflejando el malestar y la desesperación de la población ante la falta de soluciones concretas por parte del régimen.
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