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Cuando Nicolás Maduro cayó en manos de Estados Unidos el 3 de enero de 2026, no fue un vacío de poder lo que se produjo en Venezuela, sino una reconfiguración interna cuidadosamente administrada.
La figura que emergió para ocupar ese espacio fue Delcy Rodríguez: no como líder carismática ni como presidenta legítima, sino como operadora del colapso, administradora del “después” y pieza funcional para Washington.
Ese precedente venezolano es hoy el espejo en el que muchos miran a Cuba. La pregunta ya no es quién será el próximo presidente de la isla, sino quién podrá cumplir el rol que Delcy desempeñó para el chavismo: garantizar continuidad interna, ejecutar concesiones externas y evitar un derrumbe total del sistema.
Delcy Rodríguez: Anatomía de una operadora del poder
Sin embargo, el ascenso de Delcy Rodríguez no estuvo exento de sombras.
Reportes posteriores, incluidos testimonios de exfuncionarios estadounidenses, apuntaron a que los hermanos Rodríguez habrían colaborado activamente con Washington en la caída de Maduro, convencidos de que el ciclo del mandatario estaba agotado y de que podían preservar su propio poder negociando desde dentro.
Según esta versión, Delcy habría subestimado un factor clave: la falta de legitimidad que Estados Unidos atribuía no solo a Maduro, sino a todo el núcleo del chavismo.
Lejos de convertirse en una heredera aceptada, su papel habría sido el de administrar el desmontaje del régimen, entregar piezas estratégicas y cumplir exigencias bajo la amenaza de correr la misma suerte que el propio Maduro.
En ese sentido, más que una presidenta de transición, Delcy habría actuado como la gestora del colapso, una figura tolerada mientras ejecutaba la agenda impuesta desde fuera.
La secuencia de hechos en Venezuela también es reveladora. Delcy Rodríguez juró como presidenta interina el 5 de enero de 2026 ante una Asamblea chavista deslegitimada, en un acto cargado de simbolismo, pero con un mensaje claro: el poder seguía dentro del círculo. Días después comenzaron los gestos clave que definieron su rol real.
Primero, la interlocución directa con Washington, confirmada por reuniones de alto nivel y advertencias públicas de figuras como Marco Rubio. Luego, el reconocimiento de la Fuerza Armada, condición indispensable para cualquier transición controlada.
Más tarde llegaron las medidas que marcaron un quiebre con el chavismo clásico: amnistía para presos políticos, apertura del sector petrolero al capital extranjero y un discurso orientado a la “madurez política” y la reconciliación.
Sin embargo, como advirtieron voces de la oposición venezolana, Delcy no representó un cambio de régimen, sino una administración del desmontaje.
Según exfuncionarios estadounidenses, su papel fue el de entregar piezas, cumplir exigencias y evitar un escenario de caos. No fue la arquitecta de una democracia, sino la directora de la funeraria, en palabras de un exinvestigador de la DEA.
Ese es el verdadero significado de “ser Delcy”: no gobernar, sino negociar desde dentro la supervivencia de una élite.
Cuba ante el mismo dilema
En La Habana, el contexto es distinto, pero las tensiones son similares. La crisis económica, el colapso energético, la pérdida del sostén venezolano y la presión directa de la administración de Donald Trump han colocado al régimen cubano en una encrucijada.
El liderazgo histórico está agotado, Miguel Díaz-Canel carece de legitimidad y el poder real sigue concentrado en estructuras opacas como GAESA y las élites que administran las finanzas y entramados empresariales de la gran “famiglia” Castro.
En ese escenario, Cuba necesitará a su propio “Delcy”: alguien capaz de dialogar con Estados Unidos, ofrecer concesiones económicas, mantener el control interno y garantizar que el sistema no se derrumbe de forma incontrolada.
El nombre que más se repite es el de Óscar Pérez-Oliva Fraga.
Óscar Pérez-Oliva Fraga: El perfil que encaja
A diferencia de los dirigentes visibles del castrismo, Pérez-Oliva Fraga es prácticamente un desconocido para la población. No tiene redes sociales, no protagoniza discursos ideológicos y su trayectoria se ha desarrollado lejos de la épica revolucionaria. Esa invisibilidad es parte de su fortaleza.
Ingeniero electrónico de 54 años, es sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro, hijo de Mirsa Fraga Castro y nieto de Ángela Castro. El vínculo familiar garantiza confianza interna, pero su carrera no se ha construido en la represión ni en la propaganda, sino en la gestión de empresas pertenecientes a la llamada “economía dolarizada” del régimen.
Ha pasado por Maquimport, por proyectos del Mariel y hoy ocupa dos cargos estratégicos: viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera.
Desde esa posición, se supone que el nuevo “cuadro” del castrismo mantiene contacto directo con GAESA, el conglomerado militar-empresarial que controla las divisas, el turismo, los puertos y la inversión extranjera. En Cuba, ese control vale más que cualquier discurso político.
Su reciente designación como diputado a la Asamblea Nacional no es un detalle menor. Es el paso legal imprescindible para aspirar a la presidencia según la Constitución de 2019, una carta magna que limita mandatos, pero no el poder del Partido Comunista ni el carácter indirecto de la elección.
No un líder, sino un administrador
Los analistas coinciden en un punto: Pérez-Oliva Fraga no es un Fidel, ni pretende serlo. Carece de carisma, no moviliza masas y no encarna un relato épico. Precisamente por eso encaja en el molde del “Delcy cubano”.
Su perfil tecnocrático lo hace aceptable para actores externos; su apellido lo hace confiable para la élite; su rol económico lo coloca en el centro de cualquier negociación real. No sería el rostro de una democratización, sino el gestor de concesiones mínimas destinadas a ganar tiempo y oxígeno.
La experiencia venezolana demuestra que Washington no busca líderes carismáticos ni revolucionarios reciclados, sino interlocutores útiles. Delcy Rodríguez lo fue porque entregó, abrió y ejecutó. Cuba, tarde o temprano, tendrá que ofrecer algo similar.
El poder no visible
La comparación también deja una advertencia. En Venezuela, Delcy solo pudo operar porque contó con el respaldo militar y porque controló, directa o indirectamente, los flujos económicos estratégicos.
En Cuba, ese núcleo está en GAESA. Por eso, más allá de nombres, la verdadera pregunta es qué estructura respaldará al “Delcy cubano”.
Si el castrismo opta por una salida negociada, no lo hará de la mano de un ideólogo ni de un represor visible, sino de alguien capaz de hablar el lenguaje del comercio, la inversión y la estabilidad.
Pérez-Oliva Fraga encaja en ese patrón mejor que cualquier otro nombre que hoy circule en La Habana.
¿Hay otros posibles “Delcy” en Cuba?
Aunque Óscar Pérez-Oliva Fraga aparece como el perfil más cercano al modelo venezolano, no es el único nombre que circula en los análisis.
Figuras como Carlos Fernández de Cossío, vicecanciller especializado en la relación con Estados Unidos, o Johana Tablada de la Torre, diplomática con amplio manejo del discurso hacia Washington, podrían entrar en las quinielas por su visibilidad internacional y su más que probado maquiavelismo.
Sin embargo, se desconoce el nivel de control que podrían ejercer ambos sobre las palancas económicas y de seguridad que definirían una negociación real.
Otros actores, como Gerardo Hernández, al frente de los Comités de Defensa de la Revolución, concentran poder interno en materia de control social, pero no resultan creíbles como interlocutores externos y el régimen sabe que su supuesta "legitimidad popular" no es más que una burda operación de propaganda.
En el ámbito gubernamental, Inés María Chapman Waugh, viceprimera ministra, posee jerarquía y acceso al núcleo ejecutivo, aunque su poder depende más de la coordinación institucional que del control estructural.
Finalmente, existe un factor que rara vez se menciona en público: la jefatura de GAESA, el conglomerado militar-empresarial que controla las divisas y los sectores estratégicos del país.
Aunque la general de Brigada Ania Guillermina Lastres Morera carece de perfil político visible, es ahí donde reside el poder real. Cualquier “Delcy cubano” viable necesitaría, como mínimo, el aval —o la tutela directa— de esa estructura.
Una transición sin pueblo
Como ocurrió en Venezuela, cualquier reconfiguración en Cuba se hará sin voto directo y sin protagonismo ciudadano. Será una decisión cupular, guiada por lealtades, miedos y cálculos de supervivencia. El pueblo cubano, una vez más, quedará al margen.
Por eso, la pregunta no es si habrá un “Delcy Rodríguez” en Cuba, sino cuándo y bajo qué condiciones. Todo indica que el régimen ya está preparando el terreno. Y cuando llegue el momento, no buscará un líder para ilusionar, sino un operador para negociar.
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