El poder teme a la palabra libre



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Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina, creadores del proyecto audiovisual El4tico © Redes Sociales
Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina, creadores del proyecto audiovisual El4tico Foto © Redes Sociales

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Me parece que me matan a un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho a pensar.

José Martí

Hay frases que no envejecen porque nacen del dolor más hondo y de la verdad más limpia. La de Martí duele hoy con una intensidad insoportable cuando se piensa en los jóvenes de la plataforma El4tico detenidos en Cuba por hacer lo único que no debería ser delito en ningún país: pensar, hablar, cuestionar.

Cada detención de un joven que opina, cada interrogatorio por una idea, cada amenaza por una palabra, es una herida abierta en el alma de una nación. No es sólo un arresto. No es sólo un expediente. Es, como dijo Martí, la sensación de que algo vivo se apaga, de que algo humano es arrancado a la fuerza. Porque cuando se castiga el pensamiento, lo que se intenta encerrar no es a una persona: es su voz, su criterio, su dignidad.

Cuba ha sido, durante generaciones, una tierra de jóvenes que sueñan. Jóvenes que escriben, que preguntan, que imaginan un país mejor. Y, sin embargo, esos mismos jóvenes son tratados como enemigos cuando se atreven a decir en voz alta lo que sienten, lo que ven, lo que les duele. El poder teme a la palabra libre porque la palabra libre no se puede controlar. No se puede domesticar. No se puede obligar a callar sin dejar cicatrices profundas.

La detención de muchachos que crean contenido, que opinan, que ejercen su derecho elemental a expresarse, revela una verdad incómoda: donde el pensamiento se castiga, la libertad no existe. Y donde la libertad no existe, el miedo se convierte en norma.

Hay algo particularmente desgarrador en que esto ocurra con jóvenes. Porque los jóvenes representan lo que aún puede cambiar. Son el futuro que todavía no ha sido vencido. Silenciarlos es intentar amputar el mañana. Es decirle a toda una generación que pensar es peligroso, que cuestionar es un riesgo, que hablar puede costarte la libertad.

Pero Martí entendía algo que sigue siendo cierto: el derecho a pensar es sagrado. No pertenece al Estado. No pertenece a un partido. No pertenece a una ideología. Pertenece al ser humano.

Cuando un régimen encierra a quienes piensan distinto, no demuestra fuerza. Demuestra miedo. Miedo a la crítica. Miedo a la verdad. Miedo a perder el control sobre un relato que ya no puede sostenerse sin castigo y sin silencio impuesto.

Y entonces la frase vuelve a resonar, más actual que nunca: cada vez que privan a un joven del derecho a expresarse, no sólo se apaga su voz, se apaga una parte del país. Cada celda que encierra a un muchacho por lo que dijo es una confesión silenciosa de fragilidad, una prueba de que el poder ya no convence y sólo le queda imponer.

Hoy no son nombres abstractos. Son hijos de alguien. Son amigos de alguien. Son muchachos que podrían estar estudiando, creando, soñando, viviendo. En cambio, están siendo castigados por hablar desde un cuarto, por encender una cámara, por decir lo que muchos piensan y pocos se atreven a pronunciar.

Y eso debería dolerle al mundo.

Porque cuando se normaliza que en un país se detenga a jóvenes por expresarse, el silencio internacional también se convierte en una forma de complicidad. La libertad de pensamiento no puede tener fronteras. No puede ser un privilegio geográfico. No puede depender del miedo.

Martí lo sintió como la muerte de un hijo. Hoy, en Cuba, hay demasiadas madres con el corazón en vilo, demasiados padres esperando una llamada, demasiados jóvenes aprendiendo demasiado pronto que pensar puede costar caro.

Esta no es sólo una historia cubana. Es una herida humana. Y el mundo no debería mirar hacia otro lado mientras, uno a uno, siguen intentando matar el pensamiento.

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Lázaro Leyva

Médico cubano, especialista en Medicina Interna. Reside en España y escribe con mirada crítica sobre la crisis sanitaria y social de Cuba.






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