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Cuando Nicaragua eliminó el libre visado para los cubanos el 8 de febrero de 2026, cerró un ciclo que no puede entenderse sin mirar hacia La Habana. Lo que comenzó en noviembre de 2021 como una supuesta medida “humanitaria” terminó convirtiéndose en una válvula de escape masiva para una población asfixiada por la crisis estructural del modelo socialista cubano.
Durante cinco años, Managua funcionó como puerta trasera de salida para miles de cubanos que no encontraban futuro dentro de la isla. La exención de visa no fue un fenómeno aislado ni espontáneo: coincidió con el agravamiento del colapso económico en Cuba, marcado por inflación descontrolada, apagones prolongados, escasez crónica de alimentos y pérdida del poder adquisitivo.
La raíz del éxodo: el fracaso interno
El discurso oficial en 2021 habló de turismo e intercambio familiar. La realidad fue distinta. La mayoría de los viajeros no iba a conocer Managua ni a visitar parientes: utilizaba Nicaragua como punto de tránsito hacia Estados Unidos.
El éxodo no fue provocado por decisiones externas, sino por un deterioro interno acumulado durante décadas. La combinación de centralización económica, represión política y falta de reformas estructurales empujó a cientos de miles de cubanos a buscar alternativas fuera del país.
Nicaragua, gobernada también por un modelo autoritario, encontró en esa apertura un mecanismo funcional a sus propios intereses políticos y económicos. Pero cuando el flujo migratorio comenzó a generar presiones diplomáticas y costos regionales, el libre visado dejó de ser conveniente.
2026: ajuste político, no solución estructural
El regreso a la visa consultada no elimina el problema de fondo. Introduce un filtro administrativo, pero no corrige la causa principal: la crisis profunda del sistema cubano.
Para miles de personas que ya habían invertido en boletos y trámites, la decisión genera incertidumbre inmediata. Para quienes planeaban emigrar, implica nuevos obstáculos y posibles demoras. Sin embargo, la presión migratoria seguirá existiendo mientras no cambien las condiciones dentro de Cuba.
La experiencia de 2021 a 2026 demuestra que cuando se bloquea una ruta, surge otra. El fenómeno migratorio cubano no depende de un aeropuerto específico, sino de la falta de oportunidades y libertades dentro de la isla.
La medida de Nicaragua llega en un momento particularmente delicado para el régimen cubano. El modelo político y económico atraviesa uno de sus períodos de mayor fragilidad en décadas, con creciente malestar social, crisis energética persistente y deterioro institucional.
En un escenario de desgaste acelerado y posible transición, limitar la ruta nicaragüense puede tener efectos contradictorios. Por un lado, reduce temporalmente una vía de escape; por otro, incrementa la presión interna al dificultar la salida de quienes buscan emigrar.
Históricamente, el régimen ha utilizado la migración como mecanismo de descompresión social. Cuando esa válvula se estrecha, el malestar tiende a concentrarse dentro del país.
Si el proceso de transformación política en Cuba se acelera en los próximos meses o años, la política migratoria regional podría reconfigurarse nuevamente. Managua ha demostrado que sus decisiones no son ideológicas, sino pragmáticas.
La pregunta de fondo no es cuánto tardará la visa consultada, sino cuánto tiempo puede sostenerse un modelo que expulsa a su propia población como única alternativa de supervivencia.
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