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Los cubanos vimos por televisión —los que pudieron, entre apagones, escasez y una programación férreamente controlada— la caída del muro de Berlín. Vimos cómo Europa del Este dejaba atrás el comunismo y comenzaba un camino —imperfecto, difícil— hacia la libertad. Nosotros no tuvimos ese momento. A nosotros nos lo robaron.
Pero la historia no se detiene. Y hoy, 13 de febrero de 2026, Cuba vive una crisis que ya no admite maquillajes ni discursos vacíos. El país está agotado. Los apagones no son una excepción: son parte de la rutina. La escasez no es coyuntural: es estructural. El miedo no es casual: es política de Estado.
El régimen intenta vender resistencia mientras el pueblo sobrevive. Intenta culpar a factores externos mientras las termoeléctricas colapsan, los hospitales se deterioran y miles de jóvenes siguen viendo el aeropuerto como única salida. Pero la verdad es evidente: el modelo fracasó. Y lo saben.
Cada cacerolazo, cada protesta pacífica en un barrio oscuro, cada denuncia en redes sociales demuestra algo fundamental: el miedo ya no es el mismo. La gente está cansada. Y cuando un pueblo pierde el miedo, los sistemas totalitarios comienzan a resquebrajarse.
Este no es solo un momento de crisis. Es un momento de definición histórica.
El castrismo, como proyecto político, está en su etapa final. No porque lo reconozcan, sino porque ya no pueden ofrecer prosperidad, ni estabilidad, ni esperanza. Solo pueden ofrecer control. Y ningún sistema puede sostenerse eternamente solo con represión.
Unidad para el cambio
Por eso, hoy más que nunca, necesitamos unidad.
Unidad entre los que están dentro y los que están fuera. Unidad entre generaciones. Unidad entre los que piensan distinto pero coinciden en algo esencial: Cuba no puede seguir siendo una nación secuestrada por una élite que no rinde cuentas.
A los cubanos dentro de la Isla: no están solos. Cada gesto cívico cuenta. Cada acto de dignidad construye futuro.
A la diáspora: es momento de coordinación, estrategia y apoyo concreto a la sociedad civil. La reconstrucción de Cuba comenzará el día que el sistema caiga, pero debe planificarse desde ahora.
A la comunidad internacional: no es tiempo de tibiezas. Cuba necesita presión firme, acompañamiento real y respaldo a una transición democrática que garantice elecciones libres, liberación de presos políticos y respeto a los derechos humanos.
No podemos perder ni un segundo más. Cada día bajo este sistema es un día robado al futuro de nuestros hijos.
Nos perdimos Berlín. No nos podemos perder este momento.
El cambio en Cuba no es una utopía. Es una necesidad histórica.
Y la historia, cuando llega, no espera.
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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.