La administración del presidente Donald Trump ha activado una estrategia integral para forzar un cambio político en Cuba que combina asfixia energética, presión financiera internacional y contactos discretos tanto dentro del sistema como con sectores de la oposición.
El objetivo, según reveló el diario español ABC citando fuentes en Washington, es impulsar una transición ordenada y controlada que evite un colapso caótico en la isla.
La nueva fase comenzó tras la operación del 3 de enero en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro. La caída del principal aliado energético de La Habana alteró de forma radical el equilibrio regional.
Durante años, Caracas suministró petróleo subsidiado que permitió al régimen cubano sostener su economía y su aparato de seguridad. Con ese flujo prácticamente cortado y bajo la presión directa de Washington sobre el gobierno interino de Delcy Rodríguez, el margen de maniobra de La Habana se ha reducido drásticamente.
El componente central de la estrategia es el cerrojo energético. Trump firmó una orden ejecutiva que amenaza con imponer aranceles a los países que suministren crudo a Cuba.
La presión no se limita a gobiernos: alcanza a navieras, aseguradoras, intermediarios financieros y puertos que faciliten cargamentos. La semana pasada, la Guardia Costera de Estados Unidos interceptó el petrolero Ocean Mariner, que transportaba 84,579 barriles de fueloil colombiano con destino a la isla, enviando una señal clara de que el bloqueo energético se ejecuta en la práctica.
El impacto interno es visible. Cuba consume alrededor de 100,000 barriles diarios entre crudo y derivados, mientras que su producción interna no cubre la demanda de combustibles para transporte y actividad económica.
Sin importaciones sostenidas, el país entra en modo de emergencia: apagones prolongados, transporte paralizado, hospitales con recursos limitados y racionamiento generalizado.
Según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, 89 % de la población se considera en “extrema pobreza” y 70 % afirma no poder comer tres veces al día. Más de un millón de cubanos han emigrado en la última década, agravando la contracción económica y el deterioro demográfico.
Sin embargo, la estrategia no se limita a la presión. Paralelamente, Washington ha abierto canales discretos con figuras del entorno del poder real en Cuba.
Según fuentes citadas por ABC, el primer contacto relevante se habría producido con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, nieto de Raúl Castro y vinculado al conglomerado militar GAESA, que controla sectores clave de la economía.
La lógica detrás de estas supuestas maniobras sería identificar interlocutores con capacidad de decisión y control interno en un eventual escenario transicional.
Al mismo tiempo, la Casa Blanca mantiene conversaciones muy discretas con dirigentes y activistas de la oposición, tanto dentro como fuera de la isla. El doble canal —con actores del sistema y con opositores— busca calibrar escenarios y evitar un vacío de poder que pueda derivar en desorden o migración masiva hacia Estados Unidos.
La prioridad en Cuba, a diferencia de Venezuela, no sería una operación de captura contra Miguel Díaz-Canel, sino explorar una salida negociada que preserve estabilidad administrativa mientras se introducen cambios estructurales.
Washington es consciente de que un colapso abrupto podría provocar una nueva crisis migratoria hacia Florida, por lo que el equilibrio consiste en asfixiar al aparato estatal sin provocar un estallido incontrolable.
La declaración de Cuba como “amenaza inusual y extraordinaria” ha servido de base jurídica para endurecer el embargo petrolero. Rusia y China observan el movimiento con cautela, mientras organismos internacionales advierten sobre el deterioro social en la isla.
En los despachos de Washington la pregunta ya no es si la presión surtirá efecto, sino quién dentro del sistema estará dispuesto a activar una salida cuando el combustible se agote y la economía entre en parálisis prolongada.
La administración Trump ha decidido acelerar el expediente cubano con una combinación de presión en el mar y diplomacia silenciosa en tierra.
El desenlace dependerá, en buena medida, de las dinámicas internas que comienzan a moverse bajo la superficie del poder resquebrajado de La Habana.
Archivado en:
