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Israel confirmó este martes que bombardeó la sede central del liderazgo del régimen iraní en pleno corazón de Teherán, en una ofensiva que ya no apunta solo a objetivos militares, sino directamente a la estructura política que sostiene el poder en la República Islámica.
El ataque alcanzó las oficinas de la Presidencia y el edificio del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, en lo que el propio ejército israelí describió como un golpe para “desmantelar instalaciones dentro del complejo de dirección del régimen”.
“La Fuerza Aérea israelí atacó y desmanteló instalaciones dentro del complejo de la dirección del régimen terrorista iraní en el corazón de Teherán”, indicó un comunicado militar.
Según esa versión, numerosas municiones fueron lanzadas contra las oficinas presidenciales y contra la sede del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, uno de los órganos clave en la toma de decisiones estratégicas del país.
El bombardeo se produce al unísono de otro ataque de alto impacto político confirmado por Israel: el dirigido contra el edificio de la Asamblea de Expertos en la ciudad de Qom, el órgano constitucional encargado de elegir al sucesor del líder supremo Alí Jamenei, muerto el sábado al inicio de la ofensiva conjunta lanzada con Estados Unidos.
Fuentes israelíes citadas por medios locales aseguraron que el objetivo de ese ataque era impedir la elección de un nuevo líder supremo. “Queríamos evitar que eligieran a un nuevo líder supremo”, afirmó un funcionario israelí.
Medios iraníes señalaron que el edificio fue “arrasado”, aunque ofrecieron versiones contradictorias sobre si estaba en uso en ese momento por parte de los clérigos que lo conforman, y sobre la posible existencia de víctimas entre ellos.
En paralelo, Israel también anunció que había golpeado y “desmantelado” la sede de la radiotelevisión pública iraní. No obstante, el canal estatal aseguró que continuaba transmitiendo su programación.
Además, se registraron explosiones en distintos puntos de Teherán, así como en Karaj e Isfahán, lo que refleja la amplitud geográfica de la ofensiva.
La escalada se produce en un momento institucional extremadamente delicado para Irán. Tras la muerte de Jamenei, el poder fue asumido provisionalmente por un Consejo de Gobierno Interino integrado por el presidente Masoud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial, Gholamhossein Ejei, y el ayatolá Alireza Arafi, miembro del Consejo de Guardianes.
Este triunvirato ejerce las funciones del líder supremo hasta que la Asamblea de Expertos —compuesta por 88 clérigos— nombre oficialmente a un sucesor.
El ataque contra las sedes presidenciales y contra el Consejo Supremo de Seguridad Nacional supone un golpe directo contra ese entramado provisional de poder y envía un mensaje claro de que Israel busca debilitar la capacidad de reorganización política del régimen.
Mientras tanto, la guerra se expande más allá de las fronteras iraníes. Teherán afirmó haber lanzado drones y misiles contra objetivos israelíes y contra la base aérea estadounidense de Al Udeid, en Qatar. La Guardia Revolucionaria aseguró además haber atacado una base en Bahréin.
En respuesta al aumento de la tensión, Estados Unidos ordenó la evacuación de personal no esencial en varios países del Golfo y cerró temporalmente instalaciones diplomáticas en la región.
En el Líbano, Israel confirmó ataques simultáneos en Beirut contra objetivos vinculados a Irán y al movimiento chiita Hezbollah. La ONU estima que al menos 30,000 personas han sido desplazadas en ese país desde el inicio de la ofensiva.
Según la Media Luna Roja iraní, 787 personas han muerto en todo el país desde el sábado y más de 500 instalaciones han sido alcanzadas en más de 1,000 ataques.
La amenaza de Irán de bloquear el estrecho de Ormuz —una vía clave para el comercio energético mundial— ha elevado la presión internacional y disparado el precio del petróleo, que ya ronda los 81 dólares por barril.
Con los ataques a la Asamblea de Expertos y ahora al complejo presidencial en Teherán, Israel ha pasado de golpear infraestructuras militares a atacar el núcleo político y estratégico del régimen iraní, en una escalada que redefine el alcance del conflicto en Medio Oriente.
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