Vivir bajo la tiranía: una carta desde Cuba



Cubano mira al horizonte en el malecón de la Habana. © CiberCuba
Cubano mira al horizonte en el malecón de la Habana. Foto © CiberCuba

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Vivir bajo la tiranía: una carta desde Cuba

Adrien Ponderal

Vivo en un momento histórico complicado; estoy habitando el año donde más próximos parecemos estar ante la caída de la dictadura más longeva de América. Esto no es un escrito político, ni mucho menos una nota de prensa que pueda ser leída en una revista informativa; desearía darle el matiz humano, ese mismo que la revolución (revolución y sí, sin connotación positiva, obviamente) cubana no supo darle a su gente, a la que dotó de una miseria generacional, institucionalizada y antropológica, así como además causó un descomunal impacto existencial provocado por las consecuencias de un proceso tan complejo de resumir para quienes no han sufrido una tiranía en carne propia.

Vejaciones de todo tipo, incontables humillaciones, abusos de poder, vacíos legales... ¡Por Dios!, le han hecho —al mejor cubano, al cubano— la vida un yogurt. Veo imprescindible escribir en estas fechas, dejar constancia del desespero de un gobierno de cobardes y corruptos; de cómo se han deteriorado aún más las (ya no) condiciones de vida de un pueblo sometido hasta la locura, hasta lo impensable, al abandono, a la muerte, a la supervivencia más animal, más carnívora; a despojarse de principios, a rechazar la moralidad.

A ese pueblo pisado y derrotado pertenezco, como pertenecen los millones de cubanos migrantes hacinados en otros rincones del mundo, a donde tuvieron que ir a erigir sus vidas porque en su tierra los materiales siempre desaparecían o, de plano, nunca existieron. Siento una pasión enorme por la libertad, un deseo forjado no sé en qué sitio; quizás tantos años de opresión repuntaron en estas ansias fervientes por la independencia y la justicia.

Detesto a estos tiranos; odio lo que le han hecho a mi gente, en lo que han convertido mi Habana, mi país. El destierro ha representado, desde los inicios del cataclismo, la única vía de poseer una vida digna, lejos del deber, lejos de la construcción del "hombre nuevo" y de la sociedad socialista; pero, a su vez, también lejos de un arraigo.

Ojalá, dentro de breve tiempo, puedan regresar esos tantos cubanos, abrazar a los de aquí, pisar juntos el mismo suelo: libre, soberanamente nuestro y democrático. Cuba es un país tan bello que ni las visibles huellas de un comunismo atroz han logrado borrar la etimología taína de su nombre: el de una tierra grande, el de un lugar fértil.

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