El régimen cubano atraviesa uno de los momentos más frágiles de su historia reciente y, según el reconocido analista y experto en América Latina, Carlos Malamud, el sistema político que gobierna la isla desde 1959 podría no sobrevivir más allá de los próximos años.
Más allá del colapso económico y social visible en la vida cotidiana de los cubanos, el especialista apuntó a dos factores menos discutidos, pero clave para entender el momento actual: la adaptación de las élites del poder para sobrevivir a un eventual cambio y la posibilidad de que cualquier transición surja desde dentro del propio sistema.
En artículo publicado en El Mundo, Malamud describió un país en deterioro profundo, marcado por apagones prolongados, escasez de combustible, desabastecimiento de alimentos y medicamentos, y el deterioro de servicios básicos como la sanidad o la recogida de basura.
Sin embargo, el contraste más llamativo advirtió que se encuentra entre la situación de la población y el nivel de vida de quienes integran la cúpula política, militar y económica del país.
Según el experto, mientras buena parte de la sociedad cubana enfrenta condiciones de supervivencia, las élites vinculadas al poder mantienen un acceso privilegiado a bienes y servicios, visible en barrios exclusivos, vehículos eléctricos y sistemas energéticos propios.
En muchos casos, además, esas élites han encontrado una vía de adaptación económica mediante el control indirecto de micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes), un sector que ha crecido en los últimos años en la isla.
El fenómeno revela una transformación silenciosa dentro del modelo cubano. Durante décadas, el discurso oficial condenó cualquier forma de iniciativa privada como fuente de desigualdad. Hoy, sin embargo, numerosos emprendimientos funcionan gracias a conexiones familiares o políticas con figuras del establishment.
Para algunos analistas, este proceso podría interpretarse como un intento de sectores del poder de asegurar su posición económica en un eventual escenario posterior al actual sistema.
En procesos de transición política, especialmente tras largos periodos de poder autoritario, es relativamente frecuente que sectores de las élites gobernantes intenten adaptarse al nuevo escenario antes incluso de que se produzca el cambio.
En distintos países de Europa del Este tras la caída del bloque soviético o en algunas transiciones latinoamericanas, dirigentes políticos, militares o empresarios vinculados al poder buscaron reconvertirse económica o políticamente para preservar influencia dentro del nuevo sistema.
Este tipo de movimientos suele incluir la acumulación de activos, el control de sectores emergentes de la economía o el establecimiento de redes empresariales que permitan a antiguos cuadros del régimen mantener posiciones relevantes incluso después de una transformación política.
Este comportamiento no es extraño en contextos de transición política. En distintos países con sistemas autoritarios prolongados, parte de las élites gobernantes han buscado reconvertirse económicamente antes de cambios estructurales, preservando poder e influencia dentro de nuevas reglas del juego.
En el caso cubano, la expansión de las Mipymes vinculadas a círculos cercanos al poder ha despertado interrogantes sobre quiénes podrían dominar el tejido económico si se produjera una apertura mayor.
Al mismo tiempo, Malamud planteó otro escenario que gana fuerza entre observadores internacionales: la posibilidad de que cualquier transformación política no provenga inicialmente de la oposición tradicional, sino de sectores internos del propio régimen.
En ese sentido, el analista se hizo eco de informaciones publicadas por medios estadounidenses, que apuntan a supuestos contactos exploratorios entre actores cercanos al poder cubano y la administración del presidente Donald Trump para evaluar posibles escenarios de cambio político en la isla. El propio Trump y varios funcionarios de su administración han afirmado la existencia de dichos contactos.
La lógica detrás de este enfoque responde a un cálculo geopolítico. Una transición abrupta podría generar inestabilidad interna y una nueva crisis migratoria hacia Estados Unidos, especialmente hacia Florida.
Por ello, algunos estrategas consideran más viable una transformación gradual impulsada por figuras con experiencia dentro del sistema y capacidad para mantener cierto control institucional durante el proceso.
La incógnita, sin embargo, reside en quién podría asumir ese papel. Entre las hipótesis que circulan en círculos académicos y diplomáticos se mencionan desde figuras militares con peso dentro de las estructuras de poder hasta dirigentes civiles con redes internacionales más amplias.
Incluso algunos analistas no descartan que sectores vinculados a la propia familia Castro intenten influir en cualquier proceso de reorganización del poder que detentan de manera violenta e ilegítima por más de 67 años.
Lo que parece cada vez más evidente, según Malamud, es que el modelo político y económico construido durante décadas muestra signos de agotamiento profundo. La combinación de crisis económica, desigualdad creciente y presión internacional ha creado un escenario que muchos describen como un auténtico fin de ciclo.
En ese contexto, la gran incógnita no es solo cuándo podría producirse un cambio en Cuba, sino quiénes lo dirigirán y hasta qué punto las actuales élites del poder lograrán adaptarse a la nueva etapa que eventualmente se abra para la isla.
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