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En algún lugar del Caribe había una granja donde, desde hacía muchos años, mandaban los cerdos.
Los cerdos eran expertos en hablar mucho y comer mejor. Siempre repetían lo mismo: que la granja marchaba perfectamente, que los animales vivían felices y que cualquier gallina que protestara estaba confundida o manipulada por animales de otras tierras.
Mientras tanto, el maíz escaseaba, el bebedero se vaciaba y los animales pasaban cada vez más trabajo.
Así fue durante años… hasta que una noche algo cambió.
Sobre una cerca vieja, en medio de la oscuridad de la granja, se plantó el famoso Gallo de Morón.
No era un gallo cualquiera. Era un gallo que llevaba tiempo mirando la granja con desconfianza: demasiados discursos de los cerdos y muy poco maíz en el corral.
El gallo respiró hondo… y cantó.
Pero no fue el típico canto del amanecer.
Fue un quiquiriquí distinto.
Un quiriquí que sonó a cansancio, a hambre, a hartazgo… y también a libertad.
Primero respondieron las gallinas. Después relincharon los caballos. Los chivos empezaron a brincar, los burros a rebuznar y hasta los perros del barrio se sumaron al escándalo.
Los cerdos, nerviosos en la casa grande de la granja, dijeron que aquello no era nada. Que todo estaba tranquilo. Que solo era un pequeño alboroto provocado por animales confundidos.
Pero los cerdos olvidaron un detalle importante.
Los gallos cantan alto.
Y el canto del Gallo de Morón cruzó cercas, caminos y potreros. Llegó a otras granjas donde también mandaban cerdos gordos que decían que todo estaba bien mientras los corrales se quedaban vacíos.
Y en muchas de esas granjas empezó a escucharse el mismo murmullo:
“Si el gallo cantó en Morón… aquí también puede cantar.”
Dicen los animales que desde aquella madrugada algo cambió en muchas granjas de la región.
Porque cuando un gallo canta de verdad…
ya ningún cerdo duerme tranquilo.
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