Cada vez que en Cuba ocurre una protesta o un estallido de inconformidad social, aparece rápidamente una explicación oficial: “vandalismo”, “delincuencia”, “personas manipuladas”. Es una narrativa que busca reducir un fenómeno social complejo a un simple problema de orden público.
Sin embargo, cuando se mira con honestidad la propia historia de Cuba, surge una contradicción difícil de ignorar.

Desde las guerras de independencia del siglo XIX, muchas de las acciones utilizadas para enfrentar al poder establecido incluyeron sabotajes, incendios de propiedades, destrucción de infraestructuras, ataques a instalaciones y levantamientos armados. Los mambises utilizaron la llamada “tea incendiaria” para quemar ingenios azucareros y plantaciones con el objetivo de debilitar la base económica del dominio colonial. Aquellas acciones, que implicaban la destrucción de propiedades y recursos, hoy se enseñan como parte del heroísmo de la lucha independentista.
Durante la Guerra de Independencia también se atacaron fortificaciones, ferrocarriles y posiciones militares del poder colonial. En su momento, las autoridades españolas calificaban a los insurrectos como bandoleros o criminales. Sin embargo, la historia posterior los reconoció como patriotas.
Décadas después, durante la oposición al gobierno de Gerardo Machado y más tarde en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, volvieron a aparecer sabotajes, incendios, atentados contra infraestructuras y ataques armados contra cuarteles y estaciones de policía. Esos hechos también implicaron violencia política y destrucción material, pero la narrativa histórica posterior los presentó como actos de valentía revolucionaria.
Aquí aparece el problema del doble rasero.
Cuando acciones similares ocurren hoy en un contexto de inconformidad social, se describen inmediatamente como vandalismo o delincuencia. Sin embargo, cuando esas mismas formas de confrontación ocurrieron en otros momentos de la historia, protagonizadas por quienes luego alcanzaron el poder, fueron convertidas en gestas heroicas.
La diferencia, entonces, no parece estar en la naturaleza de los hechos, sino en quién tiene el control del relato histórico.
La historia, cuando se utiliza como herramienta de poder, puede convertirse en un espejo selectivo: resalta unos episodios y condena otros, aunque en esencia respondan a dinámicas muy parecidas.
Por eso, más allá de las etiquetas que se utilicen hoy, convendría recordar una verdad simple: los pueblos no salen a la calle por capricho. Lo hacen cuando las condiciones de vida se vuelven difíciles, cuando la frustración acumulada crece y cuando sienten que su voz no encuentra otros canales para ser escuchada.
Describir esos fenómenos únicamente como delincuencia puede servir para justificar respuestas de control inmediato, pero no resuelve las causas profundas que los generan.
La historia cubana (la que se enseña en las aulas) demuestra que muchas acciones que en su momento fueron calificadas como sedición o criminalidad terminaron siendo reinterpretadas como episodios de lucha política y social.
Tal vez por eso la pregunta más honesta no sea si un hecho se ajusta a una etiqueta u otra, sino por qué una sociedad llega al punto en que esas situaciones vuelven a repetirse.
Porque cuando la historia se mira sin filtros ni conveniencias, revela algo incómodo: a veces los mismos hechos se juzgan de manera completamente distinta según quién tenga el poder de contarlos.
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