Miedo e incompetencia: Las dos claves del inmovilismo criminal del régimen cubano

Los herederos de Fidel heredaron las ruinas de un sistema fallido © Montaje de CiberCuba
Los herederos de Fidel heredaron las ruinas de un sistema fallido Foto © Montaje de CiberCuba

Vídeos relacionados:

Fidel Castro sabía exactamente lo que hacía. Cuando vio caer el Muro de Berlín y eligió atrincherarse en lugar de adaptarse, no lo hizo por ignorancia. Lo hizo porque entendía que en Cuba la apertura económica real no era una reforma: era el principio del fin del régimen. Lo estudió en Europa del Este. Lo vio en la URSS. Y tomó una decisión fría y brutal: prefería un pueblo empobrecido y controlado a un pueblo próspero e incontrolable. Podía permitirse esa decisión porque él era el origen del sistema. Tenía autoridad para contradecirse sin destruir la narrativa, porque él mismo era la narrativa. Aun así, eligió no moverse. Y nos legó un país roto.

El miedo:

Los dirigentes que hoy gobiernan Cuba no tienen la frialdad estratégica de quien construyó el sistema. Tienen algo distinto y en muchos sentidos peor: el pánico de quien heredó algo que no sabe cómo sostener ni cómo transformar. Díaz-Canel y la nomenclatura que lo rodea saben perfectamente que las reformas reales significan el fin de sus privilegios. Pero ya no tienen el capital político para conducir esa transformación aunque quisieran. Si mañana anunciaran libertad de empresa real, apertura política y precios de mercado, la pregunta de once millones de cubanos sería devastadora y simple: ¿entonces para qué fue todo esto? Cada reforma verdadera es una confesión retroactiva de que el sacrificio fue innecesario, de que las generaciones que entregaron su juventud y su futuro en nombre de la Revolución fueron estafadas. Esa confesión es políticamente suicida. Y por eso no ocurre.

A ese miedo se suma otro, menos visible pero igualmente paralizante: el régimen ya no es el bloque monolítico que alguna vez pretendió ser. En su interior conviven quienes intuyen que algo tiene que cambiar y quienes consideran cualquier reforma una traición a la Revolución. Esa fractura interna convierte cada decisión en un campo minado. El que quiere mover ficha teme ejecutarla mal y convertirse en el responsable del colapso. El ortodoxo que lo observa espera el momento para acusarlo de claudicar. Entre esos dos miedos cruzados, no pasa nada. Ninguno actúa. Y mientras el régimen se paraliza en sus propias contradicciones internas, Cuba se sigue vaciando.

La incompetencia:

Pero hay algo más que el miedo. Una parte del inmovilismo cubano actual ya no es cálculo ni siquiera consciente: es incompetencia pura, disfrazada de ideología. Los dirigentes cubanos de hoy no construyeron el sistema que administran. Lo heredaron. Y lo heredaron en su peor versión: una economía diseñada desde su origen para vivir de subvenciones externas, primero soviéticas, luego venezolanas, incapaz de producir riqueza propia porque nunca fue concebida para eso.

Arreglar algo así requeriría una visión extraordinaria, una valentía política excepcional y una capacidad técnica fuera de lo común. Lo que hay en su lugar son burócratas mediocres, formados para cumplir órdenes y gestionar escasez, no para transformar nada. Cuando intentaron el ordenamiento monetario de 2021, lo ejecutaron con tal torpeza que dispararon la inflación y aceleraron exactamente la crisis que intentaban resolver. No hubo maldad calculada en ese desastre. Hubo mediocridad técnica con consecuencias brutales. Y lo más revelador es que nadie rindió cuentas.

En Cuba la incompetencia no tiene costo político para quien gobierna. No hay elecciones que perder, ni prensa libre que fiscalice, ni oposición que exija responsabilidades. El único que paga, siempre, es el cubano de a pie.

El discurso:

En el centro de todo, funcionando como el gran lubricante del sistema, sigue el discurso antiimperialista. Mientras exista un enemigo externo creíble, el régimen tiene coartada permanente. Por eso Cuba necesita el conflicto con Estados Unidos mucho más de lo que Estados Unidos necesita el conflicto con Cuba. Por eso cada acercamiento diplomático desestabiliza más a La Habana que cualquier sanción. Un régimen que necesita un enemigo para sobrevivir no puede permitirse la paz, aunque su pueblo se muera de hambre esperándola.

La diferencia entre Fidel y quienes lo sucedieron no es ideológica ni generacional en el sentido que suele pensarse. Fidel eligió el inmovilismo con plena conciencia de lo que sacrificaba. Sus herederos ya no eligen. Están atrapados en la trampa que él construyó, sin la inteligencia para salir de ella y sin el coraje para intentarlo. El resultado para los cubanos es el mismo: un país paralizado, un pueblo que sangra por la emigración y una élite que sigue encontrando razones para no cambiar nada.

COMENTAR

Archivado en:

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Luis Flores

CEO y cofundador de CiberCuba.com. Cuando tengo tiempo escribo artículos de opinión sobre la realidad cubana vista desde la perspectiva de un emigrante.






¿Tienes algo que reportar?
Escribe a CiberCuba:

editores@cibercuba.com

+1 786 3965 689


Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




Siguiente artículo:

No hay más noticias que mostrar, visitar Portada