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Hay una frase en inglés que los anglosajones usan cuando alguien hace ajustes menores frente a una catástrofe ya irreversible: "rearranging the deck chairs on the Titanic". Reordenar las sillas de cubierta del Titanic. El barco se hunde, el agua sube, y alguien está muy ocupado asegurándose de que las sillas de cubierta queden bien alineadas.
Eso es exactamente lo que Díaz-Canel hizo el 12 de junio.
Un modelo que nunca fue una economía
El régimen cubano nunca construyó una economía. Construyó un sistema de captura de rentas externas: el petróleo de un aliado, el bolsillo de un turista, el salario de un médico esclavo, el sacrificio de una familia en el exilio. Cuatro arterias de divisas que no generó ni mereció, y sobre las que edificó su supervivencia durante décadas.
Hoy las cuatro están cortadas. Y debajo no hay tejido productivo dañado que pueda recuperarse. Hay el vacío que siempre estuvo debajo. El vacío que el propio régimen fabricó durante sesenta años destruyendo la iniciativa privada, la propiedad y la capacidad de los cubanos de generar valor por sí mismos.
La trampa de las "reformas"
Todas las medidas anunciadas tienen un límite explícito que Díaz-Canel verbalizó sin pudor: las reformas deben ser compatibles con la preservación del sistema político vigente.
Pero el sistema político vigente es el problema económico. No es un factor. Es la causa.
Un mercado que requiere permiso del Partido no es un mercado. Una empresa que puede cerrarse por decreto discrecional no atrae inversión. Una apertura revocable en cualquier momento no genera confianza. Los actores económicos lo saben, y por eso el capital cubano que queda sigue emigrando en lugar de apostar por las reformas.
Lo que el régimen llama transformación es en realidad una negociación consigo mismo: ceder lo mínimo indispensable para sobrevivir sin ceder lo único que importa, que es el poder.
Teatro de reforma
Díaz-Canel no está gobernando. Está gestionando la apariencia de gobierno. Cada crisis produce un paquete de medidas. Cada paquete genera titulares. Los titulares crean sensación de movimiento. Y nada estructural cambia, porque cambiar algo estructural significaría ceder poder, y eso la dictadura no lo hará jamás voluntariamente.
Reordenar las tumbonas del Titanic es, en el fondo, un acto de negación consciente: alguien que sabe que el barco se hunde pero prefiere ocuparse de las sillas porque asumir la realidad implicaría rendirse.
El problema no es que Díaz-Canel no sepa lo que ocurre. Es que sus incentivos apuntan en una sola dirección: comprar tiempo. Seguir en el poder el mayor tiempo posible anunciando reformas que no llegan, prometiendo cambios que no ocurren, mientras el agua sigue subiendo.
La tumbona más importante que están reordenando no es económica. Es el tiempo. Y lo están haciendo a costa del pueblo cubano, que lleva décadas pagando el precio de un naufragio que sus capitanes se niegan a reconocer.
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