Cuba necesita un buen equipo para ganar la "Copa Libertad"

La libertad de Cuba no puede depender de grupos que solo se reúnen ocasionalmente, cuando hay un evento internacional, cuando se prepara una declaración pública o cuando llega una oportunidad de visibilidad. Tampoco puede depender de figuras que actúan cada una por su cuenta, compiten por protagonismo o levantan proyectos separados sin coordinación estratégica



Equipo Cuba contra el régimen, en una imagen creada con IA © José Daniel Ferrer
Equipo Cuba contra el régimen, en una imagen creada con IA Foto © José Daniel Ferrer

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El 3 de diciembre de 2025 jugaban el Real Madrid y el Athletic de Bilbao. El segundo gol del partido comienza a gestarse con un robo de Federico Valverde y termina con un centro de Trent Alexander-Arnold, una asistencia de cabeza de Kylian Mbappé y el cabezazo final de Eduardo Camavinga. El equipo enlaza 15 pases en 41 segundos, con la participación de 9 jugadores. Esto es, jugar en equipo. Y cuando así se lucha, se obtiene la victoria.

La Copa Mundial de Fútbol que se disputa hoy en América del Norte ofrece también una metáfora poderosa para comprender uno de los mayores desafíos de la causa cubana por la libertad.

El equipo que termine levantando la Copa no será necesariamente el que reúna al mayor número de estrellas, ni el que posea al mejor goleador del torneo. Será, sobre todo, un equipo que haya sabido prepararse, entrenar, conocerse, coordinarse y jugar como una efectiva unidad.

Un equipo campeón tiene delanteros que saben cuándo desmarcarse, mediocampistas que entienden cuándo acelerar o retener el balón, defensas que cubren los espacios y un portero que confía en quienes tiene delante. Cada jugador conoce su función, honra la posición en la que puede aportar más y comprende que el éxito colectivo vale más que el lucimiento individual.

Ningún equipo puede ganar un Mundial si sus integrantes solo se encuentran el día del partido o el día de la conferencia de prensa. Tampoco basta con que cada jugador entrene por separado, por mucho talento que tenga, por mucho que desee la victoria o por mucho que se esfuerce individualmente. Si no entrenan juntos, si no se conocen, si no coordinan ataques y defensas, si no aprenden a cubrirse mutuamente y si no existe una dirección técnica respetada, la derrota será casi inevitable.

Eso ocurre con los pueblos que luchan por su libertad. Cuba necesita un liderazgo patriota, unido, comprometido, desinteresado, capaz, inteligente y sabio. Necesita una oposición que no se limite a coincidir en declaraciones, homenajes, conferencias o fotografías. Necesita una estructura que trabaje de manera permanente, que se conozca, que coordine, que distribuya responsabilidades y que sea capaz de convertir el sacrificio de miles de cubanos en una fuerza organizada y triunfadora.

La historia de la Guerra de los Diez Años demuestra cuán costosa puede ser la falta de unidad y disciplina.
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La guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 fue una de las epopeyas más grandes de nuestra historia. Cuba se levantó contra el colonialismo español, proclamó la independencia, creó una República en Armas y entregó una generación de patriotas extraordinarios. Pero aquella guerra concluyó en 1878 con el Pacto del Zanjón, sin haber alcanzado su objetivo esencial.

España tenía mayor poder militar, más recursos, más armas y una administración colonial experimentada. Pero el fracaso cubano no se explica únicamente por la superioridad del enemigo. También influyeron profundamente las divisiones internas, las rivalidades entre regiones, las diferencias entre jefes militares y dirigentes civiles, las disputas por autoridad y estrategia, y la incapacidad de mantener una buena coordinación entre los combatientes dentro de la Isla y los grupos patrióticos en el exilio. La destitución de Carlos Manuel de Céspedes en 1873, en plena guerra, fue una señal dramática de aquella falta de cohesión.

También faltaron recursos estables. La emigración cubana realizó sacrificios importantes para recaudar fondos, comprar armas y organizar expediciones. Sin embargo, la falta de unidad entre facciones, grupos y dirigentes debilitó la capacidad de sostener a los combatientes dentro de Cuba. Una guerra no se mantiene solo con valor. Se mantiene con armas, alimentos, medicinas, comunicaciones, disciplina, inteligencia, logística y una dirección que sepa transformar recursos limitados en fuerza efectiva.

José Martí comprendió esa lección mejor que nadie. Por eso, antes de reiniciar la guerra de independencia en 1895, dedicó años a levantar el Partido Revolucionario Cubano. Sabía que las diferencias entre cubanos eran inevitables, pero también entendía que no podían permitirse otra vez el lujo de convertir esas diferencias en desunión, rivalidad y derrota.

La oposición cubana de hoy enfrenta un desafío parecido, aunque en un escenario distinto.

Existen dentro y fuera de Cuba hombres y mujeres de enorme valor: prisioneros políticos, activistas, periodistas independientes, religiosos, artistas, defensores de derechos humanos y líderes de un exilio patriótico muy comprometido con la causa de la libertad. Muchos han sufrido cárcel, torturas, golpizas, vigilancia, amenazas, campañas de difamación, exilio forzado y separación de sus familias. Pero el heroísmo individual, por grande que sea, no sustituye la necesidad de organización.

La libertad de Cuba no puede depender de grupos que solo se reúnen ocasionalmente, cuando hay un evento internacional, cuando se prepara una declaración pública o cuando llega una oportunidad de visibilidad. Tampoco puede depender de figuras que actúan cada una por su cuenta, compiten por protagonismo o levantan proyectos separados sin coordinación estratégica.

Un gran delantero no puede ganar solo un Mundial. Un gran defensor tampoco. Ni siquiera un portero extraordinario puede salvar indefinidamente a un equipo que no juega para ganar. La victoria exige estrategia común, entrenamiento, disciplina. Necesita que cada persona haga aquello para lo cual está mejor preparada.

Las luchas de otros pueblos confirman esta verdad. Solidaridad, en Polonia, reunió obreros, intelectuales, católicos, estudiantes y activistas de distintas corrientes. No fue un movimiento libre de discrepancias, pero supo construir organización, representación y disciplina. Lech Wałęsa fue elegido líder del sindicato, y la organización logró convertirse en una fuerza social nacional capaz de resistir la persecución comunista, negociar y abrir el camino hacia las elecciones de 1989 y la salida del régimen totalitario.

El Congreso Nacional Africano, en Sudáfrica, tampoco fue una organización sin tensiones internas. Reunía diferentes generaciones, corrientes políticas y sectores sociales enfrentados al apartheid. Sin embargo, logró mantener una estructura nacional, elegir liderazgos y sostener una causa común. Nelson Mandela fue elegido presidente del ANC en 1991, y aquella organización llegó a las negociaciones decisivas con legitimidad, disciplina y una representación reconocida por amplios sectores de la sociedad sudafricana.

El Congreso Nacional de la India también fue una gran coalición patriótica. Allí coexistieron moderados, radicales, religiosos, laicos, reformistas, sindicalistas y defensores de diversas estrategias. Gandhi, Nehru y otros dirigentes no pensaban siempre igual. Pero el movimiento tuvo congresos, debates, elecciones internas y decisiones colectivas. En la sesión de Lahore de 1929, presidida por Jawaharlal Nehru, el Congreso adoptó la independencia completa como objetivo central de la lucha india.

La lección es sencilla: la unidad no significa que todos piensen igual. Significa que, aun teniendo diferencias, todos aceptan reglas, respetan decisiones democráticas y colocan la causa común por encima de la ambición personal.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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