El Séptimo Arte marcó mi vida desde temprana edad

Antiguo Cine Liberación (Lupita) antes de 1959, en Palma Soriano ©

Tenía apenas siete u ocho años cuando descubrí la magia del cine. Ocurrió en el barrio de Manganeso -donde no teníamos electricidad y la vida era muy monótona-, entonces perteneciente al municipio San Luis, en la provincia Santiago de Cuba. El cine móvil del ICAIC era un acontecimiento extraordinario. Los niños nos sentábamos en el suelo; los adultos ocupaban pequeños bancos y taburetes y también el piso. Todos mirando hacia la pantalla blanca levantada sobre una pared de la rústica escuela primaria del barrio.

La película era un western producido en la Alemania comunista. Los llamados “westerns de indígenas”, donde los héroes eran los aborígenes y los villanos los militares, colonos y  vaqueros blancos. En un momento de la película ocurrió algo que jamás olvidaré: una estampida de ganado corrió directamente hacia la cámara. Para nosotros, niños que apenas conocíamos el cine, las reses parecían a punto de salirse de la pantalla. Algunos rompieron a llorar, otros salieron corriendo o nos abrazamos a los adultos convencidos de que seríamos arrollados. Cuando el ganado desapareció de la imagen comprendimos, entre asombro, risas y alivio, el poder extraordinario de aquel invento llamado cine. Sin saberlo, aquella noche nació una afición que me acompañaría toda la vida.

Antes de cada función había una obligación ineludible: el Noticiero ICAIC. Era imposible escapar a la propaganda del régimen comunista. Discursos de Fidel Castro, movilizaciones políticas, noticias de la Unión Soviética y de los demás países comunistas, campañas agrícolas, conflictos internacionales narrados siempre desde la óptica marxista-leninista y profundamente antiestadounidense. Solo después de esa larga introducción ideológica comenzaba la película que todos esperábamos. El cine móvil visitaba muy pocas veces nuestro barrio, pero cuando llegaba era una verdadero acontecimiento. 

Entre tantos western y filmes de los países comunistas también pasaban películas españolas: “La vida sigue igual”, con el joven Julio Iglesias fue la preferida de mi madre y de las demás mujeres del barrio. Mi preferida de aquellos años fue “Vivos o preferiblemente muertos, de Duccio Tessari, con Giuliano Gemma y Nino Benvenuti en los roles protagónicos. Un spaghetti western cómico. Después de los comunistas alemanes, aquella comedia vino a ser para mí una obra extraordinaria.

En la década de 1980 mi madre comenzó a llevarnos a mis hermanos, Ana Belkis y Luis Enrique, a Palma Soriano, situada a unos quince kilómetros de Manganeso. Allí conocí los cines Heredia, Liberación y Palma, salas que hoy ya no funcionan como cines y que forman parte del pasado, como otras tantas cosas en Cuba.

En aquellos cines vi películas que permanecen grabadas en mi memoria. Recuerdo especialmente "Los Dacios", la célebre coproducción rumano-francesa dirigida por Sergiu Nicolaescu, una de las primeras grandes superproducciones históricas que me impresionó profundamente. También seguí viendo westerns de la Alemania comunista, entre ellos “Ulsana”, sobre el cacique apache y el largometraje estadounidense de 1981 “La presa” o "Confort sureño", de Walter Hill, un thriller de supervivencia que se desarrolla en una zona pantanosa de Luisiana.

En el Cine Palma vimos “Elpidio Valdés contra Dólar y Cañón”. A pesar de mi corta edad, no me llamó mucho la atención el personaje de Juan Padrón. Mientras muchos disfrutaban de los dibujos animados del ICAIC o de las numerosas producciones soviéticas que inundaban la televisión cubana, mis preferencias eran otras. Esperaba con entusiasmo la aparición de Huckleberry Hound, Tom y Jerry, Bugs Bunny o el Pato Lucas. Sin comprender todavía las diferencias ideológicas, mis gustos infantiles ya se inclinaban espontáneamente hacia el cine y la animación occidentales.

Algo parecido me ocurrió con las películas de propaganda política que el régimen proyectaba constantemente: "El hombre de Maisinicú", "El brigadista" y muchas producciones soviéticas sobre la Segunda Guerra Mundial jamás despertaron mi interés. En mi hogar existía una actitud crítica hacia el régimen, expresada únicamente dentro de las paredes de la casa por temor a las represalias. Tal vez eso también influyó en mi manera de mirar aquellos filmes.

Durante mi adolescencia el cine dejó de ser una diversión ocasional para convertirse casi en una necesidad. Caminaba cinco kilómetros hasta Palmarito de Cauto para ver las dos películas del sábado por la noche y, muchas veces, permanecía allí hasta el domingo para disfrutar de una tercera y hasta cuarta película en el televisor ruso en blanco y negro de una amiga de la familia. Después regresaba caminando de madrugada o al día siguiente. De esta etapa recuerdo entre muchas “Muerte en el Nilo”, dirigida por John Guillermin, basada en la novela de Ágatha Christie.

Recuerdo especialmente el viaje de casi diez kilómetros que hicimos varios adolescentes para ver "Juego de muerte", la película inconclusa de Bruce Lee, en el cine del municipio Mella. El regreso fue inolvidable: durante todo el camino lanzábamos patadas y golpes de manos convencidos de que, por unas horas, éramos discípulos del legendario artista marcial.

Poco a poco mis intereses cinematográficos comenzaron a cambiar y ampliarse. A los westerns de Hollywood , las películas policíacas y las artes marciales se sumaron los grandes clásicos históricos. “Ben-Hur”, dirigida por William Wyler; “Quo Vadis”, con Robert Taylor y un inolvidable Peter Ustinov interpretando a Nerón; la versión de “Robin Hood” protagonizada por Errol Flynn; “Lawrence de Arabia”, “Ivanhoe”, etc. Todas ellas reafirmaban mi ambición de ser el héroe de una epopeya real.

Vi también varios dramas judiciales estadounidenses, las adaptaciones de otras novelas de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle, películas sobre la Segunda Guerra Mundial, biografías de grandes guerreros, conquistadores, líderes políticos, científicos y escritores.

Ya incorporado a la oposición prodemocrática cubana, mi búsqueda adquirió otro sentido. Comencé a localizar películas que explicaran la naturaleza de los sistemas totalitarios y la necesidad de luchar por la libertad. Descubrí "Doctor Zhivago", basada en la novela de Boris Pasternak; "Gandhi", dirigida por Richard Attenborough; "Matar al cura", inspirada en el asesinato del padre Jerzy Popiełuszko en la Polonia comunista; "Ninotchka", con Greta Garbo; "Un día en la vida de Iván Denísovich", sobre los campos de trabajo soviéticos; y "Topaz", de Alfred Hitchcock, ambientada durante la crisis de los misiles en Cuba.

Al salir de prisión en 2011 me di a la tarea de buscar producciones realizadas en los países que lograron liberarse del comunismo. Obras como “La vida de los otros”, “General Nil” o “Różyczka” no solo me permitían disfrutar de buenas obras del séptimo arte, también me ayudaban a convencer a otros de la malévola esencia del comunismo, de la necesidad de luchar con valor por la libertad y hasta usaba fragmentos de esas películas para descubrir  a colaboradores del régimen y llevarlos a confesar su trabajo como agentes infiltrados en la oposición.

El pasado domingo, después de más de 30 años sin entrar a un cine, me fui a uno en Miami, con mi esposa y una familia muy amiga, a ver “La Odisea”, de Christopher Nolan, protagonizada por Matt Damon. La gigantesca pantalla, varias veces mayor que cualquiera de las que conocí en Cuba; la calidad del sonido, la nitidez de las imágenes, la comodidad de la sala y el buen servicio me hicieron recordar aquellos viejos cines de Palma Soriano, las funciones improvisadas del cine móvil y las largas caminatas de mi juventud para ver una película.

Pensé entonces en la enorme diferencia entre un país libre donde la industria cinematográfica continúa innovando y produciendo las mejores películas del planeta y otro con una industria cinematográfica en crisis económica e institucional y donde la mayoría de los cines han desaparecido, como otras tantas cosas. 

Hoy estoy convencido de que el cine, junto con la literatura, ha sido uno de los grandes maestros de mi vida. Ambos me enseñaron sobre historia, filosofía, política, psicología y, sobre todo, sobre la eterna lucha entre los defensores de la libertad y las tiranías. Sin ellos difícilmente sería la persona que soy. Muchas de las convicciones que me han acompañado durante décadas, incluso en los momentos más difíciles, nacieron frente a una pantalla o un libro.

Sueño con que una Cuba libre vuelva a tener grandes y modernas salas cinematográficas y una industria capaz de producir películas de calidad sobre nuestra propia historia; filmes que narren con rigor la tragedia vivida bajo el totalitarismo, las violaciones de los derechos humanos, el presidio político, la resistencia de quienes jamás renunciaron a la libertad y el sufrimiento de millones de cubanos.

Porque solo cuando una nación conoce su historia y es capaz de contarla con honestidad, mediante la literatura, el cine y otras expresiones artísticas, puede construir un futuro donde nunca más vuelva a repetirse la tragedia que marcó a varias generaciones de cubanos.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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