Once horas. Ese es el tiempo que la dictadura cubana dedicó en intentar quebrar a una muchacha de 21 años. Once horas de retención contra Anna Bensi en la estación de Alamar, cuando la propia ley del régimen fija un límite de dos. La citación, para colmo, tenia errores. Ni siquiera se molestan en fingir legalidad. Para qué, si el poder no rinde cuentas ante nadie.
Salió llorando. Se abrazó a sus amigos y rompió en llanto. Y esa imagen —una joven desarmada, agotada, quebrada tras casi medio día encerrada— es la que el régimen quiere. No la cárcel necesariamente. El miedo. El mensaje de que a cualquiera que abra la boca se le puede arruinar el día, la semana, la vida.
Lo que más revela a esta dictadura no solo es su crueldad, sino a quién elige para ejercerla. Tres agentes de Contrainteligencia. El aparato del MININT completo. Toda esa maquinaria volcada sobre una chica que sube videos a redes sociales diciendo lo que piensa. Y sobre su madre. Y sobre su hermana. Y, según ella misma denunció, sobre "todo el que se le acerque".
Eso no es fortaleza. Es la lógica del matón, que siempre escoge bien a su víctima. El que se siente valiente amenazando a una mujer joven hasta hacerla llorar es exactamente el mismo que se acobarda ante cualquiera que pueda responderle. La guapería del régimen apunta siempre hacia abajo, hacia el más débil, hacia quien no tiene tribunales, ni prensa oficial, ni forma de defenderse.
Y aquí está lo que de verdad delata este episodio. Ese exceso no habla de poder: habla de miedo. Miedo a la voz que no controla, a la que se multiplica en cada red social, a la que llora al salir de la estación pero vuelve a grabar al día siguiente.
Porque ese es el detalle que el régimen no calcula. Bensi salió llorando, sí. Pero salió, y volvió a hablar. Y cada hora que la retuvieron, cada agente que le mandaron, cada amenaza que le susurraron, solo confirma lo que ya todos sabemos: le tienen miedo a una muchacha de 21 años. Y hacen bien en tenérselo.
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