
La revelación de The New York Times de que Raúl Guillermo Rodríguez Castro, «El Cangrejo», y el ministro del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, podrían resultar aceptables para funcionarios estadounidenses en un eventual escenario de transición en Cuba contiene una aparente contradicción.
Ninguno responde, por su trayectoria conocida, al perfil convencional de una figura llamada a conducir una apertura democrática.
«El Cangrejo» es nieto de Raúl Castro, fue durante años su escolta y pertenece al núcleo de una familia estrechamente vinculada al poder político, militar y económico cubano.
Álvarez Casas plantea una contradicción todavía mayor: dirige el MININT, del que dependen la Seguridad del Estado, la Policía Nacional Revolucionaria y buena parte del aparato represivo.
La periodista cubanoamericana Nora Gámez Torres, del Miami Herald, expresó públicamente su sorpresa ante la información del Times y recordó que Washington ha denunciado las actividades de los servicios cubanos y sancionado al propio Álvarez Casas por violaciones de derechos humanos.
«¿También es una contraparte aceptable?», se preguntó Gámez Torres en sus redes sociales antes de plantear una hipótesis: «Quizás sea simplemente para sembrar desconfianza».
Estados Unidos sancionó a Álvarez Casas y al MININT en enero de 2021 bajo la Orden Ejecutiva 13818, vinculada a la Ley Global Magnitsky.
Washington responsabilizó al organismo de graves abusos de derechos humanos y señaló específicamente el acoso y vigilancia contra periodistas, disidentes y activistas, incluidos integrantes del Movimiento San Isidro.
Después llegaron las protestas del 11 de julio de 2021.
La Policía Nacional Revolucionaria y las fuerzas especiales conocidas como Boinas Negras, ambas subordinadas al MININT, participaron en la represión de las manifestaciones. Estados Unidos terminó sancionando también a esas estructuras y a varios de sus responsables.
"Cuatro años después de la brutal represión del régimen cubano contra los manifestantes, el Departamento de Estado está restringiendo los visados para los cabecillas del régimen cubano, Díaz-Canel, López Miera, Álvarez Casas, y sus compinches por su papel en la brutalidad del régimen cubano contra el pueblo cubano", escribió en julio de 2025 Marco Rubio en sus redes sociales.
Por ello, resulta llamativo imaginar al jefe de ese aparato como posible figura para iniciar una transición democrática que tendría necesariamente que garantizar libertades políticas, liberar presos políticos y transformar precisamente las estructuras represivas que actualmente dirige.
La lógica estadounidense podría ser otra.
El Times asegura que la administración Trump busca una suerte de «Delcy Rodríguez cubana»: alguien procedente del propio régimen, con suficiente poder para garantizar que el Estado continúe funcionando y dispuesto a colaborar con Washington.
Desde esa perspectiva, Álvarez Casas y «El Cangrejo» poseen un activo evidente. Uno controla el aparato de seguridad interior. El otro tiene acceso directo al núcleo familiar de Raúl Castro.
Pero tener poder suficiente para conducir una transición no significa estar dispuesto a desmontar el sistema del que procede ese poder.
No existe evidencia pública de que ninguno haya mostrado voluntad de anteponer las exigencias de Washington a los intereses políticos, económicos y familiares vinculados a la supervivencia del régimen.
Un dato añade todavía más interés a esos dos nombres: ambos se reunieron en La Habana con el director de la CIA, John Ratcliffe, durante su visita a Cuba el pasado 14 de mayo.
Según las informaciones publicadas entonces por Axios, Ratcliffe también mantuvo contactos con «El Cangrejo». Según el NYT, les transmitió a ambos que Washington veía a sus interlocutores cubanos como adversarios de consideración, pero también como potenciales socios futuros.
El jefe de la CIA advirtió además que el régimen se estaba quedando sin tiempo para realizar los «cambios fundamentales» exigidos por Trump. La reunión demuestra que ambos tienen, como mínimo, canales directos de interlocución con Washington, aunque no prueba que Estados Unidos los considere candidatos reales para dirigir Cuba.
Aquí adquiere especial interés la pregunta de Gámez Torres.
El propio New York Times reveló esta semana que la CIA creó un grupo especial para Cuba cuyo objetivo es crear fisuras entre la élite política, desplazar a sectores considerados más hostiles a Estados Unidos y favorecer figuras más pragmáticas.
La unidad está incorporando especialistas en reclutamiento de fuentes, ciberoperaciones y operaciones encubiertas de influencia.
En ese contexto, que uno de los hombres más poderosos del MININT y el nieto de Raúl Castro aparezcan públicamente como potenciales interlocutores de Estados Unidos puede tener efectos dentro de una estructura política donde la lealtad resulta fundamental.
Eso no demuestra que la información del Times sea una operación de influencia. Puede ser perfectamente cierta.
Pero la posibilidad de que determinados nombres circulen también para alimentar sospechas dentro de la cúpula resulta coherente con el objetivo de explotar sus divisiones internas.
Hay además razones para mantener cautela ante las filtraciones sobre la estrategia estadounidense hacia Cuba.
Basta recordar que Marco Rubio desmintió recientemente otra información del New York Times basada en fuentes conocedoras de los contactos entre Washington y La Habana.
El secretario de Estado sostuvo entonces que quienes hablaban con la prensa no estaban dentro del proceso y aseguró que no sabían lo que realmente estaba ocurriendo.
La Casa Blanca reforzó el mensaje señalando que Trump y Rubio eran quienes conocían los detalles de la estrategia.
Ese episodio no demuestra que las nuevas revelaciones sean falsas. Pero sí recuerda que existe una diferencia entre lo que funcionarios anónimos transmiten a la prensa y las decisiones que finalmente adopta la Casa Blanca.
Washington puede estar buscando una «Delcy» cubana y necesitar para ello interlocutores con poder real dentro del régimen. Pero considerar útil a un interlocutor no equivale a elegirlo como futuro gobernante.
Y si el objetivo paralelo de la CIA es generar fisuras en la cúpula, la mera sospecha de que Álvarez Casas o «El Cangrejo» puedan estar entre los hombres con los que Washington estaría dispuesto a entenderse ya tiene, por sí misma, un considerable valor político.
Quizás esa sea una de las claves para interpretar una revelación tan sorprendente.
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