
Este lunes, Washington vuelve a reunir a defensores de la democracia, antiguos disidentes, responsables políticos y representantes de naciones que conocieron directamente la dominación comunista. La Cumbre de Naciones Cautivas 2026 no es una ceremonia dedicada únicamente a recordar tragedias pasadas. Es, ante todo, una advertencia sobre los peligros presentes.
Entre las naciones cuya experiencia debe escucharse con especial atención se encuentran Lituania, Estonia y Letonia. Los tres países bálticos fueron ocupados, anexados y sometidos durante décadas por la Unión Soviética. Recuperaron su independencia porque sus pueblos conservaron la identidad nacional, resistieron la rusificación y aprovecharon el momento histórico en que el imperio comunista comenzó a desmoronarse.
Hoy vuelven a encontrarse en la primera línea de defensa de Europa. Vladimir Putin no ha ocultado su nostalgia por el poder imperial soviético ni su desprecio por la soberanía de los países que Moscú considera parte de su antigua esfera de dominio. La invasión de Ucrania no es un conflicto aislado ni una simple disputa territorial. Es una guerra contra el derecho de las naciones pequeñas y medianas a escoger libremente su sistema político, sus alianzas y su futuro.
Rusia conserva la iniciativa militar en varios sectores de Ucrania, pero no ha obtenido una victoria decisiva. Sus fuerzas continúan estancadas, pagando un precio enorme en vidas, material y recursos económicos. Ucrania sigue resistiendo, golpeando instalaciones militares, refinerías, depósitos y centros logísticos en territorio ruso. El Kremlin puede sostener la destrucción y prolongar el sufrimiento, pero no ha conseguido eliminar al Estado ucraniano ni quebrar la voluntad nacional de su pueblo.
Putin confía en el agotamiento. Su cálculo es que Rusia puede soportar durante más tiempo las pérdidas y que las democracias occidentales terminarán cansándose de financiar la defensa de Ucrania. Aspira a que las divisiones políticas entre Estados Unidos y Europa hagan por él lo que su ejército no ha podido alcanzar en el campo de batalla.
A nivel interno, el presidente ruso continúa controlando el aparato de seguridad, los medios de comunicación, las instituciones y las principales élites económicas. Las encuestas le atribuyen todavía una aprobación elevada, aunque esos porcentajes deben juzgarse teniendo presente que se trata de un régimen donde criticar la guerra puede conducir a la prisión, la pérdida del empleo, persecución y hasta la muerte.
Rusia no está al borde de una rebelión, pero sí muestra síntomas crecientes de agotamiento. La población quiere cada vez más una negociación; el gasto militar presiona las finanzas públicas; la inflación golpea a los hogares; escasea la mano de obra y el crecimiento económico se debilita. Putin está más presionado que antes, pero sigue siendo poderoso y, precisamente por eso, continúa siendo peligroso.
¿Podría intentar invadir Estonia, Letonia o Lituania?
Una invasión convencional inmediata no parece el escenario más probable mientras la mayor parte de la capacidad militar rusa se encuentre comprometida en Ucrania. Atacar a cualquiera de las repúblicas bálticas significaría atacar a la OTAN y arriesgar una guerra directa con Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Polonia, Finlandia, Suecia y el resto de la Alianza.
Sin embargo, sería un grave error confundir lo improbable con lo imposible. Los dictadores no siempre actúan con la racionalidad que esperan las democracias. Putin ya demostró en Ucrania que puede calcular mal la resistencia de una nación, sobrestimar su ejército y subestimar la reacción internacional.
El peligro crecería si llegara a convencerse de que Estados Unidos se retira de Europa, de que la OTAN está dividida o de que puede ocupar rápidamente una pequeña porción de territorio antes de que la Alianza decida reaccionar.
Antes de una invasión total, Moscú podría recurrir a sabotajes, ataques informáticos, daños contra cables submarinos, campañas de desinformación, provocaciones fronterizas o manipulaciones de las comunidades rusoparlantes.
La defensa del Báltico no puede ser simbólica.
Estonia cuenta con un grupo de combate aliado encabezado por el Reino Unido. Letonia alberga una brigada multinacional dirigida por Canadá. Lituania está recibiendo una brigada alemana permanente que deberá alcanzar aproximadamente 5.000 militares. Además, los tres países han acogido fuerzas estadounidenses, aunque su cantidad ha variado por las rotaciones y recientes reducciones.
Los gobiernos bálticos han solicitado públicamente una presencia estadounidense continua. Lituania ha pedido unidades norteamericanas prolongadas e ininterrumpidas. Estonia ha insistido en que el compromiso de Washington debe ser visible y creíble. Letonia también ha expresado disposición a mantener y facilitar el despliegue de fuerzas estadounidenses.
Tienen razón. La presencia de soldados norteamericanos no solo aporta capacidad militar. Coloca directamente el compromiso de Estados Unidos sobre el terreno. Un ataque ruso dejaría de ser una cuestión abstracta sometida a prolongadas deliberaciones diplomáticas: afectaría inmediatamente a militares estadounidenses y aliados.
La disuasión más inteligente consiste en convencer a Putin de que no podrá obtener una victoria rápida. Cada país báltico necesita fuerzas capaces de luchar desde las primeras horas, no contingentes que sirvan únicamente como bandera o gesto político. La región requiere defensa aérea, sistemas antimisiles, artillería, blindados, drones, guerra electrónica, municiones almacenadas y rutas seguras para recibir refuerzos desde Polonia, Alemania, Finlandia y Suecia.
¿Qué importancia tiene la seguridad de los países bálticos para la libertad de Cuba?
La seguridad de Estonia, Letonia y Lituania está profundamente vinculada a la libertad de Cuba. El régimen de La Habana no es neutral en esta confrontación. Ha respaldado la narrativa rusa, estrechado la cooperación política y militar con Moscú y servido durante décadas como aliado del expansionismo autoritario. La diplomacia cubana defiende en Naciones Unidas los intereses de dictaduras que sostienen su propio sistema represivo.
En la reciente Asamblea General de la ONU, el régimen cubano solicitó que se abriera un debate extraordinario sobre las sanciones estadounidenses. La votación fue de 136 votos a favor, nueve en contra y 30 abstenciones. Los países bálticos figuraron entre quienes no favorecieron a la dictadura castrocomunista. Se abstuvieron, pero debieron votar en contra, como hizo la República Checa.
Esa abstención tuvo importancia política. Significó negarse a aceptar que el castrismo controle la narrativa, presentándose como víctima inocente mientras encarcela opositores, oprime al pueblo cubano y apoya la agresión rusa contra Ucrania.
Estonia ya había anunciado públicamente que modificaría su comportamiento tradicional en la ONU y que propondría revisar la política europea hacia Cuba. Su ministro de Exteriores vinculó expresamente la presión sobre La Habana con el apoyo cubano a la guerra rusa y con el empeoramiento de las violaciones de derechos humanos.
Los cubanos demócratas debemos reconocer ese valor. Los bálticos saben que una dictadura puede utilizar la propaganda, la diplomacia y el miedo para presentarse como legítima. Saben también que la libertad de una nación pequeña depende muchas veces de la solidaridad de otras democracias.
Defender a Ucrania protege a Lituania, Estonia y Letonia. Defender a los países bálticos fortalece a toda Europa. Y una Europa fuerte, consciente del peligro ruso y menos tolerante con las dictaduras aliadas de Moscú, constituye una ayuda esencial para la causa de la libertad cubana.
La seguridad occidental es indivisible. La misma lógica imperial que niega a Ucrania su derecho a existir respalda al régimen que niega a los cubanos el derecho a elegir. La misma propaganda que justifica la invasión rusa intenta presentar a la tiranía cubana como víctima permanente y no como responsable principal de la opresión y la ruina nacional.
Por eso, en esta nueva Semana de las Naciones Cautivas, el mensaje debe ser claro: no habrá una Europa segura mientras Rusia crea que puede volver a conquistar a sus vecinos. Y no habrá libertad en Cuba si las democracias aceptan que La Habana continúe funcionando como avanzada política y estratégica de Moscú en el hemisferio occidental.
La defensa del Báltico y la libertad de Cuba forman parte de una misma batalla: la batalla por el derecho de los pueblos a vivir en democracia, sin ocupaciones y sin dictaduras.
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