Lo que hay que entender sobre las cárceles cubanas antes de opinar sobre un preso político

El horror del presidio político en las cárceles cubanas. © Imagen creada por José Daniel Ferrer
El horror del presidio político en las cárceles cubanas. Foto © Imagen creada por José Daniel Ferrer

El sistema penitenciario cubano es una estructura cerrada, arbitraria y profundamente corrupta, donde las prisiones funcionan como feudos administrados por jefes con amplios poderes sobre la vida de los reclusos. En ellas imperan el hambre extrema, la desnutrición, la insalubridad, la tuberculosis, la sarna, el parasitismo, las chinches y otros insectos y roedores, las enfermedades gastrointestinales, la falta de medicamentos y una atención médica casi siempre insuficiente.

También son muy comunes las golpizas, torturas físicas y psicológicas, aislamiento prolongado, abusos sexuales, robos, tráfico de drogas, violencia entre presos tolerada o promovida por los funcionarios y muertes que permanecen impunes. 

En las cárceles cubanas si el preso es hábil, valiente, audaz y tiene recursos económicos, puede comprar y tener muchas cosas. Los presos comunes entran marihuana, alcohol, alimentos y hasta obtienen o compran sexo con mujeres del Minint y parte del personal médico femenino. En las prisiones del régimen te puedes encontrar unos pocos individuos muy gordos y hasta musculosos al estilo Arnold Schwarzenegger y a miles más desnutridos que prisioneros de Auschwitz-Birkenau.

Dentro de ese infierno no todos los presos políticos reciben exactamente el mismo trato. La situación de cada uno depende de una compleja combinación de factores: su identidad y prestigio público, su nivel de rebeldía, su capacidad para organizar y denunciar, el apoyo de su familia, de la oposición, del exilio y del mundo democrático, sus habilidades personales y el momento político nacional e internacional.

El primer factor es quién es el preso político. No recibe el mismo trato una persona conocida internacionalmente, cuya detención provoca denuncias de gobiernos, parlamentos, organizaciones de derechos humanos, artistas, intelectuales y personalidades políticas, que otra cuyo nombre apenas se conoce fuera de su municipio. La visibilidad pública puede proteger parcialmente al preso porque eleva el costo político de un asesinato o de una lesión irreparable.

Pero esa protección nunca es absoluta. Un preso puede contar con la mayor solidaridad internacional y, al mismo tiempo, mantener el nivel más alto de rebeldía dentro de la cárcel. Puede negarse a vestir el uniforme de delincuente común, no levantarse durante el recuento, rechazar las formaciones, no ponerse de pie ante los militares, denunciar las golpizas y utilizar cada llamada telefónica no solo para hablar con su familia, sino para informar sobre el hambre, la corrupción, las torturas, las enfermedades y los crímenes que ocurren dentro del penal.

También puede protestar cuando las autoridades organizan mítines políticos, gritar consignas contra la dictadura, negarse a participar en actos por el Primero de Mayo o el 26 de julio y organizar a presos políticos y comunes para reclamar mejores condiciones.

En ese caso, ni su fama ni la solidaridad internacional impedirán que sea golpeado, aislado, amenazado o privado de sus derechos. Le suspenderán las visitas, la correspondencia y las llamadas telefónicas. Lo enviarán a celdas de castigo, le quitarán los alimentos que lleva la familia y utilizarán contra él a guardias y/o presos comunes violentos.

El régimen emprenderá una guerra para obligarlo a reducir su nivel de rebeldía. La solidaridad exterior puede evitar que lo maten, pero no necesariamente que lo torturen.

Cuando ese preso rebelde cuenta con una familia valiente, una oposición activa, un exilio movilizado y un amplio apoyo internacional, los represores saben que su muerte provocaría consecuencias. Por eso pueden evitar llegar hasta el asesinato, aunque continúen castigándolo severamente.

Si mantiene un alto nivel de rebeldía, pero no cuenta con amplio apoyo, el peligro aumenta de manera extraordinaria. Pueden destruirlo física y psicológicamente, dejarlo morir de hambre o enfermedad, inducirlo al suicidio, enloquecerlo mediante el aislamiento o matarlo directamente.

El apoyo familiar resulta decisivo. Un preso puede ser conocido internacionalmente, pero, si no tiene familiares valientes que denuncien cada abuso, la policía política puede aislarlo gradualmente hasta silenciarlo. Una familia que se plante frente a la prisión, proteste en las calles, ante las sedes del Partido Comunista, hable con periodistas y movilice organizaciones defensoras de los derechos humanos se convierte en el primer escudo del prisionero.

No lo salva de todos los golpes, pero dificulta que desaparezca dentro del sistema.

También existen presos políticos que deciden mantener una conducta menos confrontativa. No por ello son malos activistas ni han traicionado la causa. Algunos optan por conservar intactas sus convicciones políticas, pero evitan protestar ante cada abuso, enfrentarse constantemente a los militares o denunciar públicamente todo lo que ocurre. Lo hacen para sobrevivir en un mundo infernal y cruel. Quieren evitar las golpizas, la tortura, el aislamiento, la suspensión de visitas, la pérdida de los alimentos familiares y la destrucción física o mental.

Cuando un preso es conocido y recibe apoyo internacional, pero no declara una guerra abierta dentro del penal, la policía política puede facilitarle ciertas condiciones. Puede permitirle recibir más alimentos, libros, materiales para escribir o pintar, llamadas telefónicas y visitas. Puede mostrarse más dispuesta a atender algunas quejas. La prisión seguirá siendo terrible, pero el régimen intentará hacerle el infierno un poco menos insoportable a cambio de que no organice protestas ni convierta el penal en otro frente de lucha. Eso no prueba colaboración.
Puede ser simplemente una estrategia de supervivencia.

Ahora bien, si el preso no es conocido, no tiene una familia activa ni recibe solidaridad exterior, el régimen puede no tener ninguna consideración con él, aunque sea poco confrontativo. Puede pasar hambre, ser robado por presos comunes y sufrir arbitrariedades sin que a la policía política le preocupe. No representa un costo político importante y, por tanto, queda mucho más expuesto.

También influyen la inteligencia y las habilidades del preso. Una persona capaz de ganarse el respeto de los reclusos comunes, construir alianzas y acercarse a determinados funcionarios que no actúan por fanatismo político, sino por necesidad económica, puede tener colaboradores y entrar o sacar clandestinamente alimentos, medicinas, información y denuncias aún estando muy aislado y vigilado. Puede ayudar a otros presos y recibir ayuda cuando la necesite. Pero incluso esas habilidades tienen límites. Un preso sometido a vigilancia permanente, cámaras, micrófonos y aislamiento total dispone de muchas menos posibilidades que quien vive en un destacamento colectivo.

El momento político también modifica el trato. Cuando el régimen espera la visita de un Papa, un jefe de Estado o una delegación importante, o cuando intenta negociar beneficios con gobiernos extranjeros, puede reducir temporalmente determinados abusos. Puede mejorar un poco la comida, permitir visitas o evitar acciones demasiado visibles y escandalosas.

Cuando considera que no obtendrá concesiones y que no tiene nada que perder, puede aumentar el sadismo, la violencia y las torturas.
Por eso no existe una fórmula fija. El trato depende del preso, de la prisión, de sus carceleros, de su comportamiento, de su familia, de su respaldo nacional e internacional y de los intereses políticos del régimen en cada momento.

Por ejemplo, dos presos políticos muy valientes y rebeldes y muy conocidos internacionalmente, pueden recibir trato totalmente diferente, si uno aceptó el destierro y el otro se niega a aceptarlo. Contra el primero terminarán las agresiones y castigos y contra el segundo se incrementarán.

Si los dos deciden aceptar el exilio forzado, pero uno decide seguir la mayoría de las reglas que impone la policía política y el otro no, el primero saldrá más pronto y no será golpeado ni torturado durante el proceso y el segundo verá como se demora su salida y aumentan las presiones en su contra.

Quien no conoce esta realidad debe actuar con prudencia antes de juzgar. Si una persona no es especialista en urología, no debe pretender diagnosticar el estado de los riñones y del sistema urinario de un paciente. Debe escuchar al urólogo, que estudió esa especialidad y conoce cómo funciona el organismo.

Del mismo modo, quien no conoce desde dentro el sistema penitenciario cubano no debería especular, difamar o acusar ligeramente a un preso político por las decisiones que tomó en un lugar infernal. Criticar sin conocimientos ni pruebas no ayuda a la causa de la libertad.
Antes de juzgar al prisionero, hay que comprender qué cosa es un campo de concentración al estilo nazi en pleno siglo XXI.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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