
Un profesor de la Universidad de Miami publicó este lunes en el New York Times un artículo de opinión en el que advierte que Cuba se ha quedado sin tiempo y que el pueblo cubano no puede seguir esperando mientras Washington y La Habana se enredan en un pulso sin fin.
El texto, firmado por Michael J. Bustamante, especialista en estudios cubanos y cubanoamericanos, describe la situación en la isla como una «lenta asfixia» que ninguna improvisación energética ni la «resistencia creativa» que predica Miguel Díaz-Canel puede ya disimular.
Bustamante retrata una Cuba donde la electricidad regresa apenas una o dos horas al día, donde los alimentos y los medicamentos dependen de los envíos de familiares en el exterior, y donde el calor del verano impide dormir a los niños.
El escenario, agravado desde enero por el bloqueo petrolero de facto instaurado por la administración Trump, ha llevado al pueblo cubano «al límite de lo que puede soportar», según el académico.
El artículo llega en un momento en que la agitación social en Cuba alcanza niveles récord: cacerolazos nocturnos, barricadas de basura en llamas y cortes de luz de hasta 24 horas son ya fenómenos casi cotidianos.
El Observatorio Cubano de Conflictos registró 107 protestas callejeras presenciales en junio, un récord mensual. Y una diapositiva mostrada por error durante una reunión gubernamental televisada reveló que los propios funcionarios del régimen temen un «estallido social».
Esa tensión acumulada se refleja también en la opinión pública. Una encuesta de El Toque publicada en mayo con más de 42,000 respuestas válidas mostró que el 60,9% de los participantes apoyaba una intervención militar directa de EE.UU. en Cuba y el 64,9% favorecía el derrocamiento del gobierno «por cualquier medio necesario, incluyendo la vía armada».
Bustamante reconstruye la secuencia diplomática de los últimos meses: durante la primavera, el secretario de Estado Marco Rubio y el director de la CIA John Ratcliffe mantuvieron contactos directos con el nieto de Raúl Castro y con miembros del aparato de seguridad cubano, explorando un acuerdo que permitiera a algunas autoridades comunistas mantenerse en el poder a cambio de liberalización económica, liberación de presos políticos y ruptura de lazos con adversarios de Washington.
Desde mayo, esa vía se cerró: el régimen rechazó las exigencias de cambio de liderazgo y Estados Unidos respondió con sanciones secundarias que forzaron la salida de numerosas empresas extranjeras de la isla.
Ni el paquete de liberalización económica anunciado en junio ni la liberación del artista Luis Manuel Otero Alcántara —quien declaró haber sido «expulsado de Cuba» al llegar a Miami— lograron que la administración Trump cediera en sus demandas.
El autor analiza los escenarios que distintos actores barajan: un colapso al estilo de Europa del Este en 1989, una transición negociada o una acción militar que derive en un protectorado estadounidense similar al que siguió a la captura de Maduro en Venezuela.
La activista Rosa María Payá ha descrito al gobierno cubano como el «Muro de Berlín de nuestros tiempos». Sin embargo, Bustamante advierte que la inestabilidad creciente no garantiza el derrumbe del régimen: el aparato represivo permanece intacto, la oposición está debilitada y hasta dos millones de cubanos han abandonado la isla desde 2020, sustituyendo la movilización política por la emigración.
El régimen, por su parte, ha sido acusado penalmente en Estados Unidos —Raúl Castro enfrenta cargos por el derribo de avionetas de Hermanos al Rescate en 1996— y muestra escasa disposición a ceder. Para Bustamante, aceptar las condiciones de Washington equivaldría a «negociar el propio fin del régimen».
«Los gobiernos pueden permitirse seguir jugando al tira y afloja. Los cubanos ordinarios no pueden», concluye el académico, subrayando que el pueblo de la isla no puede posponer indefinidamente sus comidas, sus tratamientos médicos ni las decisiones más importantes de sus vidas.
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