
La 'revolución' de 1959 no transformó solamente el sistema político cubano. Transformó radicalmente la estructura económica del país. En pocos años desaparecieron gran parte de las empresas privadas, se nacionalizaron bancos, industrias, comercios y grandes propiedades, y el Estado pasó a controlar prácticamente todos los sectores fundamentales de la economía.
La explicación oficial presentó aquel proceso como una necesidad histórica: terminar con la explotación, recuperar para el pueblo las riquezas nacionales y construir una sociedad basada en la justicia social. Pero detrás de aquellas consignas existía una decisión mucho más profunda: sustituir progresivamente la economía de mercado por una economía dirigida desde el Estado.
El proceso comenzó en 1959 y alcanzó un punto decisivo en 1960, cuando una nueva oleada de nacionalizaciones puso bajo control estatal prácticamente todo el sector empresarial de importancia. Bancos, refinerías, centrales azucareros, grandes industrias y numerosos establecimientos comerciales pasaron a manos del Estado.
No se trataba simplemente de cambiar quién era dueño de una fábrica o de un banco. Se estaba modificando la lógica completa de funcionamiento de la economía.
El empresario dejó de decidir libremente qué producir. El comerciante dejó de determinar qué mercancías importar. El agricultor comenzó a depender cada vez más de decisiones administrativas sobre precios, suministros y comercialización. El Estado pasó a decidir qué producir, cuánto producir, a quién vender y, progresivamente, a qué precio. La planificación centralizada sustituyó buena parte de los mecanismos del mercado.
La nacionalización como instrumento de poder
La nacionalización tuvo también una consecuencia política inmediata: concentró en manos del nuevo poder revolucionario una enorme cantidad de recursos económicos. El Estado pasó a ser propietario de empresas, tierras, bancos, comercios, medios de transporte y numerosas instalaciones productivas. Esa concentración permitió al gobierno disponer de instrumentos extraordinarios para transformar la sociedad, pero también para controlar el empleo y establecer salarios, precios, subsidios y prioridades productivas.
Administrar una economía, sin embargo, es mucho más complejo que conquistar el poder. Una fábrica puede nacionalizarse en un día. Hacerla funcionar eficientemente durante décadas es otra cosa. La salida de numerosos empresarios, técnicos, administradores y profesionales durante los primeros años agravó el problema. Cuba perdió una parte importante de su capital humano precisamente cuando más necesitaba conocimientos para administrar la nueva economía.
El Estado intentó sustituir rápidamente a los antiguos administradores mediante funcionarios y cuadros revolucionarios. En algunos casos hubo personas capaces; en otros, la fidelidad política terminó teniendo mayor importancia que la experiencia económica. Ese sería uno de los primeros problemas estructurales del nuevo sistema.
La apuesta por la planificación
Durante los años sesenta, Fidel Castro profundizó la orientación socialista y reorganizó completamente la producción. La economía cubana quedó vinculada cada vez más al bloque soviético. La Unión Soviética se convirtió en el principal comprador del azúcar cubano y en un proveedor fundamental de petróleo, maquinaria, materias primas y otros productos esenciales.
La paradoja era evidente: una revolución que había proclamado la necesidad de diversificar la economía terminó dependiendo nuevamente, en buena medida, del azúcar. La diferencia era que ahora el sector estaba controlado por el Estado.
La planificación pretendía sustituir la competencia por la coordinación. Sobre el papel, el Estado podía determinar racionalmente las necesidades de la población y organizar la producción para satisfacerlas.
En la práctica apareció un problema que acompañaría a la economía cubana durante décadas: cuando las decisiones económicas se concentran en una estructura administrativa central, los errores también se centralizan.
El ejemplo más dramático fue la Zafra de los Diez Millones, en 1970. El gobierno movilizó enormes recursos humanos y materiales para alcanzar diez millones de toneladas de azúcar. La meta no fue alcanzada y la concentración de recursos en aquella campaña afectó a otros sectores de la economía. La experiencia mostró los límites de una economía sometida a grandes campañas nacionales decididas desde el poder político.
La dependencia soviética
Después de las dificultades iniciales, Cuba profundizó la adopción de mecanismos inspirados en el modelo soviético. En 1972 ingresó en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), organización económica que agrupaba a la Unión Soviética y varios países socialistas de Europa.
La incorporación proporcionó a Cuba mercados preferenciales, créditos, petróleo y condiciones comerciales que durante años resultaron extraordinariamente favorables. El azúcar cubano podía venderse en condiciones preferenciales, mientras Cuba recibía petróleo y otros productos esenciales.
Aquello permitió sostener durante años un sistema que tenía serias dificultades para funcionar de manera autónoma. Pero también creó una dependencia extraordinaria. La economía cubana no había construido un modelo verdaderamente autosuficiente. Había cambiado una dependencia por otra.
Mientras existió la Unión Soviética, muchas de las debilidades estructurales podían permanecer ocultas detrás de los créditos, subsidios y relaciones comerciales preferenciales. Cuando aquel respaldo desapareció, la realidad quedó expuesta.
1991: el derrumbe del sostén externo
La desaparición de la Unión Soviética en 1991 produjo una conmoción económica sin precedentes en la Cuba revolucionaria. El país perdió buena parte de sus mercados, suministros y fuentes de financiamiento. Comenzó entonces el llamado Período Especial. Faltó combustible. Disminuyó el transporte. La producción industrial se contrajo. La agricultura sufrió enormes dificultades. Se redujeron las importaciones y aumentaron las carencias de productos básicos.
La crisis no fue provocada simplemente por el derrumbe soviético. Este actuó como detonante de una estructura económica que había desarrollado una dependencia extraordinaria de aquel sistema.
La pregunta histórica resulta inevitable: ¿Por qué una economía supuestamente independiente necesitaba de manera tan decisiva a una potencia extranjera para funcionar?
La respuesta se encuentra en las características del modelo construido desde los años sesenta: concentración de la propiedad, planificación centralizada, escasa autonomía empresarial, controles de precios, baja productividad y fuerte dependencia del comercio exterior.
El Estado cubano sobrevivió al colapso soviético, pero no resolvió completamente esas debilidades.
La economía del control
Durante las décadas siguientes se introdujeron reformas parciales. Se permitió cierta actividad privada, aparecieron los trabajadores por cuenta propia, se desarrollaron las remesas y se abrieron espacios limitados para la inversión extranjera. Pero las reformas nunca significaron una transformación completa del modelo. La propiedad estatal continuó dominando los sectores fundamentales.
La economía cubana quedó atrapada entre dos realidades: un sector estatal que no conseguía generar suficiente riqueza y un sector privado limitado y sometido a controles. La contradicción era evidente. El discurso oficial defendía la planificación y el control estatal, pero periódicamente necesitaba recurrir a mecanismos asociados al mercado: pequeños negocios, empresas mixtas, turismo internacional, remesas y nuevas formas de actividad privada. El problema esencial permaneció: una economía necesita incentivos para producir, invertir, innovar y asumir riesgos.
Una crisis estructural
Con el paso de las décadas, el problema dejó de ser una crisis coyuntural y se convirtió en una crisis estructural. La escasez de alimentos, el deterioro de la infraestructura, la insuficiente inversión, la baja productividad, la emigración de trabajadores y profesionales y el envejecimiento de la población fueron acumulándose.
La economía dejó de producir suficiente riqueza para sostener las necesidades de la sociedad. No es necesario exagerar la realidad. Basta observarla. El embargo estadounidense ha tenido efectos reales y ha complicado las relaciones económicas de Cuba. Negarlo sería históricamente incorrecto.
Pero atribuir toda la crisis cubana al embargo tampoco explica por qué la economía ya presentaba profundas dificultades antes de las etapas más recientes de la política estadounidense, ni explica por sí solo las consecuencias de décadas de planificación centralizada y dependencia exterior.
La miopía de Fidel Castro
Fidel Castro comprendió extraordinariamente bien el poder político de la economía. Comprendió mucho menos, a juzgar por los resultados históricos, los límites económicos de sus propias decisiones. Su visión estuvo marcada por la convicción de que la voluntad política podía superar las leyes económicas.
Grandes movilizaciones, campañas productivas, metas nacionales y decisiones administrativas pretendieron sustituir los incentivos normales de una economía moderna. Pero una sociedad no puede producir indefinidamente mediante consignas. La economía tiene sus propias reglas. No basta con ordenar producir más. Se necesitan trabajadores motivados, empresas eficientes, inversión, tecnología, capital e incentivos para tomar decisiones económicas.
La revolución cubana consiguió concentrar la propiedad y el poder económico en manos del Estado. Lo que no consiguió fue convertir esa concentración en una economía dinámica, productiva y capaz de generar prosperidad sostenible. Ese es uno de los grandes dilemas de la historia económica de la revolución.
Se construyó un Estado extraordinariamente poderoso, pero no una economía igualmente poderosa. Y cuando una economía no produce suficiente riqueza, el Estado puede repartir escasez durante algún tiempo. Puede subsidiar, controlar, racionar y pedir sacrificios. Pero no puede abolir indefinidamente la realidad económica. La historia de la economía socialista cubana es, en última instancia, la historia de esa contradicción.
Una revolución que quiso transformar radicalmente la sociedad terminó creando una economía dependiente, rígidamente administrada y vulnerable a los cambios externos.
Y la crisis que enfrenta Cuba no comenzó ayer. Sus raíces se encuentran en las decisiones económicas tomadas durante los primeros años de la revolución. Por eso, comprender aquellas decisiones es indispensable para comprender la Cuba actual.
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