La envidia como arma de la tiranía: dividir para vencer

Un aura tiñosa, en el Malecón de La Habana. Imagen tomada en mayo de 2019. © CiberCuba
Un aura tiñosa, en el Malecón de La Habana. Imagen tomada en mayo de 2019. Foto © CiberCuba

Los regímenes comunistas no se limitan a reprimir al ser humano: también procuran degradarlo. Durante más de un siglo han demostrado una extraordinaria capacidad para cultivar el miedo, la sospecha, el resentimiento, la envidia, el oportunismo y la rivalidad. Necesitan ciudadanos desconfiados unos de otros porque una sociedad donde existe solidaridad resulta mucho más difícil de someter.

Hay un viejo cuento que explica perfectamente el fenómeno. Un genio se aparece ante un agricultor italiano muy pobre y le dice: “Hoy es tu día de suerte. Dime cuál es tu mayor deseo”. El campesino señala el magnífico viñedo de su vecino. El genio pregunta: “¿Quieres uno igual?”. “¡Claro!”, responde. Y el genio le concede un extraordinario viñedo.

Después viaja a Estados Unidos y encuentra a un granjero arruinado. Le hace la misma pregunta. El hombre señala la moderna y productiva granja de su vecino, con tractores, cosechadoras, graneros y abundantes cultivos. “¿Quieres una igual?”. “Por supuesto”. Y recibe una granja tan próspera como aquella.

Finalmente, el genio llega a Cuba. Encuentra a un campesino famélico, desnutrido, viviendo en una choza con piso de tierra y le pregunta qué desea. El hombre señala al vecino: “Tiene una gallina con diez pollitos preciosos”. “¿Quieres una gallina con diez pollitos?”.

“No, hombre. ¡Lo que quiero es que se le mueran!”.

La historia es una caricatura, naturalmente. No describe al campesino cubano, sino al tipo de ser humano que necesita una tiranía: aquel que, en vez de luchar por mejorar su propia vida, encuentra satisfacción en que el vecino empeore la suya.

Divide y vencerás. Los regímenes comunistas comprendieron muy pronto la importancia de esta máxima.

Desde la Cheka creada por los bolcheviques en 1917, luego GPU, NKVD y posteriormente KGB, la policía política soviética fue mucho más que un instrumento para detener opositores. La Cheka adquirió rápidamente poderes de justicia sumaria y participó en campañas de terror contra los considerados enemigos del nuevo régimen soviético. Con los años, el sistema perfeccionó herramientas menos visibles: infiltración, agentes de influencia, rumores, falsificaciones, propaganda, chantaje, soborno y desinformación. Las llamadas “medidas activas” soviéticas buscaban precisamente debilitar adversarios y manipular su percepción de la realidad. 

La policía política de la Alemania Oriental llevó estos métodos a un nivel casi científico mediante la denominada Zersetzung, literalmente “descomposición”.

Los documentos de la Stasi establecían como objetivo provocar y aprovechar contradicciones entre los adversarios para fragmentarlos, paralizarlos, desorganizarlos y aislarlos. Entre los métodos documentados estaban desacreditar reputaciones, organizar fracasos profesionales, sembrar dudas, provocar sospechas dentro de los grupos, explotar rivalidades y utilizar las debilidades personales de sus miembros. También recurrían a cartas anónimas, fotografías comprometedoras reales o manipuladas, rumores y falsos indicios de que determinado opositor colaboraba con la policía política.

La policía política de la Polonia comunista también estudió y penetró igualmente organizaciones opositoras, intentando destruir sus estructuras, anticipar sus movimientos y desarrollar escenarios destinados a debilitarlas. 

Cambian los países y cambian los nombres de las instituciones, pero la lógica es la misma.

Primero está la represión abierta: prisión, largas condenas, aislamiento, interrogatorios, golpizas, torturas físicas y psicológicas, amenazas, vigilancia, hambre, privación de atención médica, ejecuciones y, en algunos sistemas comunistas, campos penitenciarios y trabajo forzado. Corea del Norte continúa siendo el ejemplo extremo contemporáneo (el régimen castrocomunista le sigue los pasos): Naciones Unidas ha documentado campos políticos, ejecuciones, trabajo forzado, hambre y una vigilancia cada vez más extendida. 

Pero existe otra represión mucho más silenciosa: Conseguir que los adversarios hagan gratuitamente parte del trabajo del represor.

En Cuba, ese mecanismo puede comenzar por algo tan elemental como la envidia. Si un dirigente opositor recibe un premio internacional, el aparato represivo sabe que puede intentar convertir el reconocimiento en resentimiento: “¿Por qué lo premiaron a él y no a ti?”

Si un periodista independiente consigue empleo en un medio importante: “Mira cómo vive. ¿Y tú qué has recibido?”. Si un activista publica un libro y obtiene ingresos por su trabajo, vienen las acusaciones de que está apropiándose de recursos destinados a otros.

Si uno tiene numerosos seguidores en Facebook, Instagram o X: “Ese quiere demasiado protagonismo y te está utilizando para conseguir éxito y beneficios”.

Y el mecanismo puede descender todavía más.

Puede explotarse quién viste mejor, quién tiene una vivienda menos deteriorada, quién recibe ayuda económica, quién tiene una pareja atractiva o quién disfruta de cualquier pequeña ventaja material. No porque esas cosas posean importancia política, sino porque el objetivo consiste precisamente en encontrar la debilidad psicológica del individuo.

La documentación histórica de la Stasi demuestra que este tipo de manipulación personalizada no es una fantasía: su estrategia consistía exactamente en descubrir las vulnerabilidades individuales y utilizarlas para producir celos, rivalidades, inseguridad y sospecha. 

La Cuba actual mantiene un amplio repertorio represivo. Amnistía Internacional ha documentado detenciones arbitrarias, vigilancia ilegal, hostigamiento, criminalización, violencia física y psicológica, tratos crueles e inhumanos, muertes en las prisiones y presiones ejercidas incluso contra familiares de activistas, periodistas y defensores de derechos humanos. En 2025 registró además amenazas, interrogatorios, vigilancia y abusos contra opositores, artistas, estudiantes y periodistas. 

Sin embargo, ninguna policía política podría fabricar estas divisiones si no encontrase terreno donde sembrarlas.

Aquí está nuestra responsabilidad. Es legítimo discrepar. Es imprescindible denunciar un hecho realmente incorrecto. Ningún dirigente, organización, periodista ni activista debe estar por encima de la crítica. Pero una cosa es fiscalizar y otra convertir la envidia en brújula.

Cuando alguien dedica diez veces más energía a destruir la reputación de otro opositor que a denunciar al régimen que mantiene a Cuba sin libertades, algo anda profundamente mal.

Cuando deseamos que fracase un compatriota simplemente porque recibió un reconocimiento que nosotros queríamos, estamos trabajando —consciente o inconscientemente— para quien desea dividirnos.

Cuando un cubano que ayer perteneció a estructuras oficiales rompe sinceramente con la dictadura y comienza a trabajar eficazmente por la libertad, lo inteligente es juzgar sus actos presentes. Desconfiar prudentemente puede ser razonable; condenarlo eternamente porque empezó tarde puede convertirse precisamente en otro mecanismo de fragmentación.

La dictadura necesita que convirtamos compañeros en rivales, rivales en enemigos y diferencias en guerras personales. Necesita al campesino que no pide una gallina para alimentar a sus hijos, sino que desea que muera la gallina del vecino.

La libertad exige exactamente lo contrario. Debemos aspirar a que nuestro vecino tenga diez gallinas, nosotros veinte y el próximo cincuenta. Que un periodista tenga éxito y otros aprendan de él. Que un opositor reciba un premio y los demás se alegren. Que un escritor publique un libro y otros escriban los suyos. Que quien tenga talento lo utilice, quien tenga recursos los comparta y quien tenga reconocimiento lo ponga al servicio de la causa común. La envidia destruye, la solidaridad fortalece.

Y una dictadura puede encarcelar personas, infiltrar organizaciones, sembrar rumores y fabricar mentiras. Lo que no puede hacer, si nosotros no se lo permitimos, es convertir nuestros corazones en instrumentos de su policía política.

COMENTAR

Vídeos relacionados:

Archivado en:

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






¿Tienes algo que reportar?
Escribe a CiberCuba:

editores@cibercuba.com

+1 786 3965 689


Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



Sigue leyendo 👇

No hay más noticias que mostrar, visitar Portada