
Hay personajes de nuestra historia que han quedado atrapados entre sus méritos y los juicios posteriores. Bartolomé Masó es uno de ellos. No pretendo convertirlo en un hombre sin errores. Tampoco sería históricamente serio hacerlo. Masó tuvo diferencias con otros dirigentes de la revolución, tomó decisiones discutibles y protagonizó episodios que la historiografía ha examinado críticamente. Pero una cosa es estudiar sus errores y otra muy distinta convertirlos en la explicación de toda su conducta.
Durante demasiado tiempo hemos tendido a mirar la historia de Cuba desde una perspectiva excesivamente épica. Maceo es el Titán; Gómez, el Generalísimo; Martí, el Apóstol. Y Masó queda con frecuencia en un segundo plano, asociado principalmente a sus discrepancias con aquellos hombres. Pero la historia real suele ser menos cómoda. Y también más humana.
Bartolomé Masó no fue un hombre que apareció de repente en 1895. Su trayectoria estaba profundamente vinculada a la primera guerra independentista. Había participado en la Guerra de los Diez Años y pertenecía a aquella generación de cubanos que había aprendido, a través de la derrota, que la independencia no podía depender únicamente del entusiasmo de una generación, sino que necesitaba continuidad, organización y sacrificio.
Ahí comienza una de las dimensiones más importantes de su grandeza. Masó fue un hombre de continuidad revolucionaria. No abandonó la causa después del fracaso de 1878. Cuando una nueva generación preparó la Guerra de 1895, Masó volvió a comprometerse.
No fue, por tanto, un simple acompañante de la revolución de Martí. Fue uno de los veteranos que aportaron a aquella nueva guerra la experiencia acumulada durante décadas de lucha.
Un hombre que ayudó a construir una República en medio de la guerra
La grandeza de Masó tampoco puede medirse solamente por su actuación militar. Hay otra dimensión menos espectacular, pero históricamente fundamental: su participación en la construcción política de la República en Armas.
Fue vicepresidente de la República en Armas y posteriormente presidente, en el marco de las instituciones creadas por los revolucionarios durante la guerra. Eso significa que Masó no entendía la independencia únicamente como la expulsión del poder colonial. La independencia debía conducir a una nación organizada políticamente. Ese detalle importa.
La revolución cubana no fue solamente una sucesión de combates. Fue también un esfuerzo por crear instituciones, establecer autoridades civiles, ordenar el ejercicio del poder y definir los principios de la futura República. Y Masó estuvo dentro de ese proceso.
En una guerra donde abundaban los jefes militares de enorme personalidad, la existencia de una autoridad civil y republicana constituía un problema permanente. Las tensiones entre el poder civil y el militar no fueron una peculiaridad de Masó: atravesaron toda la experiencia revolucionaria. Por eso resulta demasiado fácil explicar sus conflictos personales como simples ambiciones o rivalidades. La realidad era mucho más compleja.
Masó y Martí: dos generaciones en una misma causa
Hay otro elemento que merece ocupar un lugar más visible en la memoria de Masó fue su relación con José Martí. Masó pertenecía a la generación de los veteranos de la Guerra de los Diez Años; Martí representaba en buena medida la nueva generación que había asumido la reorganización del independentismo. Entre ambos existía una diferencia generacional evidente, pero también una coincidencia fundamental: la independencia de Cuba.
Masó estuvo junto a Martí y Máximo Gómez en los momentos decisivos del comienzo de la guerra de 1895 y fue testigo de aquella última etapa de la vida de Martí que terminó trágicamente en Dos Ríos.
No hace falta convertir esta relación en una escena romántica para comprender su significado. Basta con reconocer que Masó perteneció al círculo de hombres que hicieron posible aquella guerra y que compartieron con Martí la responsabilidad histórica de convertir el ideal independentista en una guerra efectiva.
El conflicto con Maceo: entre los hechos y la leyenda
Entonces aparece uno de los puntos más delicados de su biografía: sus relaciones con Antonio Maceo. ¿Fue Masó responsable de todos los conflictos que surgieron entre ambos? La respuesta, si queremos hacer historia y no leyenda, debería ser mucho más prudente. Hubo desacuerdos reales. Hubo diferencias de carácter, de concepción política y de mando. También existieron tensiones entre las autoridades civiles y los jefes militares, una cuestión que atravesó toda la experiencia revolucionaria.
En ese contexto, presentar a Masó como el único causante de las dificultades supone reducir un proceso complejo a una explicación personal. Y hay una pregunta todavía más incómoda: ¿es posible que Maceo también tuviera reservas respecto a Masó? Naturalmente que sí. Maceo era un hombre de enorme autoridad militar, con una concepción muy definida de la conducción de la guerra. Las diferencias entre los dirigentes revolucionarios fueron frecuentes y no se limitaron a Masó.
Eso no disminuye la grandeza de Maceo. La humaniza. Lo mismo debe hacerse con Masó.
La invasión a Occidente: un problema que exige prudencia
Uno de los argumentos utilizados contra Masó ha sido su posición ante la invasión hacia Occidente. Pero aquí el historiador debe caminar con cuidado. Es legítimo estudiar sus reservas, sus diferencias estratégicas y las dificultades que existieron dentro de la dirección revolucionaria. Lo que no resulta igualmente legítimo es transformar esas reservas en una supuesta oposición absoluta a la invasión sin establecer con precisión qué dijo, qué hizo y en qué contexto lo hizo.
La guerra no era un escenario de unanimidades. Existían problemas logísticos, diferencias entre mandos, concepciones militares distintas y también tensiones políticas.
Una diferencia estratégica no convierte automáticamente a un hombre en enemigo de una operación militar. Y una colisión de intereses no significa necesariamente una colisión de patriotismos. Esta distinción es esencial para comprender a Masó.
Masó y el problema del poder
Pero quizá una de las mejores maneras de valorar a Masó sea observar su relación con el poder. Después de décadas de sacrificio, de guerra y de participación en la causa independentista, Masó aspiró legítimamente a ocupar la presidencia de la nueva República. No había nada ilegítimo en esa aspiración. Era un veterano de la independencia y había desempeñado responsabilidades políticas de primer orden.
Sin embargo, cuando llegó el momento de competir por la presidencia, la situación política cubana estaba lejos de ser normal. Cuba acababa de salir de una guerra devastadora y se encontraba bajo ocupación estadounidense. La República todavía no existía plenamente como Estado soberano.
Masó terminó retirando su candidatura cuando consideró que el proceso electoral no ofrecía las garantías necesarias. El hecho merece ser observado sin simplificaciones. Pudo haber convertido aquella disputa en una crisis política de mayores proporciones. No lo hizo. Más allá de las interpretaciones que puedan hacerse sobre las motivaciones exactas de su decisión, existe un dato que merece ser considerado: Masó no convirtió su frustración electoral en una ruptura con la naciente República. Y eso también forma parte de su grandeza.
Su posición ante la soberanía cubana
Existe además otro aspecto de Masó que merece mayor atención: su posición frente a las condiciones en que nació la República. La oposición a la Enmienda Platt y a las limitaciones impuestas a la soberanía cubana colocó a Masó en una posición incómoda dentro del nuevo escenario político.
Aquí aparece una contradicción histórica extraordinariamente importante: muchos de los hombres que habían combatido durante décadas por la independencia tuvieron que contemplar cómo la República por la que habían luchado nacía bajo condiciones que restringían su soberanía. Masó perteneció a quienes no aceptaron pasivamente aquella realidad.
Esto permite comprender que su enfrentamiento político con otros sectores no puede explicarse únicamente por ambición personal. Había también una cuestión de principios: qué tipo de República debía surgir de la guerra y cuánto de verdadera soberanía podía tener Cuba en aquellas circunstancias.
No necesita ser santo para ser grande
Nadie que interviene activamente en política atraviesa la historia sin equivocarse. Martí pudo equivocarse. Gómez pudo equivocarse. Maceo pudo equivocarse. Masó también. Pero el historiador no puede medir a un hombre únicamente por sus desaciertos, del mismo modo que tampoco debería medirlo solamente por sus victorias. Hay que observar la trayectoria completa.
Y cuando observo la trayectoria de Bartolomé Masó en su totalidad, encuentro razones suficientes para reconocer su estatura histórica. Fue un veterano de la primera gran guerra independentista. Sobrevivió a la derrota y no abandonó la causa. Regresó a la lucha en 1895. Participó en la organización política de la revolución. Ocupó responsabilidades de primer nivel dentro de la República en Armas. Compartió con Martí y Gómez momentos decisivos del proceso revolucionario. Participó en las controversias que acompañaron la conducción de la guerra y posteriormente intervino en el nacimiento político de la República.
Y cuando llegó el momento de decidir entre su aspiración personal y un proceso político que consideraba cuestionable, retiró su candidatura. No necesito convertirlo en santo. No necesito negar sus desaciertos. No necesito disminuir a Maceo para reivindicarlo. Me basta con algo mucho más sencillo: hacerle justicia histórica.
Porque la grandeza de Masó no reside en haber sido un hombre sin errores, sino en haber permanecido vinculado a la causa de Cuba a través de dos guerras, dos derrotas y una República que todavía estaba por nacer. Esa continuidad tiene un valor histórico extraordinario.
Los grandes hombres no dejan de ser grandes porque alguna vez se equivoquen. La grandeza consiste, muchas veces, en permanecer fiel a una causa aun dentro de las imperfecciones humanas.
Bartolomé Masó, con sus aciertos, sus errores, sus discrepancias y sus contradicciones, pertenece por derecho propio a esa generación de cubanos que hizo de la independencia el destino de su vida. No fue perfecto. Fue algo más importante para la historia: fue real. Y quizá ha llegado el momento de que la historiografía cubana deje de preguntarse únicamente en qué se equivocó Bartolomé Masó y comience a preguntarse también cuánto hizo por Cuba.
Porque Masó no necesita ser colocado por encima de Maceo, Gómez o Martí para recuperar el lugar que le corresponde. Basta con devolverle a la historia la totalidad de su trayectoria. La historia no necesita fabricar héroes perfectos. Necesita hombres verdaderos. Y Bartolomé Masó fue uno de ellos.
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