
La historia cubana está llena de hombres que terminaron convertidos en estatuas. El bronce, sin embargo, no permite ver las contradicciones humanas. Vicente García González, el León de Santa Rita, necesita precisamente lo contrario: ser colocado nuevamente en la historia, con sus grandezas y sus errores.
¿Fue un patriota? Sí. ¿Fue un militar extraordinariamente valeroso? También. ¿Sacrificó bienes, posición social y finalmente su propia vida por la independencia de Cuba? No existe razón seria para negarlo.
Pero hay otra pregunta: ¿Cometió errores políticos y militares de enorme gravedad que contribuyeron a debilitar la revolución que defendía También.
Reconocerlo no es atacar su memoria. Es hacerle justicia.
El hombre que se levantó contra España
Vicente García nació en Las Tunas en 1833. Desde los primeros momentos de la Guerra de los Diez Años se incorporó a la lucha y se convirtió en uno de sus principales jefes militares en Oriente. Su valor personal y sus condiciones de mando le ganaron el sobrenombre de León de Santa Rita. Combatió directamente, arriesgó repetidamente su vida y llegó a sacrificar su propia casa durante la guerra. La toma e incendio de Las Tunas, en 1876, quedó asociada a la célebre determinación de preferir la ciudad destruida antes que sometida.
Su trayectoria militar fue extraordinaria. Pero justamente allí comienza la contradicción de su figura. La Guerra de los Diez Años no necesitaba solamente generales valientes. Necesitaba también coordinación política y militar. Y esa coordinación nunca llegó a consolidarse.
Lagunas de Varona: Una herida en la revolución
El 26 de abril de 1875 ocurrió la llamada Sedición de Lagunas de Varona. Vicente García encabezó un movimiento político-militar que cuestionó al gobierno de la República en Armas y se opuso a determinadas decisiones relacionadas con el envío de fuerzas orientales hacia Las Villas, donde Máximo Gómez desarrollaba su campaña.
Pero reducir aquel episodio a una simple ambición personal de García sería también un error. Existía un profundo malestar con el funcionamiento del gobierno revolucionario, resentimientos derivados de la deposición de Carlos Manuel de Céspedes y fuertes diferencias entre civiles y militares. El movimiento reclamaba cambios en la organización política de la República en Armas.
Sin embargo, una cosa es comprender las causas de una rebelión y otra justificar sus consecuencias. Con las armas en la mano, Vicente García y otros jefes desconocieron la autoridad constituida. El movimiento profundizó las divisiones internas precisamente cuando la revolución necesitaba mayor unidad.
No fue el único responsable de las dificultades de la campaña de Gómez, pero su actuación contribuyó a debilitarlas. Y esto no debe ocultarse.
El episodio que no debe silenciarse
Existe además un episodio particularmente grave que merece ser conocido. Según el testimonio de Fernando Figueredo, dos capitanes, Domingo Deymiers y Luciano Caballero, llegaron ante Antonio Maceo procedentes del cuartel general de Vicente García y, según declararon, llevaban el encargo de comunicarle que debía fusilar a Máximo Gómez, Rafael Rodríguez y Enrique Collazo, a quienes García responsabilizaba de los males que sufría la revolución.
El episodio debe presentarse con rigor: se trata del testimonio de Figueredo sobre lo comunicado por aquellos emisarios y no de una orden escrita cuya existencia haya sido demostrada documentalmente. Pero su contenido es demasiado grave para ser omitido. Maceo no cumplió aquel supuesto encargo.
Más que convertir este episodio en una sentencia definitiva contra Vicente García, interesa comprender lo que revela: hasta qué punto las divisiones, los resentimientos y las luchas internas habían alcanzado niveles peligrosos dentro del campo independentista.
Santa Rita: la segunda crisis
La historia volvió a repetirse en 1877. La llamada Sedición de Santa Rita, también vinculada al entorno de Vicente García, reprodujo buena parte de los problemas anteriores. El gobierno revolucionario intentaba reorganizar la lucha y García recibió responsabilidades relacionadas con el mando de Las Villas, pero el movimiento de sus subordinados y sus propias discrepancias terminaron dificultando nuevamente la unidad.
No sería correcto afirmar que Vicente García quiso entregar Cuba a España. Sí es legítimo afirmar que sus enfrentamientos con el gobierno y su concepción del poder militar contribuyeron a profundizar la crisis de la República en Armas. Ese matiz es fundamental.
La contradicción de un patriota
Vicente García podía ser regionalista sin ser españolista. Podía ser caudillista sin ser traidor. Podía cometer graves errores políticos sin dejar de querer la independencia. La propia trayectoria de los últimos meses de la guerra lo demuestra.
Después de la captura de Tomás Estrada Palma, García ocupó la presidencia de la República en Armas. En aquellos momentos finales, la revolución estaba exhausta, dividida y militarmente debilitada. El 10 de febrero de 1878 se firmó el Pacto del Zanjón.
García no desapareció entonces de la lucha. Apoyó la posición de quienes rechazaban una paz sin independencia y estuvo vinculado al movimiento que condujo a la resistencia de Baraguá. En marzo de 1878 fue designado general en Jefe del Ejército Libertador.
Baraguá y el último combate
Aquí aparece la otra cara del personaje. El mismo Vicente García que había protagonizado graves conflictos internos permaneció junto al sector que rechazaba aceptar el fin de la guerra sin alcanzar la independencia. Su posición demuestra que las críticas a su conducta política no permiten convertirlo, sin más, en un traidor.
La Guerra de los Diez Años terminó por una combinación de factores: agotamiento de las fuerzas cubanas, falta de recursos, divisiones políticas, regionalismo, indisciplina, dificultades económicas y la capacidad militar y política de España. Vicente García fue parte de esas contradicciones, pero no fue la única causa de la derrota.
El exilio y la muerte
Tras el final de la guerra, Vicente García marchó a Venezuela y se estableció en Río Chico. El 4 de marzo de 1886 murió allí, a los 52 años.
La tradición histórica cubana sostiene que murió como consecuencia de la ingestión de vidrio molido colocado en su comida por un agente español. La versión está ampliamente recogida en la historiografía y en la memoria cubana, aunque, desde una perspectiva estrictamente crítica, conviene distinguir entre la tradición transmitida y aquello que pueda demostrarse documentalmente en todos sus detalles. Murió lejos de Cuba, pero no abandonó su ideal independentista.
¿Patriota o villano?
Vicente García no fue un villano. Pero tampoco necesita ser convertido en un santo. Fue un patriota de extraordinario valor que cometió errores políticos y militares de enorme gravedad. Fue un hombre profundamente comprometido con la independencia, pero también un jefe cuyo regionalismo y enfrentamientos con las estructuras de la República en Armas contribuyeron en determinados momentos a debilitar la unidad revolucionaria.
Su grandeza militar no debe borrar sus errores. Sus errores tampoco deben borrar su patriotismo. Esa es precisamente la responsabilidad de la historia: no fabricar santos ni demonios, sino comprender a los hombres dentro de las circunstancias que les tocó vivir. Vicente García no merece, por tanto, ni el desprecio ni la absolución.
Merece la verdad. Y la verdad histórica es mucho más interesante que cualquier estatua.
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