
Durante años, hablar de prostitución en Cuba remitía casi inevitablemente a una imagen: una joven, un turista extranjero y una economía de supervivencia. El escenario cambió abruptamente a comienzos de los años noventa. La desaparición de la Unión Soviética y del bloque socialista dejó a Cuba sin buena parte de sus mercados, suministros y fuentes de financiamiento. El país entró entonces en lo que el Gobierno cubano denominó «Período Especial en tiempos de paz»: una crisis económica profunda, marcada por la escasez, la pérdida del poder adquisitivo y la necesidad urgente de obtener divisas.
En ese escenario, el turismo internacional adquirió una importancia creciente. Con los visitantes llegaron los dólares y una nueva realidad económica: mientras una parte de la población sobrevivía con salarios cada vez más insuficientes, tener acceso a moneda extranjera significaba poder acceder a bienes y oportunidades prácticamente inalcanzables para otros.
Fue entonces cuando cobró particular visibilidad el llamado jineterismo y se hizo conocida la figura de la «jinetera»: jóvenes que establecían relaciones con extranjeros en las que podían mezclarse sexo, compañía, dinero, regalos, ayuda económica y, en algunos casos, la expectativa de una relación estable o de una salida del país.
Así se instaló aquella imagen que durante años pareció resumir estas historias. Pero aquella imagen, aunque real, terminó siendo demasiado pequeña. ¿Qué ocurre cuando retiramos al turista extranjero de la escena?
Y es ahí donde comienza otra historia. El escenario cambia. El extranjero ya no está en el centro de la escena. O, al menos, no es necesario que esté. Cuando se mira hacia el interior de la sociedad cubana aparece otra realidad, menos contada y mucho más difícil de encerrar en una sola palabra. Una realidad que, para muchos, forma parte de la cotidianidad y que precisamente por eso puede haber dejado de provocar preguntas.
¿Cómo llegamos a aceptar como parte de la vida diaria determinadas formas de intercambio que, en otro momento, habrían generado mayor rechazo, preocupación o debate? ¿Qué ocurre cuando algo deja de sorprendernos, no necesariamente porque haya dejado de ser problemático, sino porque hemos aprendido a convivir con ello?
No es que no lo veamos. Tal vez, simplemente, hemos dejado de preguntarnos.
¿Qué ocurre cuando quien tiene algo que el otro necesita no tiene que venir de otro país? Puede ser dinero, un automóvil, una vivienda, acceso a determinados productos, la posibilidad de resolver una necesidad o, en otros casos, algo todavía más intangible: la promesa de una vida diferente.
En una sociedad atravesada durante décadas por la escasez, las relaciones humanas tampoco permanecen completamente al margen de la economía. Y aquí comienza a desdibujarse una frontera.
Hay situaciones en las que el sexo aparece ligado a dinero, regalos, vivienda, transporte, alimentos, ayuda económica, acceso a bienes o a una posible salida del país. En otras, lo que existe es compañía o afecto mezclado con expectativas materiales. No todas esas situaciones son iguales ni todas implican una relación de intercambio sexual.
Cuando el encuentro sexual se vincula directa o indirectamente con la obtención de dinero, bienes, servicios, protección u otros beneficios, podemos hablar de sexo transaccional. La transacción no siempre adopta la forma de un pago explícito. Puede presentarse como regalos, ayuda económica, manutención, vivienda, oportunidades o promesas de futuro. Y puede existir dentro de relaciones que quienes participan no consideran prostitución.
Precisamente por eso es necesario distinguir. Una relación de conveniencia no es necesariamente prostitución. Una relación con diferencias económicas no es necesariamente sexo transaccional. Y una relación donde existe sexo y algún beneficio material tampoco puede interpretarse automáticamente de una sola manera.
¿Dónde termina una relación basada en el interés y dónde comienza una transacción? ¿Y qué ocurre cuando quienes participan ni siquiera utilizan la palabra prostitución para describir lo que están haciendo?
No todas estas situaciones pueden llamarse prostitución. Necesitamos mirar desde dentro, distinguir sus formas y preguntarnos qué fuerzas sociales están detrás de ellas. Porque quizás la pregunta más incómoda no sea quién se vende. Quizás sea qué está dispuesta a intercambiar una sociedad cuando sobrevivir se convierte en una forma de vida.
Los jóvenes
¿Quiénes están entrando ahora en esta escena? Entre los rostros que aparecen hay jóvenes.
Algunas historias comienzan lejos de La Habana. Una joven de unos treinta años viajaba desde un municipio del interior hasta la capital para encontrarse con hombres con los que establecía relaciones a cambio de dinero y otros beneficios. Ella no hablaba de prostitución. Hablaba de trabajo.
Durante un tiempo, el desplazamiento formó parte de ese trabajo. Pero cuando la crisis del transporte hizo cada vez más difícil viajar, algo cambió. No dejó de trabajar. Cambió la manera. La necesidad permaneció. El escenario cambió.
En su caso, detrás de aquella actividad había también un propósito: reunir dinero, mejorar sus condiciones de vida y encontrar una oportunidad que pudiera abrirle una puerta para salir del país.
No sabemos cuántas historias como esta existen. Y precisamente por eso no deberíamos convertir una experiencia individual en una estadística. Pero hay algo que sí podemos observar. Cuando cambió el transporte, cambió también el modo de realizar el trabajo.
¿Qué ocurre cuando una actividad que antes necesitaba presencia física puede trasladarse a una pantalla? Pero la historia no termina en quién realiza esa actividad. También está la familia. En esta historia, su madre lo sabía. No le reprochaba lo que hacía y parte de los beneficios obtenidos contribuía también a resolver necesidades de la casa.
Aquello no aparecía necesariamente como un secreto que hubiera que ocultar. Era, sencillamente, una forma de obtener ingresos. Y aquí vuelve a importar la palabra. Trabajo. No prostitución. No transacción. Trabajo.
Durante el llamado Período Especial también existieron experiencias en las que jóvenes eran enviados desde otras provincias hacia La Habana a «luchar». Esa expresión podía esconder distintas formas de supervivencia, entre ellas relaciones con hombres a cambio de dinero, bienes o ayuda.
Cuando el resultado permitía llevar comida, ropa, dinero u otros recursos a la casa, la frontera entre lo que se condenaba y lo que se toleraba podía hacerse menos nítida.
¿Qué pasa cuando una sociedad condena una conducta en público, pero la tolera en privado porque ayuda a resolver una necesidad?
Hombres y mujeres adultas
Hasta aquí hemos hablado de jóvenes. Pero esta realidad no termina en ellos. También están los adultos: hombres y mujeres que, por razones distintas, entran en relaciones donde el afecto, la necesidad y los recursos pueden terminar mezclándose.
Y no siempre es el hombre quien tiene algo que ofrecer. En una sociedad donde determinados bienes se han vuelto especialmente valiosos, una casa, un automóvil, un empleo con determinadas ventajas, el acceso a productos escasos, una actividad económica propia o la posibilidad de ayudar económicamente pueden convertirse en elementos que pesan al establecer una relación.
Una mujer puede tener una vivienda que otra persona necesita. Un hombre puede disponer de un automóvil. Alguien puede tener acceso a determinados productos. Otro puede tener una pequeña empresa, contactos, ingresos superiores o posibilidades de viajar y emigrar.
Y esos recursos pueden modificar las relaciones entre las personas. No significa que toda relación donde exista una diferencia económica sea una transacción. Tampoco que toda persona que busque una pareja con determinadas condiciones esté intercambiando afecto por beneficios. La cuestión es otra.
¿Qué ocurre cuando aquello que una persona puede ofrecer empieza a pesar tanto como lo que esa persona es?
En las conversaciones cotidianas aparecen frases que parecen inocentes: alguien que «te ayude», alguien que «te resuelva», alguien que «tenga condiciones», alguien que «pueda sacarte adelante». Son expresiones que forman parte del lenguaje de la necesidad. Pero también pueden revelar algo más profundo: la manera en que las condiciones materiales terminan entrando en espacios que, al menos en teoría, pertenecen a la intimidad.
Porque no estamos hablando solamente de dinero entregado a cambio de sexo. Estamos hablando de relaciones en las que pueden coexistir compañía, deseo, afecto, necesidad económica, protección, expectativas de futuro y conveniencia.
A veces será una cosa. A veces, otra. Y muchas veces, varias al mismo tiempo.
No hay una fórmula que permita saber dónde termina el afecto y comienza la conveniencia. Las relaciones humanas rara vez caben en una sola explicación.
La familia y el «buen partido»
Hay algo más que ocurre dentro de estas relaciones y que pocas veces se mira: la familia.
Cuando una madre busca una pareja que pueda ayudarla a mejorar sus condiciones de vida, esa posibilidad puede ser observada también por sus hijos. Para ellos, que su madre encuentre a alguien que pueda ofrecerle estabilidad, vivienda, recursos, una vida diferente o incluso una posibilidad de salir del país puede convertirse en una esperanza propia.
Lo que beneficia a la madre puede beneficiar también a los hijos.
Y entonces aparece una palabra que pertenece a otro tiempo, pero que quizá no ha desaparecido del todo: buen partido. Durante generaciones, encontrar un «buen partido» significó, entre otras cosas, encontrar a alguien que pudiera garantizar determinadas condiciones materiales, estabilidad y posición social. El matrimonio nunca fue solamente un asunto de sentimientos. También estuvo relacionado con patrimonio, seguridad, familia y futuro.
La diferencia es que hoy esas expectativas pueden aparecer dentro de un escenario marcado por la escasez, la emigración y la necesidad. Y quizá por eso ciertas relaciones pueden ser recibidas por el entorno familiar no con preocupación, sino con esperanza.
¿Qué ocurre cuando una relación que desde fuera podría parecer basada en la conveniencia es vista por una familia como una oportunidad?
Tal vez ahí podamos comprender mejor por qué algunas conductas dejan de generar rechazo. No necesariamente porque hayan cambiado las personas. Quizás porque también han cambiado las circunstancias desde las cuales juzgamos lo que ocurre.
Cuando el encuentro cabe en una pantalla
Si cambian las necesidades y los recursos que las personas buscan, también cambia el lugar donde se encuentran. Durante mucho tiempo, ese encuentro necesitó de la calle, de un bar, de un parque, de un hotel, de una amistad en común. Ahora puede comenzar en una pantalla.
El teléfono cambió algo más que la manera de comunicarse. Una fotografía puede sustituir el primer encuentro. Un mensaje puede abrir una puerta que antes solo podía abrirse en la calle. Una conversación puede comenzar a cientos de kilómetros de distancia. Un perfil puede mostrar, antes de cualquier encuentro, aquello que alguien quiere ofrecer de sí mismo. Y detrás de una pantalla pueden comenzar relaciones que mezclan compañía, afecto, necesidad económica, expectativas de futuro o la esperanza de una vida diferente.
Las redes sociales no inventaron esas búsquedas. Pero cambiaron la manera de encontrarse, la distancia, la velocidad y, en algunos casos, la privacidad con que se establecen esos contactos.
WhatsApp, Facebook, Instagram, Telegram y los grupos destinados a conocer personas forman parte de ese nuevo paisaje. Hay quienes buscan compañía. Quienes buscan una relación estable. Quienes esperan encontrar una pareja que viva fuera de Cuba. Quienes buscan emigrar. Y quienes, sencillamente, intentan encontrar una forma de mejorar sus condiciones de vida.
Todo puede comenzar con una fotografía. Con un mensaje. Con un «Hola». Pero ¿qué ocurre después? Una pantalla puede facilitar el encuentro, pero no explica qué busca cada persona al otro lado.
Cuando la vulnerabilidad entra en escena
Hasta aquí hemos hablado de adultos. De personas que buscan, ofrecen, negocian, esperan o necesitan. Pero hay una frontera que no podemos cruzar utilizando las mismas palabras. Son los menores. Niños, niñas y adolescentes que pueden quedar atrapados en situaciones de explotación sexual, abuso o intercambio de beneficios que involucran a adultos.
Aquí la pregunta ya no puede ser solamente qué busca cada persona. Hay que preguntarse también quién tiene el poder. Y quién puede decir que no.
En algunos testimonios aparecen adolescentes que, todavía en edades escolares, entran en situaciones con adultos en las que pueden estar presentes dinero, regalos, teléfonos, ropa, alimentos, salidas u otras formas de beneficio. A veces el entorno familiar conoce la situación. A veces puede incluso tolerarla. Pero el conocimiento o la tolerancia de un adulto no convierte esa situación en una relación entre iguales.
Un adolescente no ocupa frente a un adulto la misma posición de poder, experiencia o capacidad de decisión. Por eso, cuando hablamos de menores, las palabras importan. No se trata simplemente de «prostitución». Estamos ante situaciones que pueden constituir explotación sexual y otras formas de violencia y abuso contra personas menores de edad.
Y aquí el problema deja de ser solamente individual. ¿Qué ocurre cuando la necesidad económica de una familia, la falta de oportunidades o la normalización de determinadas conductas terminan exponiendo a sus propios menores? ¿Qué sucede cuando aquello que comenzó como una forma de «resolver» termina convirtiendo la vulnerabilidad de un adolescente en un recurso para otros? ¿Qué tiene que ocurrir dentro de una sociedad para que la necesidad llegue hasta quienes deberían estar más protegidos?
No hay una respuesta sencilla. Pero sí hay una diferencia que no podemos perder de vista. Comprender las circunstancias que rodean una situación de explotación no significa justificarla. Significa intentar entender cómo una sociedad llega hasta ese punto. Y al llegar aquí, el recorrido vuelve inevitablemente a nuestra pregunta inicial: ¿Qué le sucede a los códigos de una sociedad cuando la supervivencia se prolonga durante generaciones?
Último telón
Después de recorrer estas historias, quizá la pregunta ya no sea solamente quién se vende, quién compra o quién busca en una relación una posibilidad de mejorar su vida. Quizás debamos mirar un poco más allá de las decisiones individuales. Porque las sociedades también cambian mientras intentan sobrevivir.
Cambian sus palabras, sus límites. Cambian aquello que condenan, aquello que toleran y, a veces, aquello que dejan de cuestionarse.
No todas las historias son iguales, no todas las relaciones responden a las mismas razones y no todas las situaciones pueden explicarse de una sola manera. Pero hay algo que atraviesa este recorrido: la necesidad también modifica la manera en que las personas se relacionan entre sí. Y con el tiempo, aquello que parecía impensable puede comenzar a formar parte de lo cotidiano.
No se trata solamente de cuánto empobrece una crisis a una sociedad. También importa cuánto la transforma. ¿Qué está dispuesta a intercambiar una sociedad cuando sobrevivir se convierte en una forma de vida? Y cuando hablamos de que el cuerpo puede convertirse en moneda, ¿hablamos solamente del cuerpo físico? ¿O también de la voluntad, de los afectos, de las expectativas, de las convicciones, de los límites que estamos dispuestos a mover y de aquello que una sociedad aprende, poco a poco, a aceptar?
¿Qué estamos poniendo realmente en juego cuando la necesidad empieza a negociar con nuestros propios códigos?
Tal vez esa sea la pregunta que quede cuando caiga el último telón.
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