
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva militar contra Irán que transformó profundamente el escenario estratégico de Oriente Medio. Independientemente de la valoración que se haga de aquella decisión, seis meses después Washington se enfrenta a una realidad ineludible: terminar una guerra puede resultar mucho más complicado que comenzarla.
El problema ya no consiste en determinar si se debió atacar a Irán o no. La cuestión radica ahora en establecer qué condiciones permitirían concluir el conflicto, qué amenazas permanecerían y cuáles serían las consecuencias de cada alternativa.
Una guerra inconclusa podría dejar a Estados Unidos ante un adversario debilitado, pero todavía capaz de atacar sus bases, amenazar a Israel y comprometer la seguridad de sus aliados árabes. Una prolongación indefinida, por otra parte, podría multiplicar los costos estadounidenses y agravar la inestabilidad regional.
Estados Unidos posee una superioridad militar considerable sobre Irán. Sus fuerzas aéreas y navales han demostrado capacidad para realizar miles de ataques contra instalaciones militares iraníes, centros de mando, defensas antiaéreas, fábricas de armamento y sistemas de misiles. Pero esa ventaja militar no ha garantizado la rendición del enemigo.
La guerra se desarrolla principalmente sobre territorio iraní y en instalaciones estadounidenses de Oriente Medio. Irán no dispone de una capacidad convencional equivalente para bombardear sostenidamente el territorio continental de Estados Unidos.
Sin embargo, esa superioridad no ha impedido que Teherán cause daños importantes. El informe del inspector general del Pentágono, publicado el 14 de septiembre, documenta centenares de estructuras estadounidenses dañadas o destruidas en bases distribuidas por ocho países. También identifica pérdidas de aeronaves, dificultades logísticas y problemas de reposición de municiones. La diferencia entre superioridad militar y victoria política es fundamental: destruir instalaciones enemigas no garantiza que el adversario acepte las condiciones exigidas para terminar la guerra.
El precio de seis meses de enfrentamiento
La Oficina Presupuestaria del Congreso estadounidense calcula que la guerra había costado aproximadamente 38.000 millones de dólares hasta el 1 de agosto y podría exigir otros 3.000 millones mensuales.
Dieciocho militares estadounidenses habían perdido la vida, según el balance publicado por Reuters el 15 de septiembre. Los ataques iraníes también han ocasionado pérdidas materiales significativas y han obligado al Pentágono a revisar sus reservas de armamento.
Irán, por su parte, ha sufrido una extensa campaña de bombardeos contra su infraestructura militar, industrial y naval, además de importantes pérdidas humanas y daños económicos. No existe todavía una contabilidad independiente y completa que permita establecer con precisión el valor de todas sus pérdidas.
El balance incluye también numerosas víctimas civiles iraníes.
Para Washington, la cuestión económica tiene otra dimensión: cada misil interceptor consumido y cada aeronave destruida representan recursos que no estarán disponibles inmediatamente para otros escenarios militares.
El riesgo para Israel y los aliados árabes
Una de las principales preocupaciones estratégicas es qué ocurriría si Irán conservara suficientes capacidades militares para continuar amenazando a sus vecinos después de un eventual acuerdo.
Israel tendría que considerar la posibilidad de nuevos ataques con misiles, drones o fuerzas aliadas de Teherán. Arabia Saudí, Kuwait, Qatar, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos continuarían expuestos a represalias contra instalaciones militares, terminales petroleras, puertos y otras infraestructuras.
No obstante, esos mismos países también afrontan graves riesgos si la guerra se intensifica. Según Axios, las preocupaciones de Arabia Saudí y Qatar por posibles ataques contra su infraestructura energética contribuyeron a que Trump aplazara una ampliación de los bombardeos en agosto. Sus intereses de seguridad incluyen tanto limitar las capacidades ofensivas iraníes como evitar una guerra regional prolongada. Una solución duradera tendría que abordar ambas preocupaciones.
Rusia, China y el problema de la credibilidad estadounidense
Moscú y Pekín observan atentamente el desarrollo del conflicto. Existen investigaciones sobre el apoyo ruso de inteligencia a Irán y documentación acerca de redes chinas vinculadas con el régimen de la nación persa. Sería ingenuo pensar que los principales rivales de Estados Unidos no están dando el mayor apoyo posible a su viejo aliado.
El 17 de septiembre, Rusia y China vetaron una resolución estadounidense destinada a prolongar la supervisión de las sanciones internacionales contra Irán. La decisión constituye un claro apoyo al régimen de los ayatollahs.
Un conflicto que termine sin resolver las principales disputas estratégicas podría influir en los cálculos de otros adversarios de Washington. Rusia podría examinar las consecuencias para la disponibilidad de armamento estadounidense mientras continúa su guerra contra Ucrania. China podría estudiar el desgaste de los arsenales y la capacidad industrial norteamericana en relación con sus propios intereses estratégicos en Asia.
Corea del Norte y los regímenes de Cuba y Venezuela también podrían interpretar el desenlace como favorable a sus intereses.
La credibilidad internacional de Estados Unidos y sus aliados depende de su fortaleza militar, de su capacidad para cumplir compromisos, preservar alianzas y convertir las operaciones militares en resultados políticos sostenibles.
Trump, el Congreso y una opinión pública dividida
El presidente Donald Trump se encuentra ante decisiones difíciles. En una entrevista publicada ayer por Axios, reconoció que está considerando la posibilidad de reanudar bombardeos a gran escala. Antes de decidir, pretende consultar a los dirigentes de seis países del golfo Pérsico durante la Asamblea General de Naciones Unidas.
Entretanto, el Congreso muestra diferencias importantes. El 15 de septiembre, la Cámara de Representantes aprobó, por 220 votos contra 204, una resolución destinada a detener las hostilidades no autorizadas. Todos los demócratas y siete republicanos respaldaron la medida. La resolución no se ha convertido en ley.
Las encuestas también reflejan reservas entre los ciudadanos estadounidenses. Reuters informó en agosto que el respaldo a la intervención había descendido hasta aproximadamente el 31%.
La prolongación de la guerra, las bajas militares, el encarecimiento energético y las consecuencias para la economía forman parte del debate público.
Una estrategia de terminación debería responder tanto a las amenazas exteriores como a las obligaciones constitucionales y a los costos que soporta la población. Estados Unidos necesita una pronta y clara victoria. Pero, ¿qué significa una victoria clara?
Consistiría, al menos, en impedir que Irán produzca armas nucleares, destruir sus capacidades militares ofensivas, garantizar la navegación por el estrecho de Ormuz y conseguir que Teherán deje de atacar a sus vecinos.
Son objetivos distintos, con costos, riesgos y requisitos diferentes. Exigir una rendición incondicional podría requerir operaciones mucho más extensas, sin garantía de obtener una estabilidad posterior. Una negociación insuficientemente verificable, en cambio, podría permitir que Irán reconstruyera capacidades militares y reanudara actividades restringidas.
Ambas posibilidades merecen un examen riguroso. La historia de los conflictos militares demuestra que destruir fuerzas enemigas y construir un orden político estable son tareas diferentes.
El desenlace y la seguridad futura
El conflicto iniciado el 28 de febrero ha creado obligaciones y riesgos que no desaparecen simplemente porque alguno de los participantes anuncie el final de las operaciones.
Estados Unidos necesita definir qué resultados persigue, cuáles son las condiciones verificables para alcanzarlos y cómo protegería a sus fuerzas y aliados después de la guerra.
También deben examinarse las consecuencias de una posible ampliación militar: más víctimas, represalias regionales, interrupciones energéticas y un desgaste adicional de los arsenales estadounidenses.
La posibilidad de atentados futuros contra territorio norteamericano merece atención de los servicios de inteligencia. El régimen iraní buscará la forma de vengar la muerte de Alí Jamenéi.
El desenlace del conflicto tendrá repercusiones para Israel, los países árabes, los aliados y adversarios estratégicos de Washington.
La cuestión decisiva no es solamente cómo demostrar superioridad militar, sino cómo transformar esa superioridad en victoria y condiciones de seguridad duradera.
Lo que se anuncia se empieza y lo que se empieza se termina, y no lo debe olvidar Donald Trump ya se trate de Irán, Venezuela o Cuba.
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