
La primera vez que perdió a alguien sin que nadie muriera, todavía estaba en Cuba. Era una amiga de la universidad. Se llamaba Gilda. Habían compartido los años de la carrera, las investigaciones, las caminatas, las peñas literarias, los helados, los cumpleaños y las confidencias. Eran jóvenes alegres y responsables, de esas que podían pasar horas hablando de literatura y al mismo tiempo tomarse muy en serio un trabajo de campo.
No vivían en la misma ciudad. Ella estaba albergada y cada fin de semana emprendía el regreso a casa, en una travesía de transportación difícil. En la casa de su amiga encontraba algo parecido a un refugio. Allí podía comer, bañarse, conversar. Allí también compartieron una investigación que las llevó a caminar por barrios santiagueros, tocar puertas, conversar con sus habitantes, grabar sus voces y después regresar con aquellas palabras para analizarlas. Estudiaron el habla popular y la fonètica. La lengua de la gente la convirtieron en objeto de estudio, mientras ellas todavía estaban aprendiendo a construir sus propias vidas.
Se graduaron en el año 2000. Luego perdió el contacto con la amiga. Ella defendió su tesis embarazada. Su primer hijo había llegado mientras terminaba la carrera y ya no vivía aquella rutina de beca. Había comenzado otra etapa. Después, la vida siguió.
Tuvo hijos. Cambió de casa. Cambió de lugar. Conoció otras personas. Algunas llegaron para quedarse durante años; otras apenas alcanzaron a compartir algunos momentos. Una vecina se convirtió en una especie de madre postiza para uno de sus niños. Lo bañaba, lo cuidaba, preparaba unos tamales que todavía recuerda como si pudiera sentir su sabor, hacía sopa de pato, tomaba café con ella y conversaban durante horas.
Cuando comenzó a trabajar como periodista independiente, aquella mujer estuvo allí. Las amenazas también llegaron a aquella casa. Le pidieron que no siguiera cuidando al niño. Pero no le dio la espalda. Hay personas que entran en una vida de una manera tan decisiva, que algún día habrá que recordarlas.
Quizás por eso las despedidas suelen llegar tarde a la memoria. Ella también fue dejando lugares. Del Oriente se trasladó a otros sitios de la misma región. Pasó por Mella y después regresó a Santiago. En cada mudanza había personas que quedaban atrás. No eran todavía las grandes despedidas que vendrían después. Eran pérdidas pequeñas, casi invisibles, producidas por la distancia, por una nueva casa, por una nueva etapa.
En Santiago realizó más fuerte activismo político y conoció al padre de su hija menor. También comenzó a viajar fuera de Cuba: España, República Dominicana, Argentina, Estados Unidos, Corea del Sur, Trinidad y Tobago, Panamá,etc.
Salía y regresaba. Durante un tiempo, irse todavía significaba volver. En una de aquellas experiencias internacionales participó en una importante cumbre regional. Allí conoció a otros activistas, habló sobre Cuba y vivió momentos de tensión con simpatizantes del régimen cubano que también habían acudido al encuentro. La denuncia terminó llegando a diferentes medios. Fueron días intensos, de voces alzadas y emociones difíciles de olvidar.
Pero todavía había regreso. Todavía existía la posibilidad de tomar un avión, atravesar el cielo y volver a pisar la tierra conocida. Después de terminar la relación con el padre de su hija, cuando la niña tenía apenas dos años y medio, ella se trasladó al Occidente. Y volvió a empezar.
En cada lugar construía una pequeña red de personas. Una conversación aquí. Una amistad allá. Alguien que preguntaba por los niños. Alguien que necesitaba ayuda con un asunto escolar. Alguien que llegaba a comprar algo, a vender algo, a pedir consejo. Muchos pasaban por aquella mesita de venta que terminó convirtiéndose también en un punto de encuentro.
La vida estaba hecha de gente. Había vecinos como Cheo, que sabían todo lo que ocurría en la cuadra. Había quien llevaba como Chichiro el pan, la leche, los mandados, siempre muy servicial. Había quien vendía aguacates. Había un afilador que recorría la calle y llevaba para su casa viandas y ensaladas a diario. Había una anciana solitaria con quien se podía compartir por las mañanas un pequeño vaso de leche o unos fritos.
Estaba Juana, con sus cafés y sus plantas medicinales. Estaba el profesor que había sido un gran deportista y que un día se fue muy enfermo. Estaba aquella mujer muy anciana, todavía fuerte y derecha, sociable, que después se mudó a otra provincia. Estaban los niños corriendo por el portal, jugando, haciendo deportes. Los partidos de fútbol que podían terminar en lágrimas o carcajadas según el equipo. Las tardes de playa. Los dulces de la dulcería del barrio. Los helados por la noche. Estaban los apagones.
Cuando se iba la electricidad, los vecinos salían a los portales. Conversaban, contaban historias, extendían catres y podían terminar durmiendo hasta las dos o las tres de la madrugada. A veces la comida quedaba a medio hacer porque se había ido la corriente.
También faltaba el agua. Entonces los vecinos se ayudaban para que todos pudieran recoger aunque fuera un poco. Y llegó la pandemia. Hubo croquetas, nasobucos hechos en casa, niños estudiando dentro de las viviendas. La casa se convirtió en escuela, comedor, refugio y mundo.
Hoy, cuando recuerda aquella época, comprende que no extraña solamente a las personas, extraña también todo lo que sucedía alrededor de ellas. Porque la memoria no conserva solamente rostros. Conserva gestos, sonidos, sabores, horarios, objetos y pequeñas costumbres. Conserva una voz llamando desde un portal, el olor del café, una conversación interrumpida, un niño que se pierde jugando al fútbol y vuelve cuando ya muchos están desesperados.
Conserva incluso aquello que parecía insignificante. Quizás porque, cuando se está lejos, lo insignificante adquiere otro tamaño. Su vida siguió cambiando. Continuó trabajando, escribiendo, haciendo activismo. Las circunstancias políticas fueron endureciendo el espacio en el que podía vivir y trabajar. Había sufrido registros en su casa, detenciones, breves encarcelamientos, amenazas y la pérdida de su trabajo como profesora universitaria.
Pero continuó. Hasta que llegó el momento en que irse dejó de significar volver. Para entonces ya había aprendido que las personas podían desaparecer de una vida de muchas maneras. Unas morían. Otras emigraban. Otras se mudaban a otra provincia. Otras quedaban al otro lado de una frontera. Y algunas simplemente quedaban atrás porque ella había tenido que marcharse.
A su familia la despidió muchos días antes de la salida definitiva. No fue una despedida de aeropuerto. Fue en una casa, con la anticipación dolorosa de quien sabe que está cerrando una etapa aunque todavía no haya llegado el momento de partir. Después vino el viaje desde el Occidente hacia el Oriente con su hija menor. Fue un viaje triste, incómodo, atravesado por la incertidumbre. La salida se retrasó durante unas ocho semanas mientras esperaba saber qué ocurriría con el padre de la niña y si finalmente podrían marcharse.
Cuando llegaron al aeropuerto todavía no estaba segura de nada. Hubo tensión. Espera. Trámites. Horas que parecían no terminar. Y entonces llegó el momento. Le dijeron que podía salir. Podía abordar el avión. Había deseado durante años marcharse. Había imaginado otras vidas, otros horizontes, otro medio no hostil para sus hijos y para ella misma.
Sin embargo, cuando escuchó que finalmente podía subir al avión, ocurrió algo que ninguno de aquellos deseos había podido anticipar.Entendió que se iba de su tierra. No era un viaje más. No era salir para regresar. Era partir.
Y quizás fue entonces cuando comprendió que emigrar no consistía solamente en cambiar de país. También significaba empezar a vivir con despedidas que nunca habían ocurrido.
Después vinieron otras ausencias. Personas que emigraron sin que pudiera abrazarlas por última vez. Personas que murieron mientras ella estaba lejos. Personas cuya vida continuó en otro lugar y que, aunque siguieran vivas, ya no formaban parte de la cotidianidad.
Entre ellas Mayi, Yali y Zizi, sus amigas. Vecinos, conocidos, personas con las que había compartido años y pequeñas cosas que nunca parecieron importantes hasta que dejaron de ser posibles.
No solamente se pierde a quienes mueren. También se pierde, a veces para siempre, la posibilidad de despedirse de quienes siguen vivos. Y existe otra pérdida más silenciosa: la de no estar presente en el cumple al que no se asistió. La enfermedad que se conoció tarde. El café que ya no se compartió. La planta medicinal que alguien ya no pudo ofrecer. La conversación que quedó pendiente. El niño que creció sin que ella pudiera ver todos sus cambios. La madre que envejece lejos.
Estando conectados, las llamadas, los mensajes permiten saber, pero la pantalla no sustituye el portal. No sustituye el café. No sustituye una mano sobre el hombro. No sustituye estar allí.
Ahora tiene casi cincuenta años y puede mirar hacia atrás y descubrir una vida llena de personas. No fue una mujer sola. Tuvo demasiada gente alrededor. Y quizá por eso conoce ahora una forma particular de soledad: sentirse sola después de haber tenido tanto. Pero hay un temor que resulta todavía más difícil de acomodar. Su abuela, la mujer que la crió, tiene noventa años.
Está allí. Y precisamente porque está allí existe el miedo. El miedo a recibir algún día una noticia y no poder llegar. El miedo a perder a su madre, a sus hijos estando lejos. El miedo a que otras muertes, vuelvan a encontrarla a una distancia que no puede cruzar.
Hay pérdidas que ya ocurrieron. Hay otras que todavía no. Y entre ambas permanece lo incierto. Porque desde que se fue, aprendió algo que no sabía cuando era niña y jugaba bajo la mata de mango: que una persona puede estar viva y, sin embargo, comenzar a formar parte de la ausencia.
Y que emigrar también puede significar eso: perder despedidas, antes de saber que se estaban perdiendo.
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