
El 23 de diciembre de 1899, Leonard Wood asumió el gobierno militar de Cuba en sustitución del general John R. Brooke. Médico militar, veterano de la guerra contra España y hombre cercano a Theodore Roosevelt, Wood llegaba a La Habana con una experiencia previa en Santiago de Cuba y con una concepción mucho más activa de la administración.
Su gobierno se extendería hasta el 20 de mayo de 1902, fecha en que entregó formalmente el poder a Tomás Estrada Palma y concluyó la ocupación militar estadounidense.
Pero Wood no fue simplemente el hombre que preparó una transición administrativa. Su gestión estuvo marcada por una contradicción fundamental: modernizó importantes estructuras de la sociedad cubana mientras contribuía a establecer las condiciones políticas de una independencia limitada.
Un militar con mentalidad de reformador
Wood poseía una característica poco común entre los gobernantes militares: era médico. Esa formación influyó decisivamente en su administración. Durante su gobierno se desarrollaron campañas de saneamiento, reorganización sanitaria, mejoras hospitalarias, control de enfermedades y obras de infraestructura. La administración militar destinó importantes recursos a la sanidad y reorganizó servicios públicos que habían quedado profundamente deteriorados después de la guerra.
También impulsó reformas en la educación, los tribunales, la administración municipal y las estructuras fiscales. La documentación oficial de su gobierno muestra una administración mucho más amplia que la simple presencia militar: existieron departamentos dedicados a educación, agricultura, obras públicas, sanidad, hospitales e inmigración.
En este aspecto, Wood comprendió algo fundamental: no bastaba con retirar a España; había que construir las instituciones capaces de sostener la nueva República.
Su relación con los cubanos
La relación de Wood con los cubanos fue compleja. No puede afirmarse que mantuviera una política de exclusión absoluta. Por el contrario, incorporó a cubanos a posiciones importantes de su administración. Entre ellos estuvieron figuras procedentes del Ejército Libertador y personalidades intelectuales como Enrique José Varona.
Su administración buscó además la colaboración de sectores del antiguo movimiento independentista. Sin embargo, cooperación no significaba igualdad de poder. La autoridad última continuaba en manos del gobernador militar estadounidense. Los cubanos podían participar en la administración, pero no eran todavía los dueños del Estado. Esta diferencia explica buena parte de las tensiones de aquellos años.
Hombres como Máximo Gómez, Juan Gualberto Gómez, Salvador Cisneros Betancourt y Manuel Sanguily defendían el establecimiento de una República soberana. Frente a ellos existían sectores que consideraban conveniente una relación estrecha con Estados Unidos e incluso la anexión.
Wood se inclinaba claramente hacia esta última corriente. Estudios históricos han señalado su posición anexionista y su convicción de que Cuba debía quedar vinculada estrechamente a Estados Unidos.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones de su gobierno. El hombre que preparaba a Cuba para gobernarse a sí misma no estaba convencido de que la plena soberanía cubana fuera necesariamente el mejor destino.
Finlay, Reed y la batalla contra la fiebre amarilla
Si existe un capítulo de la administración Wood que merece reconocimiento histórico sin reservas sobre su importancia, es la lucha contra la fiebre amarilla. Carlos J. Finlay había sostenido desde 1881 que el mosquito era el agente transmisor de la enfermedad. Durante años su teoría fue ignorada o recibida con escepticismo.
En 1900, la Comisión de la Fiebre Amarilla encabezada por Walter Reed investigó el problema en Cuba. Wood respaldó la investigación y autorizó recursos y experimentos que permitieron comprobar científicamente la teoría de Finlay.
Después de la confirmación, Wood apoyó la campaña sanitaria dirigida por William C. Gorgas. El resultado fue extraordinario. En La Habana se pasó de centenares de muertes por fiebre amarilla en 1900 a solo 18 durante 1901, y para septiembre de ese año la enfermedad había desaparecido de la capital.
Aquí es necesario hacer justicia histórica: no fue una victoria exclusivamente estadounidense. Finlay aportó la teoría; científicos cubanos participaron en el proceso; Walter Reed y su comisión proporcionaron la confirmación experimental; Gorgas ejecutó la campaña sanitaria y Wood proporcionó respaldo político y administrativo.
Fue, en realidad, una de las grandes colaboraciones científico-sanitarias entre cubanos y estadounidenses de aquellos años.
Educación, justicia y Administración
Wood entendió también que la futura República necesitaría ciudadanos y funcionarios preparados para ejercer responsabilidades desconocidas para una sociedad que acababa de salir del dominio colonial. Su administración reorganizó la enseñanza primaria, promovió nuevos programas educativos y desarrolló un sistema judicial más moderno.
En materia administrativa se intentó sustituir estructuras heredadas del régimen colonial por instituciones compatibles con un Estado republicano. La intención declarada era preparar a los cubanos para el autogobierno. El propio Wood defendió posteriormente que su administración había tratado de crear las condiciones necesarias para que Cuba pudiera asumir sus responsabilidades políticas.
Y aquí también existe una verdad que no debería perderse en las disputas ideológicas: muchas de esas reformas sobrevivieron a la ocupación y formaron parte de la estructura sobre la que comenzó la República.
La Constitución y la gran contradicción
En noviembre de 1900 comenzó a trabajar la Convención Constituyente cubana. Wood fue quien la convocó y quien abrió oficialmente sus sesiones. Pero su discurso inicial contenía una advertencia decisiva: los constituyentes debían elaborar una Constitución y determinar las futuras relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
El problema estaba precisamente allí. Cuba estaba elaborando su Constitución bajo una autoridad extranjera. Y mientras los constituyentes discutían el futuro de la nación, Washington preparaba las condiciones que terminarían imponiendo la Enmienda Platt.
Wood no fue el único responsable de aquella política. La Enmienda fue una decisión del Congreso estadounidense y formó parte de una estrategia diseñada desde Washington. Pero Wood fue el instrumento político y administrativo encargado de hacerla efectiva en Cuba.
La independencia tendría, por tanto, un precio. La futura República debía aceptar determinadas condiciones sobre sus relaciones exteriores, deuda, saneamiento y presencia estadounidense. Entre ellas estaría la posibilidad de intervención de Estados Unidos y el establecimiento de bases navales. La promesa de independencia se cumplía, pero no en los términos de una soberanía completamente libre de tutela externa.
El final: 20 de mayo de 1902
El 20 de mayo de 1902 ocurrió finalmente aquello que había comenzado a anunciarse cuatro años antes. A mediodía, Leonard Wood transfirió el gobierno y control de Cuba al presidente Tomás Estrada Palma y al Congreso de la República. En su comunicación oficial declaró terminada la ocupación militar estadounidense.
La bandera cubana volvió a ocupar el lugar que correspondía al nuevo Estado. La República nacía. Pero nacía acompañada por la Enmienda Platt y por una relación de dependencia política que marcaría buena parte de su primera etapa.
Conclusión: Un gobernante de contradicciones
¿Cómo valorar históricamente a Leonard Wood? No sería serio convertirlo ni en héroe absoluto ni en simple instrumento imperial. Su administración produjo transformaciones reales y profundas. Mejoró la sanidad, contribuyó decisivamente a la eliminación de la fiebre amarilla, reorganizó la educación, fortaleció instituciones administrativas y judiciales, impulsó obras públicas y ayudó a crear las estructuras sobre las cuales pudo comenzar a funcionar la República. Pero también es cierto que todo aquello ocurrió bajo una ocupación militar extranjera.
Wood preparó a Cuba para el autogobierno, pero simultáneamente participó en la construcción de una relación de tutela que restringió la soberanía de la República. Su relación con los cubanos fue, por ello, ambivalente: buscó su colaboración, incorporó a varios de ellos a su administración y reconoció capacidades nacionales, pero mantuvo siempre la autoridad estadounidense por encima de la voluntad política cubana.
Y su posición frente a Carlos J. Finlay constituye quizá el mejor ejemplo de su legado positivo: supo reconocer una verdad científica que otros habían despreciado y convertirla en política pública.
El balance histórico de Leonard Wood debe partir de esa complejidad. Fue reformador y ocupante. Modernizador y tutor. Constructor institucional y representante de una potencia extranjera.
Su mayor logro fue entregar en 1902 una Cuba mucho más organizada, saludable y preparada institucionalmente que la que recibió en 1899. Su mayor contradicción fue que la República que ayudó a construir no nació completamente libre de la tutela de la nación que él representaba. Y esa contradicción acompañaría a Cuba mucho después de que Leonard Wood abandonara la isla.
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