Olvídate de esa jeva que nunca te quiso: memorias del anexionismo en Cuba

Un cubano viste con los colores de la bandera americana. Foto © CiberCuba

La historiografía oficial cubana repite una escena con fe de catecismo: Estados Unidos, agazapado desde su fundación, esperando morder la fruta madura de Cuba; España, agonizante; y, en medio, un pueblo cubano que resistió solo los apetitos de un imperio.

La frase viene de una instrucción diplomática real. El 28 de abril de 1823, el secretario de Estado John Quincy Adams escribió que Cuba, separada de España, "tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana, así como una fruta separada de su árbol... no puede, aunque quiera, dejar de caer al suelo".

La cita es auténtica, pero fue escrita cuando la esclavitud organizaba la política exterior estadounidense. Treinta años después, con la abolición, tras la Guerra de Secesión (1861-1865), ese cálculo se derrumbó. Usar a Quincy Adams para explicar la política de 1898 es citar el testamento de un hombre para explicar las decisiones de su bisnieto.

La documentación cuenta otra historia: fue Cuba quien, durante buena parte del siglo XIX, pidió su anexión a Estados Unidos, en cartas, actas y telegramas presidenciales. Washington, guiado por el cálculo antes que por el principio, optó casi siempre por otra fórmula: una independencia bajo tutela.

El anexionismo cubano

El anexionismo no fue una imposición extranjera. Fue un proyecto cubano, su origen se remonta a finales del siglo XVIII, en la burguesía esclavista criolla, décadas antes de existir una república en armas. Esa generación temía tres cosas a la vez: el declive de España, la presión abolicionista de Inglaterra, y el contagio de las revueltas de esclavos tras la revolución haitiana. Ver en Estados Unidos una garantía de estabilidad para la economía esclavista no era una idea antipatriótica, ni fantasiosa, probablemente era la proyección más pragmática para una provincia española que pretendía convertirse en estado. 

Narciso López le dio a esa corriente su primera expresión armada: entre 1849 y 1851 organizó tres expediciones para separar a Cuba de España e incorporarla a Estados Unidos. Era general venezolano, casado con la hermana del conde de Pozos Dulces, y representaba a la sacarocracia del Club de La Habana, heredera de aquel temor dieciochesco a la abolición. Para esa clase, la anexión a un Sur esclavista era un seguro para preservar la esclavitud.

Carlos Manuel de Céspedes, "Padre de la Patria", tampoco llegó a la independencia como abolicionista convencido. En 1852 participó en la rebelión de Las Pozas, coordinada con la última expedición de López. Diecisiete años después, ya presidente de la República en Armas, esa trayectoria seguía pesando: en abril de 1869, respaldado por la fuerte corriente anexionista de la Cámara de Guáimaro, ratificó una petición que abría la vía a integrar Cuba en Estados Unidos. Eduardo Machado defendió la independencia absoluta, pero que la Cámara acogiera para su estudio esa petición, apenas cuatro días después de redactar la Constitución, desmiente el mito del consenso independentista.

Cuando Washington ofreció mediar, no anexar

En agosto de 1869, en plena Guerra de los Diez Años, el general Daniel Sickles llegó a Madrid con instrucciones del secretario de Estado Hamilton Fish. Su misión: ofrecer los "buenos oficios" de Washington para que España reconociera la independencia de Cuba, a cambio de que la isla pagara, en plazos, una indemnización por la renuncia española a sus derechos sobre ella, con abolición de la esclavitud y amnistía general incluidas.

No era una oferta de compra para beneficio propio, sino un plan para que Cuba financiara su propia independencia, con Washington como mediador. Fracasó por la resistencia de los intereses peninsulares en la isla y la renuencia de los insurgentes a deponer las armas, pero desmonta el mito de una Casa Blanca obsesionada solo con la anexión territorial. La política real de Washington en esa guerra fue cordialidad con Madrid y negativa a reconocer la beligerancia cubana —hasta venta de cañoneras al gobierno español—, no la de un depredador impaciente.

1898: la prueba de fuego

Si hubo un momento en que Estados Unidos tuvo todo lo necesario para anexar Cuba —capacidad militar, control de facto y un sector cubano pidiéndolo—, fue entre 1898 y 1902.

El 20 de abril de 1898, el Congreso aprobó la Resolución Conjunta con un añadido de última hora: la Enmienda Teller, aprobada por 311 votos contra 6. Declaraba que Estados Unidos "rechaza cualquier disposición o intención de ejercer soberanía, jurisdicción o control" sobre la isla, y se comprometía a "dejar el gobierno de la isla a su pueblo". La historiografía cubana la reconoce como "el éxito más brillante del lobbismo cubano" en Washington, fruto del cabildeo de la Delegación cubana, con el abogado Horatio S. Rubens como pieza clave.

La comparación que rara vez se hace desarma cualquier duda. Ese mismo Tratado de París entregó a Estados Unidos, sin promesa de independencia, a Puerto Rico, Guam y Filipinas. Los insurgentes filipinos, que combatían a España igual que los mambises, terminaron enfrentando a su nuevo ocupante en una guerra con cientos de miles de muertos. Puerto Rico sigue, un siglo después, bajo soberanía estadounidense. Si el rechazo a incorporar "un estado hispano y católico" fuera el obstáculo, ese argumento se derrumba ante dos territorios igual de hispanos y católicos, anexados sin titubeo.

La diferencia no estuvo en la disposición de Washington, sino en el cálculo. Cuba llegaba con un compromiso público asumido y un lobby propio en el Capitolio, y con la certeza —confirmada después por la Platt de 1901— de que el control indirecto rendía los mismos beneficios que la anexión formal, sin sus costos.

Cuba llegó a 1898 con todo lo que un siglo entero de peticiones anexionistas había construido: un compromiso público asumido por el propio Congreso, un lobby instalado en el Capitolio, y una tradición ininterrumpida de figuras cubanas dispuestas a pedir esa incorporación. No le faltó nada de lo que suele faltarle a un deseo político para cumplirse.

Lo que le faltó fue coincidir con el cálculo de Washington. La certeza, confirmada después por la Enmienda Platt de 1901, de que el control indirecto rendía los mismos beneficios que la anexión formal, sin sus costos, resultó más fuerte que cualquier petición cubana, por reiterada que fuera. El anexionismo cubano no fracasó por falta de insistencia. Fracasó porque, a la hora de la verdad, a Washington no le convenía decir que sí.

Esa jeva, en efecto, nunca amó a Cuba con la devoción posesiva que le atribuye la propaganda. Debemos entender que tanto en el amor como en la política no siempre el que persevera, triunfa.

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Rolando Gallardo

Historiador, docente, activista, analista político y escritor cubano, nacido en La Habana en 1986. Autor del libro El IV Reich. La conexión verde olivo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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