
En febrero, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Marco Rubio explicó con una precisión que pocas veces se escucha en boca de un diplomático por qué es tan difícil negociar con Irán: al otro lado de la mesa hay clérigos chiíes radicales que toman decisiones geopolíticas sobre la base de la pura teología. Añadió que nadie ha logrado nunca un acuerdo exitoso con Teherán. En julio fue más allá: cada vez que los que mandan en Irán firman algo, o lo rompen o quieren cambiarlo. Y en abril describió el problema de fondo: los negociadores estadounidenses no negocian con los iraníes, porque esos iraníes luego tienen que negociar con otros iraníes, los que de verdad deciden.
Es un diagnóstico impecable. Por eso resulta tan difícil de entender que el mismo secretario de Estado, hijo del exilio cubano, que conoce el castrismo mejor que ningún funcionario estadounidense de las últimas décadas, siga tratando al régimen de La Habana como si fuera un interlocutor distinto.
No lo es. Es el mismo tipo de poder. Cambian los rezos, no la liturgia.
Señor secretario: usted ya sabe cómo negocia un régimen que decide por dogma.
Una teocracia sin Dios
El fundamentalismo no necesita una religión. Necesita un dogma que esté por encima del país, un profeta infalible, un libro sagrado y un aparato dispuesto a castigar la herejía. La dictadura cubana tiene las cuatro cosas.
Tiene su profeta, Fidel, cuya palabra se cita como escritura aunque lleve diez años muerto. Tiene su texto sagrado: una Constitución que declara el socialismo "irrevocable", es decir, que prohíbe por ley que los cubanos cambien de opinión. Tiene su clero, el Partido Comunista, y su Guardia Revolucionaria, que en Cuba se llama FAR, MININT y GAESA. Y tiene su propio Consejo de Guardianes: la familia Castro, que no ocupa cargos visibles pero decide lo que se firma y lo que no.
Rubio describe a Irán como un país donde el presidente habla pero el Líder Supremo manda. En Cuba, Díaz-Canel habla y Raúl Castro manda. Las conversaciones reales, según se ha publicado este año, no pasan por los canales formales sino por Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el Cangrejo, nieto del general y coronel del MININT. Si eso no es negociar con unos para que luego negocien con otros, se le parece mucho.
La misma técnica: ganar tiempo
Lo que Rubio dice de Irán, que firma para romper o para reescribir, es exactamente la historia de los tratos de Washington con el castrismo.
Con Obama, la dictadura obtuvo en dos años lo que no había conseguido en medio siglo: salida de la lista de países patrocinadores del terrorismo, embajada, vuelos, cruceros, remesas sin límite y un presidente estadounidense paseando por La Habana. A cambio liberó a medio centenar de presos políticos, muchos de los cuales volvieron a ser detenidos después. La represión no bajó: subió. Y a los pocos días de la visita de Obama, Fidel publicó que Cuba no necesitaba que el imperio le regalara nada. El régimen se quedó con todo lo que le dieron y no entregó nada de lo que importaba.
No fue un accidente. Es el método. El castrismo negocia como los ayatolás: acepta sentarse cuando la presión amenaza su supervivencia, estira los plazos, cobra por adelantado y, cuando el aire vuelve a entrar, reabre lo que parecía cerrado. Lo hizo con el Mariel, con la crisis de los balseros, con los presos del Grupo de los 75 que liberó a cambio de desterrarlos a España. Cada concesión fue una transacción para respirar, nunca un cambio de rumbo.
Lo que dicen ellos mismos
No hace falta interpretar. Basta con escucharlos.
El 8 de septiembre, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla aseguró que no ha habido ni hay negociaciones con Estados Unidos, ni acuerdos, ni hojas de ruta. El martes, mientras Trump confirmaba ante la ONU que Rubio lleva personalmente las conversaciones con La Habana, la delegación cubana se levantó y abandonó el plenario. Y el jueves el viceministro Carlos Fernández de Cossío explicó que no es posible hablar de avances mientras Washington siga imponiendo sanciones, lo que en su idioma quiere decir: primero levanten la presión y después veremos.
Ese es el guion completo. Negar en público lo que se hace en privado. Exigir concesiones como condición previa. Declarar innegociables la soberanía, el sistema político y los presos políticos, que es precisamente lo único que habría que negociar. Pezeshkian dijo esta misma semana en Nueva York que cualquier conversación futura queda supeditada a que Washington cumpla primero las condiciones de Irán. Cambien el nombre y el acento, y es Fernández de Cossío.
El error de los tecnócratas
El miércoles, Rubio dijo que el régimen cubano "se muestra bastante intransigente" y que hay figuras con las manos manchadas de sangre con las que Estados Unidos nunca podrá trabajar. Pero también habló de personas con las que sí se podría trabajar, si están dispuestas a llevar al país hacia la libertad política y económica. En junio ya había mencionado ante el Congreso a "tecnócratas" dentro del aparato.
Ahí está el riesgo. Con Irán, nadie en Washington compra ya la fábula del ayatolá moderado: el propio Rubio desechó la distinción entre moderados y duros. En Cuba, la fábula del tecnócrata reformista es la misma trampa con otro traje. Un tecnócrata del castrismo es un funcionario que ha sobrevivido décadas dentro de una secta que castiga la herejía. Si ha llegado hasta ahí, es porque nunca ha sido hereje. Y un nieto de Raúl Castro con uniforme del MININT no es una transición: es la continuidad con apellido.
Lo que Washington ya sabe hacer
La lección de Irán es sencilla: con un régimen fundamentalista no se negocia sobre promesas, sino sobre hechos verificables, y en el orden correcto. Primero entregan, después reciben.
Aplicado a Cuba, eso significa que no puede haber un solo alivio de sanciones, ni un solo gesto antes de que ocurran cosas que no se puedan revertir con un decreto: la liberación de todos los presos políticos sin destierro, la legalización de partidos y prensa independiente, un calendario electoral con observación internacional y el desmantelamiento de GAESA como caja del poder. Cualquier otra secuencia es repetir 2014, y ya sabemos cómo terminó.
Rubio lo resumió bien en febrero hablando de Irán: es complicado, nadie lo ha logrado, pero vamos a intentarlo. Con Cuba también hay que intentarlo. Pero intentarlo sabiendo con quién se sienta uno a la mesa. Una secta que ha escrito en su Constitución que nunca cambiará no está buscando un acuerdo. Está buscando tiempo. Y el tiempo que gana la dictadura lo pagan millones de cubanos a oscuras, sin comida y sin medicinas.
Señor secretario: usted ya sabe cómo negocia un régimen que decide por dogma. Lo ha explicado mejor que nadie. Solo falta que lo aplique a la isla de sus padres.
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